lunes, 19 de febrero de 2018

19 DE FEBRERO DE 2018


Doris y yo estamos en un parque, es sábado y hace mucho sol así que nos metemos debajo de una palapa donde están algunas de mis tías. De pronto aparece en el aire, muy cerca de nosotros, el rostro de un bebé: se supone que es Dios. Una de mis tías le dice algo al bebé, y éste extiende los brazos y entre sus manos aparece una telaraña de cristal. La telaraña se convierte en un periódico donde aparece la foto del bebé. Luego todo cambia: voy yo solo,  caminando por los pasillos de El palacio de Hierro; son vísperas de Navidad y en todas partes hay cajas de regalo vacías. Llego a un estante donde cuelga una placa, al acercarme veo que en realidad es un pequeño profesor de plástico dando clase detrás de su escritorio. Veo el precio: $170; saco del bolsillo un billete de a $200 y busco a alguien que me indique dónde puedo pagar pero los pasillos están vacíos. Pienso que podría robarme el juguete metiéndolo debajo de mi chamarra pero decido no hacerlo por miedo a que alguna cámara me esté vigilando. Entonces el escenario cambia: estoy en una pradera al aire libre; a lo lejos se divisan unos árboles. Camino y en ese momento descubro que estoy soñando. Veo de cerca el juguete: el pequeño profesor  tiene en una mano un montón de globos atados con hilos; los globos son figuras de Bob Esponja, El Hombre Araña, Hello Kitty, etc. Me llama la atención lo bien hecho que están y algo me dice que se trata de mis alumnos. Me da tristeza que ese juguete sólo exista en el sueño; de pronto estoy sentado tras la mesa de un restaurante de comida rápida: alrededor hay gente haciendo compras. Aparece Doris, se sienta conmigo y entonces veo que con ella viene una señora con dos niños pequeños. Doris me dice que es la contadora y sus hijos. Doris nos reparte unas cajas de plástico, al abrirlas vemos que hay sándwiches de paté. Doris me dice que no me preocupe, pues es paté de soya. Le cuento mi sueño y entonces saco al pequeño profesor y comienzo a armarlo: hay una placa que es el escritorio y un compartimiento oculto para guardar una goma… Despierto.

lunes, 18 de diciembre de 2017

18 DE DICIEMBRE DE 2017

Estoy a punto de comer en una fonda al aire libre; a mi alrededor hay mucha vegetación. Llega la mesera y me sirve agua de crisantemo en un vasito cúbico: veo que la bebida tiene flores blancas y huele muy bien; la mesera me dice que es cortesía y me pregunta qué quiero comer. Por error le contesto que picadillo, pero lo que en realidad quiero es pasta de coditos fría; ella se dirige a la cocina y yo la sigo para aclarar el error. En la cocina hay mucho ajetreo, la mesera se pierde de vista y yo me quedo mirando las enormes cazuelas de comida que llenan todo de vapor. De pronto estoy en un departamento antiguo de varios niveles: me asomo a la terraza y veo un enorme y amistoso pastor alemán que quiere jugar conmigo. Salgo; el perro me abraza y me lame la cara. Miro por el borde del barandal y veo que estamos en un cuarto piso y afuera están las calles de la ciudad de México en los años 60s. En un extremo de la terraza descubro que hay unas escaleras, lo cual me intriga, pues aunque yo vivo ahí, nunca había visto esa parte del departamento. Al acercarme veo que se trata de una pequeña librería: en las escaleras hay una fila de chavitos de secundaria que van a comprar sus libros de texto. Paso junto a ellos y entro a la librería: hay dos empleados; uno está atendiendo la caja registradora y otro es una especie de anfitrión que les va presentando los libros a los chavitos de secundaria. Veo los libreros: hay muchos ejemplares de la colección Alfaguara Juvenil. Los empleados empiezan a burlarse de mí, pero de manera amistosa. Yo me dirijo hacia otras escaleras secretas que bajan: en las paredes hay vitrinas largas con colecciones de bellísimos animales de plástico; mientras voy bajando, el empleado anfitrión me dice que son "los animalitos de Tobías". Al llegar a la parte de abajo, descubro que estoy en la UNAM: paso por una oficina donde Mario González Suárez está entrevistando a varias actrices para ver si las contrata. La oficina es muy grande y está llena de copas de champán en todas partes: en el escritorio, en los libreros y en las mesas bajas de la sala de entrevistas. Pienso que podría sacar una foto excelente, pues la luz amarilla que se refleja en las copas de champán se ve impresionante, irreal. Busco mi tablet para sacar la foto; entonces me acuerdo que Mario González Suárez me prestó su tablet para jugar un videojuego. De pronto todo cambia: me encuentro en un salón de fiestas vacío; hasta donde alcanza la vista hay enormes mesas redondas con manteles blancos. Yo estoy en una de las mesas tratando de entenderle a los controles de la tablet de Mario: en la pantalla quedó congelada la imagen de un videojuego de acción, pero en el contador de la izquierda veo que se me está acabando la vida, lo cual me preocupa. Quiero cerrar el juego y husmear en los archivos de Mario. En eso llegan Doris, Gina y mi mamá; me dicen que vamos a ir a comer, que si ya estoy listo. Entonces recuerdo que dejé mi comida a medias en la fonda, les contesto que ahorita regreso y entro al escenario de un teatro: en uno de los extremos se ve una puerta que da a los jardines de la fonda donde empezó el sueño. Cruzo y me siento en la mesa de la fonda: veo que hay varios platillos servidos, pero todos están fríos. Llegan unas mujeres hippies un poco desagradables y me dicen que si pueden compartir la mesa conmigo, pues todas las demás mesas están ocupadas… Despierto.

