Primer sueño: voy con Jacovich Gma subiendo por una escalerita
de caracol repleta de japoneses, él me va platicando sobre unos excelentes discos de rock progresivo que
acaba de comprar, conforme los nombra veo las portadas: son muy elegantes,
predomina el azul y el blanco. Paralela a la escalerita hay otra que baja: pasa Mave Gaya, nos mira con resentimiento pero yo ignoro por qué está enojada con
nosotros. Llego a la entrada de un minúsculo salón donde una maestra gorda intenta
dar la clase: el suelo está lleno de niños muy pequeños, como de cuatro o cinco
años, aunque usan uniforme de secundaria. La maestra les dice que se callen y que
ya nadie puede entrar a clase. Entonces yo soy un niño chiquito y entro
empujado por otra avalancha de niños: quedo tirado en el suelo y trato de no
moverme para que la maestra no me saque. Jacovich me dice que va a desocupar un departamento, que si Doris y yo
lo queremos para pasar las vacaciones. Doris y yo entramos al departamento: está casi vacío, es muy
grande y tiene vista al mar. Desde la sala,
logro ver que en la parte superior del closet de una de las recámaras hay unas
lucecitas, entonces me doy cuenta de que estoy en un sueño y hago un close-up a
las luces que resultan ser estampas de figuras hindúes y cartas de tarot: en
medio de todas hay un rectángulo de mica que es la entrada para pasar a otro
sueño. Estamos ahora Doris y yo en el Parque Naucalli; en mi sueño es África y
alguien nos dice que tenemos que ir a un templo donde hay un elefante sagrado. Estamos en una loma y el templo se ve abajo, muy muy lejos, es una
especie de carpa enorme y de pronto ya estamos dentro: hay mesas donde venden
tazas de café turco y joyas, beduinos con camellos, mucha gente. Salimos y
afuera está Mave Gaya con una enorme guitarra eléctrica en las manos y un sombrero
tejano, nos dice que está tocando en un grupo de hard rock, que ya van a sacar un disco. Nosotros nos
carcajeamos. Despierto y anoto... Segundo sueño: estoy en un salón de clases enorme: hay muchos niños, reconozco
a Raymundo Sanchez Islas y Laura Franco Scherer, mis amigos de la secundaria. La maestra no está y todos hacen lo que quieren. Yo
acomodo unas mesas largas y descubro que hay un niño en mi lugar, le digo que
se quite pero como es más grande que yo puede pegarme así que lo reto a jugar
ajedrez alardeando que nadie me gana (lo cual es mentira, en la escuela era bueno para el ajedrez pero varios me ganaban); en el sueño siento una parte desagradable
de mí, jactanciosa y egocéntrica. Al fondo hay unos niños mirando videos tontos
en una hilera de computadoras viejas. Un niño sabio, grandote y sonriente me regala un
sándwich. De pronto todo cambia: Doris y su papá (q.e.p.d.) están en un
callejón oscuro y macabro. Doris lleva a dos de nuestras perritas, no sé
cuáles. Están buscando una entrada, el papá la descubre y abre un hueco para
que pasen. Entonces aparezco yo en el sueño: estamos en un edificio lujoso y viejo; hay una caseta donde un poli nos dice medio molesto que no
podemos entrar. Cuando reconoce al papá de Doris su actitud cambia: nos
lleva muy amable a una escalerita que da a un estacionamiento en penumbras. Una
licenciada nos dice que si vamos a cruzar lo hagamos con cuidado pues hay unos cadáveres: un
ricachón se suicidó y también se suicidó su joven esposa luego de matar a su
bebé. A mí me empieza a dar muchísimo miedo, no quiero pasar. El papá de Doris ya no está, pero Doris, cargando a las perritas, se dirige al otro extremo
donde se ve la puerta de un elevador. Pido que iluminen más pues no quiero
pisar los cadáveres: las luces suben tenuemente y diviso unas aterradoras
siluetas color azul neón. Doris, ya dentro del elevador, cierra las puertas y entonces
corro y meto las manos hasta que logro abrirlas y entrar también; tras de mí
oigo los reclamos del poli y la licenciada. El elevador es del tamaño de una
recámara, está lleno de huecos en el suelo y temo que una de las perritas se
vaya a escapar por ahí. Hay cubetas llenas de agua, escobas, en las paredes del elevador se ven engranes
oxidados y cuerdas: “las entrañas del mundo”, pienso. Luego estamos alrededor
de una mesa larga donde mucha gente está comiendo, reconozco a Georgina Montelongo, a Ingrid Bodet. Doris pide un platillo y yo le digo que no tengo hambre porque me comí
unos pastelitos. En el centro de la mesa hay banderines, adornos florales y
miniaturas de la Torre Eiffel. El lugar es ruidoso, muchos escritores caminan
de un lado a otro, charlando y riéndose. Llega Córdova Just: es el chef y dice que
cocinó cosas deliciosas, que nos preparemos: le sirve a Arturo Sandoval un plato repleto donde se ve pasta, brocoli, almejas. Me dirijo a la cocina para ver si pido
algo y entonces descubro que detrás de la puerta está acostada la joven esposa
que se suicidó: tiene los ojos abiertos, es morena y huele mal. Todos pasan
cerca de ella sin darle importancia. Veo el trajín de la cocina, en una bodega
vacía hay varias ratas del tamaño de perros. Están paradas en dos patas, son
pálidas y casi pelonas, amenazantes; chillan y hacen ademanes, muecas: sé que
están representando una obra de Shakespeare en “idioma rata”. Regreso corriendo a comunicárselo a Córdova Just y entonces despierto.
sábado, 24 de junio de 2017
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