sábado, 24 de junio de 2017

24 DE JUNIO DE 2017

Primer sueño: voy con Jacovich Gma subiendo por una escalerita de caracol repleta de japoneses, él me va platicando sobre unos excelentes discos de rock progresivo que acaba de comprar, conforme los nombra veo las portadas: son muy elegantes, predomina el azul y el blanco. Paralela a la escalerita hay otra que baja: pasa Mave Gaya, nos mira con resentimiento pero yo ignoro por qué está enojada con nosotros. Llego a la entrada de un minúsculo salón donde una maestra gorda intenta dar la clase: el suelo está lleno de niños muy pequeños, como de cuatro o cinco años, aunque usan uniforme de secundaria. La maestra les dice que se callen y que ya nadie puede entrar a clase. Entonces yo soy un niño chiquito y entro empujado por otra avalancha de niños: quedo tirado en el suelo y trato de no moverme para que la maestra no me saque. Jacovich me dice que va a desocupar un departamento, que si Doris y yo lo queremos para pasar las vacaciones. Doris y yo entramos al departamento: está casi vacío, es muy grande y tiene vista al mar. Desde la sala, logro ver que en la parte superior del closet de una de las recámaras hay unas lucecitas, entonces me doy cuenta de que estoy en un sueño y hago un close-up a las luces que resultan ser estampas de figuras hindúes y cartas de tarot: en medio de todas hay un rectángulo de mica que es la entrada para pasar a otro sueño. Estamos ahora Doris y yo en el Parque Naucalli; en mi sueño es África y alguien nos dice que tenemos que ir a un templo donde hay un elefante sagrado. Estamos en una loma y el templo se ve abajo, muy muy lejos, es una especie de carpa enorme y de pronto ya estamos dentro: hay mesas donde venden tazas de café turco y joyas, beduinos con camellos, mucha gente. Salimos y afuera está Mave Gaya con una enorme guitarra eléctrica en las manos y un sombrero tejano, nos dice que está tocando en un grupo de hard rock, que ya van a sacar un disco. Nosotros nos carcajeamos. Despierto y anoto... Segundo sueño: estoy en un salón de clases enorme: hay muchos niños, reconozco a Raymundo Sanchez Islas y Laura Franco Scherer, mis amigos de la secundaria. La maestra no está y todos hacen lo que quieren. Yo acomodo unas mesas largas y descubro que hay un niño en mi lugar, le digo que se quite pero como es más grande que yo puede pegarme así que lo reto a jugar ajedrez alardeando que nadie me gana (lo cual es mentira, en la escuela era bueno para el ajedrez pero varios me ganaban); en el sueño siento una parte desagradable de mí, jactanciosa y egocéntrica. Al fondo hay unos niños mirando videos tontos en una hilera de computadoras viejas. Un niño sabio, grandote y sonriente me regala un sándwich. De pronto todo cambia: Doris y su papá (q.e.p.d.) están en un callejón oscuro y macabro. Doris lleva a dos de nuestras perritas, no sé cuáles. Están buscando una entrada, el papá la descubre y abre un hueco para que pasen. Entonces aparezco yo en el sueño: estamos en un edificio lujoso y viejo; hay una caseta donde un poli nos dice medio molesto que no podemos entrar. Cuando reconoce al papá de Doris su actitud cambia: nos lleva muy amable a una escalerita que da a un estacionamiento en penumbras. Una licenciada nos dice que si vamos a cruzar lo hagamos con cuidado pues hay unos cadáveres: un ricachón se suicidó y también se suicidó su joven esposa luego de matar a su bebé. A mí me empieza a dar muchísimo miedo, no quiero pasar. El papá de Doris ya no está, pero Doris, cargando a las perritas, se dirige al otro extremo donde se ve la puerta de un elevador. Pido que iluminen más pues no quiero pisar los cadáveres: las luces suben tenuemente y diviso unas aterradoras siluetas color azul neón. Doris, ya dentro del elevador, cierra las puertas y entonces corro y meto las manos hasta que logro abrirlas y entrar también; tras de mí oigo los reclamos del poli y la licenciada. El elevador es del tamaño de una recámara, está lleno de huecos en el suelo y temo que una de las perritas se vaya a escapar por ahí. Hay cubetas llenas de agua, escobas, en las paredes del elevador se ven engranes oxidados y cuerdas: “las entrañas del mundo”, pienso. Luego estamos alrededor de una mesa larga donde mucha gente está comiendo, reconozco a Georgina Montelongo, Ingrid BodetDoris pide un platillo y yo le digo que no tengo hambre porque me comí unos pastelitos. En el centro de la mesa hay banderines, adornos florales y miniaturas de la Torre Eiffel. El lugar es ruidoso, muchos escritores caminan de un lado a otro, charlando y riéndose. Llega Córdova Just: es el chef y dice que cocinó cosas deliciosas, que nos preparemos: le sirve a Arturo Sandoval un plato repleto donde se ve pasta, brocoli, almejas. Me dirijo a la cocina para ver si pido algo y entonces descubro que detrás de la puerta está acostada la joven esposa que se suicidó: tiene los ojos abiertos, es morena y huele mal. Todos pasan cerca de ella sin darle importancia. Veo el trajín de la cocina, en una bodega vacía hay varias ratas del tamaño de perros. Están paradas en dos patas, son pálidas y casi pelonas, amenazantes; chillan y hacen ademanes, muecas: sé que están representando una obra de Shakespeare en “idioma rata”. Regreso corriendo a comunicárselo a Córdova Just y entonces despierto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

17 DE FEBRERO DE 2019