lunes, 11 de diciembre de 2017

11 DE DICIEMBRE DE 2017

Estoy en una oficina de provincia donde me contrataron para trabajar durante una semana. El lugar es extrañísimo: hay decenas de secretarias y hombres de traje que se mueven de un lado a otro por pasillos anchos sin hacerme caso. No sé en qué consiste mi trabajo y eso me preocupa. Intento enviarle un mensaje a Doris, pero en mi celular aparecen números incomprensibles, imágenes de gatos, un reloj redondo y blanco con ojos. Sé que me puedo ir al hotel y que nadie se daría cuenta, pero me parece poco ético. Salgo y camino por un centro comercial. De pronto descubro que estoy en la Mega, y que tengo que comprar pan navideño. En una correa llevo a un pastor alemán enorme que tiene el cuello muy largo y que va olisqueando todo. Llego al estante de los panes: vienen en paquetes de tres, pero yo sólo necesito uno. Para que el pastor alemán no se coma los panes, hago que meta la cabeza en un hueco de la pared. Tomo uno de los paquetes, veo que los panes son como nudos de cuerda; tienen pasas y nueces: se ven riquísimos. El pastor alemán desaparece y entro por una puerta grande: del otro lado hay una casa muy lujosa, repleta de libreros. Miro los libros: hay ediciones antiguas de Shakespeare y Cervantes. Aparece el dueño de la casa: es una especie de conde; usa capa negra y gorro de mosquetero. Me dice que suba por unas escaleras, que en el segundo piso está lo mejor de su colección. Veo las escaleras: le digo que si ahí pusiera un elevador, podría aprovechar las paredes entre los pisos para poner más libreros; él se queda pensativo. Aparece el elevador que propuse: entro. Voy subiendo lentamente; de las paredes tomo un librito: es una edición rara de Jorge Ibargüengoitia. Llego arriba, donde hay una terraza al aire libre llena de estatuas y vegetación, se supone que es el Castillo de Chapultepec. Aparece mi amigo Peter, me dice que quedó de verse ahí con una chava que se llama Sara; le digo que se apure, que no la haga esperar. De pronto suena su celular, Peter contesta y se aleja. Yo me dirijo a una especie de placita rodeada de bancas donde hay personas sentadas, leyendo; en el centro está una enorme mesa de cristal llena de revistas y jarras de agua. Veo que entre los lectores hay varias mujeres muy elegantes de edades diversas; me pregunto cuál de todas ellas será Sara. De pronto, hombres y mujeres interrumpen sus lecturas al mismo tiempo y me miran sonriendo, como esperando que les platique algo interesante… Despierto. 

jueves, 7 de diciembre de 2017

7 DE DICIEMBRE DE 2017

Primer sueño: me encuentro en una habitación esférica que sólo tiene un sillón antiguo y una mesita. Estoy esperando a Ingrid y Magdalena que van a llegar a que les dé una clase de tarot. Pasa el tiempo y no aparecen, así que trato de enviarles un mensaje por mi cel, pero las paredes de la esfera son metálicas y no tengo señal. Entonces veo que Magdalena está en la banca de un parque, leyéndole el tarot a un español. La banca donde están sentados se encuentra a la orilla de una ancha vereda que se pierde en el horizonte: el cielo es gris, hay árboles grandes y mucha neblina. Noto que Magdalena usa un sombrero horrible, adornado con plumas de avestruz que la hacen parecer un plumero. Llega Ingrid a la esfera, viene cargando unos paquetes; se disculpa y dice que me trajo a regalar unos libros. Luego estoy en el balcón de la casa sateluca donde viví de niño: hay una ventana abierta que da a la recámara de mi mamá y mi papá. Entro a hurtadillas por la ventana; mi mamá está viendo la tele, y aunque me ve, no me hace caso. Se abre una puerta y aparece mi papá, quien en el sueño es un famoso científico; me dice que salude a mi hermana. Entra una mujer grande: es una hermana mayor que no conozco, me abraza con fuerza y me pongo a llorar. Luego todo cambia: Doris y yo estamos en la casa; faltan unos segundos para que termine el año y nos sorprende el silencio pues nadie está echando cohetes. Vamos a la cochera: el cielo se ve iluminado por una luz ocre, algo siniestra. Me pongo a caminar como un pingüino y Doris me mira con extrañeza. Cuando salimos a la calle llega un auto convertible y se estaciona en la banqueta de enfrente: el conductor es mi amigo Manolo. Se baja del auto, Doris y yo corremos a abrazarlo; notamos que está muy elegante. Manolo nos dice que viene a la cena de año nuevo de su familia; lo acompañamos a una casa donde se oyen pláticas, risas y música. De pronto sale la mamá de Magdalena (quien en el sueño también es mamá de Manolo), y cuando Doris le pregunta por su hija, nos contesta que ya está durmiendo. Le decimos que traemos regalos: entonces me doy cuenta de que junto a nosotros hay un carrito del supermercado lleno de lociones y jabones finos. Volteo hacia la casa: detrás de una de las ventanas se ven varios antifaces negros y el sombrero con plumas de avestruz de Magdalena… Despierto. Segundo sueño: es muy noche, estoy volando por el Periférico a la altura de Plaza Satélite, voy de norte a sur. Para poder volar, tengo que oprimir una obsidiana redonda que oculto en la palma de mi mano. Voy muy lento y bajo, como a dos metros del suelo. En una parada de camión hay varios turistas gringos con sombreros y camisas floreadas: se me hace raro que estén ahí a esas horas, pues solamente pasan automóviles. Sigo volando: llego a un llano donde acaban de chocar dos coches de carreras. El piloto de uno de ellos está recargado en una llanta muy grande que se safó: es David Lynch de joven. Alrededor del choque hay varios muertos: al acercarme descubro que en realidad están fingiendo y aguantándose la risa, lo cual me causa mucho miedo. Llego a la Comercial Mexicana de Boulevares (ahora Mega): en el sueño la veo como era a mediados de los 70s. En el camellón sobresale la "cabeza" de una lombriz gigantesca: el resto del cuerpo está enterrado y sé que la cola llega más allá de Lomas Verdes. La lombriz está formada de un material gelatinoso de color azul metálico: se supone que es extraterrestre, y que llevaba enterrada millones de años; salió a la superficie por el temblor. No sé si está viva o muerta, pero cuando la toco, vibra. Luego estoy en un túnel en espiral; una presencia me comunica que la civilización de donde proviene la lombriz sigue existiendo aún, y que a continuación voy a ver una de sus ciudades. Al salir del túnel me veo a mí mismo; soy una especie de monigote: uso sombrero plano y traje negro de viejito. Estoy inmóvil. Junto a mí hay un mueble victoriano de mi estatura repleto de cientos de bocas de buzón. Aparece Georgina Montelongo, quien en el sueño es mi maestra de primaria; me dice que cuando yo muera, la Humanidad introducirá por esas bocas sus recuerdos… Despierto.

jueves, 30 de noviembre de 2017

30 DE NOVIEMBRE DE 2017

Nos encontramos Timo y yo en el patio de una vecindad enorme; cada uno está sentado en su sillita con una tablet personal en las manos jugando un videojuego que se llama Kalish: una ruidosa explosión de monstruos aztecas y luces multicolores. En una cocina cercana están Doris y mi mamá preparando el desayuno. Timo se va y yo subo por unas escaleritas de metal. Llego a la entrada de un departamento altísimo: en el tapete de entrada está un perrito muy viejo durmiendo. Miro hacia abajo y siento vértigo; el espacio que separa la escalera de la puerta es como de un metro, y temo que el perrito despierte y se caiga, pero no puedo hacer nada. Bajo y descubro que alguien le hizo un pequeño orificio a mi tablet en uno de los extremos de la pantalla; sospecho que fue una mujer a la que le dicen Arenita, pero no puedo demostrarlo. Camino hacia otra parte de la vecindad: ahora estoy en los edificios de la Jardín Balbuena, que tienen pasillos muy amplios llenos de mesas donde hay maestras y muchos niños desayunando. A mi derecha hay un salón sin paredes donde se ven escritorios llenos de material de dibujo y tableros de ajedrez; pienso en ir a jugar unas partidas con alguien, y entonces veo a un profesor muy serio que está en un sillón leyendo el periódico. Sé que es muy buen ajedrecista y que va a ser difícil derrotarlo. Entonces entro a una parte oscura que va a dar a un jardín de Guadalajara. El jardín es enorme, lleno de árboles y veredas que bajan entre arbustos y bancas metálicas. Es muy temprano y no hay nadie. Llego a la parte donde se encuentran los aparatos de ejercicio: en una especie de camilla hay algo cubierto con una sábana. Al acercarme veo que parece ser un cuerpo; en la sábana están escritos unos jeroglíficos y junto hay un bat de béisbol lleno de sangre. Pienso que es un hombre al que mataron a golpes; luego se me ocurre que a lo mejor se trata de una broma, pero no me atrevo a levantar la sábana. Me alejo con cuidado y decido no avisar a la Policía. Sigo caminando por una vereda que sube y llego a unos edificios que tienen pasillos cuyo suelo está hecho de maya metálica: por los orificios veo que abajo hay mucha gente llegando al jardín: señores elegantes, mujeres serias y niños con sombrero; parece que van a misa. Pienso que no deben toparse con el cuerpo que encontré, pero al tratar de regresar me pierdo en pasillos llenos de ventanas que terminan abruptamente y dan al vacío. Paso junto a la ventana de un baño: detrás del cristal opaco se ven unos floreros y una pila de jabones… Despierto.

lunes, 27 de noviembre de 2017

27 DE NOVIEMBRE DE 2017

Primer sueño: estoy en una recámara secreta que tiene una repisa repleta de joyas. Miro las joyas: son pendientes y dijes victorianos. Tomo un corazón grande de cuarzo blanco pero veo que no tiene cadena, así que le pongo la cadenita dorada que le quito a una tortuga de plástico. Me subo a un banco y miro por encima de la repisa: hay varios muñecos de cartón; son como hombres de los 40s, usan sombreros y están muy tristes. Pienso que representan la soledad absoluta; que si toda la gente desapareciera, estos muñecos no tendrían razón para existir y que estarían quietos y callados hasta el fin de los tiempos. Suena la música de Twilight Zone, aparece un Godínez gordito: es una especie de maestro de ceremonias que representa a los muñecos y me dice que acaban de regresar de un viaje a las Bahamas y por eso se ven amarillos. Luego todo cambia: estoy en un patio horrendo y vacío; se siente como si fuera la parte olvidada de una cárcel. Aparecen unos gatos muy malos que corren en círculos; están llenos de arañazos y cicatrices. Una voz en off dice que los hombres solitarios que han sido atacados por tiburones, después del ataque se vuelven bastante sociables... Despierto. Segundo sueño: una casa que no es mía; en la cochera, unas señoras les dicen a varios niños muy pequeños que se vistan de botargas para hacer el "baliable de las flores". Se abren las puertas de la cochera: afuera hay puestos de kermes donde se venden flanes, galletas y aguas frescas; las personas que están comprando entran con curiosidad a ver el bailable. Una veintena de jóvenes y muchachas se cuelan a hurtadillas al interior: aunque no conozco al dueño de la casa, sé que mi deber es protegerla, así que sigo a los intrusos sin que me vean. Suben en fila por una escalera y se meten a una recámara grande donde está un Ricardo barbón: es el profesor y les comienza a dar una clase sobre Existencialismo. Entro y les pido que por favor salgan de la casa, pero no me hacen caso y siguen escuchando al otro Ricardo. Salgo y cierro la puerta con llave. Desde un rincón de la casa miro hacia la recámara que tiene paredes de cristal: la clase se desarrolla en calma; los alumnos están sentados en el suelo formando un círculo. Sé que si el dueño de la casa descubre que dejé entrar a los jóvenes va a decepcionarse, así que busco la manera de sacarlos: pienso en echarles humo o agua. Entonces me doy cuenta de que todo es un sueño y que tengo que descifrarlo: pienso que el otro profesor soy yo y que el resultado de todo dependerá de si les echo humo o agua. Exploro la casa; sé que ya la he soñado antes: es muy grande y está llena de escaleras y pasillos muy enredados como si fuera un laberinto. Se hace de noche. Me acuesto en la alfombra, entre dos columnas que están junto a una pared de cristal; desde ahí veo cómo salen los alumnos de la clase. Trato de no moverme para que no me vean: lo único que quiero es que ya se vayan de la casa y que todo vuelva a la "normalidad". Entonces dos de las muchachas me descubren en el suelo y empiezan a murmurar, asombradas. Yo me pongo a volar a pocos centímetros de la alfombra y me voy planeando por toda la casa, convertido en un gigantesco ajolote chino; las muchachas me siguen alarmadas. Doy varias vueltas para perderlas y llego otra vez a la cochera, donde hay mesas llenas de platos desechables y los restos de las botargas que usaron los niños para el "bailable de las flores"; unas señoras barren todo con unas escobas de ramas… Despierto.

lunes, 6 de noviembre de 2017

5 DE NOVIEMBRE DE 2017

Estoy afuera de una casa de los años 60s que tiene dos pisos y un pequeño jardincito; son las seis de la mañana. Sé que en el interior de la casa se esconden los Beatles, pero al tratar de verlos por las ventanas descubro que todas las habitaciones están llenas hasta el techo de tambores, penachos, mapas y otros objetos viejos. Pasa por la calle mi amigo de la prepa Alejando Toriz e intenta venderme unos ábacos incas; me dice que con ellos puedo descifrar los misterios. Miro los ábacos: son unas ruedas llenas de hilos y cuentas de chaquira. Vuelvo a asomarme a la casa: pongo la boca en una cerradura y empiezo a llamar a Ringo. Aunque no lo escucho ni lo veo, sé que Ringo les dice a los otros Beatles que guarden silencio y que no se muevan; están todos apretujados en un clóset. Aparece Doris y me dice que nos vayamos de ahí, que los Beatles están en otra parte… Despierto. 

lunes, 23 de octubre de 2017

23 DE OCTUBRE DE 2017

Primer sueño: nos encontramos mi papá y yo en su recámara viendo la tele; con nosotros está Vero mi hermana, pero en el sueño tiene nueve o diez años. Estamos viendo un documental experimental dividido en varias secciones; cada sección es una recámara vacía donde se escenifican historias diversas: hay una sección de gánsters, otra de niños africanos que comen leones, otra de astronautas. En la azotea se escuchan unos plomeros que están arreglando el tinaco. Bajan los plomeros y nos dicen que ya terminaron; se sientan en el suelo con nosotros a ver la tele. El líder de los plomeros es Tato, un gordito de lentes que era nuestro vecino cuando éramos niños. Me levanto y les digo a todos que ahora me dedico a dar clases de historia de las animaciones y que voy a pasarles unas muy buenas; mi papá me mira con curiosidad y entonces recuerdo que ya murió y que él no se enteró que doy estas clases. Aparece una pantalla muy grande enfrente del televisor y empieza una animación donde dos jabalíes psicodélicos brincan por un campo multicolor; la música de fondo es un jazz bastante extraño. Luego todo cambia: estoy con Doris en un elevador enorme; se trata de una especie de jaula exterior que recorre la ciudad. Junto a nosotros hay mucha gente fea, todos vamos de pie. El elevador hace suaves movimientos verticales y horizontales: afuera se ven calles chuecas, edificios en ruinas, coches estacionados llenos de cuervos. El elevador se atasca y se abren las rejas: tenemos que salir a una zona de la ciudad que no conocemos, hay varias señoras de rebozo que cargan canastas. Aparece nuestra amiga Elena y nos dice que ella vive por ahí, que vayamos a su casa. Luego estoy yo solo, asomándome por una de las ventanas de la redacción del periódico Excelsior donde soy reportero. Le llamo por teléfono a mi tío Lalo, a sabiendas de que está prohibido hacer llamadas personales. Mi tío Lalo me contesta y finge la voz para que crean que la llamada tiene que ver con el trabajo: entonces me doy cuenta de que en realidad estoy hablando con Vicente Leñero. Una voz en off me dice que tengo que ir urgentemente a Calera, Zacatecas (el pueblo donde nació mi mamá) a hacer un reportaje. Aparece en el sueño una gruesa barda amarilla de adobe: en la parte superior sobresalen varios magueyes que son en realidad los pelos de un gigante dormido… Despierto. Segundo sueño: estoy en una oficina de la colonia Roma, acabo de arreglar una fotocopiadora y tengo que bañarme. Alrededor hay jefes y secretarias caminando de prisa entre los escritorios; cuando les hablo, no me contestan. Al fondo está nuestro amigo Edgar, "el Lobo", arreglando unas computadoras. Entro al baño: una mujer cuya casa fue destruida por el temblor acaba de bañarse y dejó tapado el desagüe, de la regadera cuelga su vestido, bastante folklórico. Destapo el desagüe, el agua es gris y me da asco: al abrir la regadera para enjuagarme la mano, el vestido se moja. Luego estoy en el pequeño gabinete de un restaurante lujoso donde Doris y otra presencia que no reconozco me esperan para desayunar. Cuelgo el vestido mojado de una percha, de su interior salta un perrito diminuto que empieza a jugar encima de la mesa. Mientras miramos el menú, llega Marychuy y nos dice que tenemos que ver una serie de anime que acaban de estrenar: se enciende una pantalla y aparecen los créditos iniciales del segundo episodio. Marichuy nos dice que no importa que no hayamos visto el episodio anterior pues la historia en realidad empieza ahí: se trata de una carrera de autos; el héroe de la serie es Torombolo, cuyo auto es una cama. Me llama la atención que los japoneses hayan tomado a ese personaje gringo para hacer un anime. De pronto la carrera de autos se convierte en un cuento de hadas: hay varias partes algo abstractas y al final una escena donde dos niñitos son llevados en brazos a través del bosque por el Hombre Calabaza y un zorro anciano. Se supone que estos dos personajes son los enemigos, pero yo siento una enorme simpatía por ellos. Yo lo miro todo desde el punto de vista de los niñitos: el zorro y el Hombre Calabaza nos depositan en un claro del bosque para luego transformarse lentamente en una máquina de vapor. Al fondo se ve el contorno negro de los pinos, la luna llena y un cielo azul eléctrico lleno de estrellas. Hace frío. Hombre calabaza y zorro se congelan: primero sus manos esqueléticas y luego toda la máquina se transforman en cenizas blancas que se esparcen hasta hacerlos desaparecer por completo, lo cual me causa una enorme tristeza pues sé que también es el fin del mundo… Despierto. 

viernes, 13 de octubre de 2017

13 DE OCTUBRE DE 2017

Primer sueño: es de día, voy caminando por los andadores de la Jardín Balbuena y descubro que están construyéndose muchas torres. Son torres altísimas, de diversos tonos de azul y están hechas de plástico. Llego a un prado entre dos casas: del otro lado hay un camión de donde bajan unos albañiles con cascos, colocan una plancha de cemento en el pasto  y  en unos cuantos segundos brota una de las torres que sube veloz hasta las nubes como si fuera una planta. Calculo que cada torre tiene por lo menos cincuenta pisos. Sigo caminando, me doy cuenta que conmigo va mi amigo Edgar "el Lobo" y Lolita, mi perra; llegamos a la entrada de una de las torres. Pasamos a un enorme vestíbulo de techos muy altos y lleno de gente; las paredes están tapizadas de pantallas donde aparecen cifras y letreros; en un rincón hay un espacio con juegos infantiles y varios triciclos volcados. Hay varias tiendas de ropa, papelerías, locales en renta con cartulinas de colores fosforescentes. Suenan voces en lo alto, zumbidos: el ambiente se siente como el de un aeropuerto enloquecido. Me preocupa que con tanta gente viviendo en la colonia se vaya a acabar el agua. Llego a un mostrador donde hay tres bell boys jóvenes y peludos que parecen changos; les digo que mi tía quiere comprar un departamento, que si me dejan pasar a ver cómo son. Los bell boys me levan con su jefe: es igual a ellos pero mide el doble y está detrás de una barra alta. Hace gestos ridículos y me señala unas escaleras mecánicas ocultas detrás de una pared. Cargo a Lolita; conforme subimos, se ven abajo pasillos de cristal repletos de niños y adultos que se mueven como hormigas. Llegamos a una parte alta donde hay una pileta de agua muy sucia: en uno de los bordes hay alguien que al vernos salta hacia el agua. Me asomo a la pileta, quien saltó es ahora una especie de caballito de mar lleno de hilos y espinas que nada retorciéndose entre burbujas verdes que me dan mucho asco. Lolita escapa de mis manos y salta al agua; voy tras ella y me lleno de lodo: al sacarla veo que está toda enlamada y pienso que ahora tendré que raparla. Luego estamos en el interior de uno de los departamentos; con nosotros también está Doris. Hay una especie de fiesta familiar: en la cocina hay varios televisores encendidos y unas señoras que preparan cazuelas de mole y otros guisos. Caminamos entre personas que nos ignoran; llegamos a un pasillito y entonces aparecen Laura Franco y Enrique Bernal, amigos de tiempos de la secundaria. Laura dice que vayamos a uno de los baños donde hay más privacidad; que nos va a contar un cuento de Jung (en la vida real, Laura es terapeuta). El baño es muy grande y tiene una tina llena de agua; Laura comienza a hablar. A media plática, se abre la puerta y entra un robot gigantesco y bonachón: es el papá de Laura que quiere usar el baño, así que tenemos que salirnos… Despierto. Segundo sueño: estamos Doris y yo desayunando en un restaurante de Puebla, llega Gilberto a darnos unos libros y le invitamos café. A un lado del restaurante hay una tienda de artesanías: en uno de los estantes hay varios libros empaquetados en bolsas de plástico y colgados en ganchitos; cada libro cuesta un peso. Descubro que sólo hay dos títulos diferentes, repetidos decenas de veces: El retorno de los brujos y Los albañiles de Leñero. Decido comprarlos todos, pero entonces Gilberto me dice que le deje la mitad para venderlos. Luego todo cambia: estoy yo solo frente a un puestito de pelis piratas. En una pantalla están pasando un corto animado que nunca he visto: se trata de un extraño video musical donde una mujer negra baila y toca las maracas; junto a ella cantan unas jirafas. El estilo de los dibujos me recuerda al de Sylvain Chomet. Veo que el corto dura menos de dos minutos y decido ponérselos a mis alumnos de Narrativas en una clase sorpresa. Luego estoy tras mi lap grabando un dvd con varias animaciones musicales en miniatura: ninguna pasa de dos minutos. Al tratar de agregar el corto que acabo de ver, noto que hay un segundo que se pierde: en el sueño ese segundo es una rayita de colores que parece una aguja de hielo, lo cual me parece muy extraño. Sigo intentando que el corto quede completo, pero entonces todo cambia y estoy en el comedor de la casa donde viví de niño, acomodando en una caja de cartón las hojas onduladas de un horrible adorno navideño viejísimo… Despierto. 

17 DE FEBRERO DE 2019