viernes, 23 de junio de 2017

26 DE JUNIO DE 2013

Soñé con mis viejos compañeros de la secundaria. Estamos en una especie de escenario ciberpunk: unas escaleras barrocas y enormes que dan vueltas, y que tienen una especie de diminutos camerinos adosados donde nos reunimos en grupitos pues hay que prepararnos para cierto “evento apocalíptico” que consiste en un concurso. Somos varios, pero recuerdo particularmente a Laura Franco que va de un lado a otro pues es algo así como la Madre Superiora y se preocupa por la salvación de nuestras almas. Javier Guarneros nos explica qué debemos hacer y cómo debemos colocarnos cierto tipo de escafandras azules y verdes que, al usarlas, nos pondran en contacto con nuestro “yo verdadero”. El gran ausente es Enrique Bernal pero sólo yo me doy cuenta y les digo a los demás que hay que esperarlo. El ambiente del sueño es extrañísimo: todos somos pequeños, tal y como yo los recuerdo de la secun, pero al mismo tiempo tenemos la edad de ahora y yo siento lo mismo que sentía entonces: una mezcla de admiración y terror al bullying. Al fondo de las escaleras hay un sótano donde se ven ciertas formaciones rocosas, inquietantes porque “no son de este mundo”. Recuerdo también a Alfredo Azcune, esta inmóvil, muy serio, como si no quisiera hablarnos; alguien –no sé quién- me dice al oído: “es Drácula” (en estos días he estado releyendo Drácula para un curso que estoy impartiendo). Tratando de aparentar calma, Guarneros nos pregunta a todos por lo qué hacemos y a quienes más hemos visto; yo le cuento de algunos ausentes, pues a estas alturas del sueño ya nos han dividido: nosotros tenemos la escafandra verde, y el otro “equipo” (que se encuentra en otro camerino, escaleras arriba), la escafandra amarilla. Por ahí ronda un fantasma disfrazado de General; es Marcelo quien fuera prefecto de la escuela: nadie lo ve, sólo yo y eso me daba mucho miedo y cuando les pregunto a los demás si lo recuerdan, todos niegan con la cabeza (esto viene de una anécdota real pues una vez, recientemente, que vi a Laura Franco, me decía que no recordaba a Marcelo). En fin, cuando llega mi turno, le digo a Guarneros que me he dedicado a la literatura pero también a la terapia junguiana y él llevándose el dedo índice al mentón, concluye algo así: “¡Cómo nos habrá dejado la secun que cuatro de nosotros se dedican a curar la cabeza (De la Cruz, Érika) o la mente (Laura Franco, yo)…” Yo le respondo que Enrique también pues da clases de yoga, pero nadie queiere escucharme. Nos asomamos a las escaleras y yo tengo que colgarme por el barandal con una cuerda: conforme voy bajando me doy cuenta que los de arriba se han convertido en monstruos y me arrojan dulces que hieren como vidrios, y juguetes (canicas, soldaditos). Entonces, para evitar los proyectiles, me suelto de las escaleras y comienzo a bajar a toda prisa, descubriendo un ambiente horrorífico (quienes hayan jugado videojuegos de terror de la última generación podrán entenderme) y desesperanzador donde la vida está a punto de acabarse para siempre. Llego al dichoso sótano, y descubro que el suelo es de lodo chicloso y que si pongo los pies en él me hundo a quien sabe qué otro infierno. Hay momias colgadas en las paredes, ventanas tapiadas, dentaduras de tiburón. Decido subir de regreso y por las escaleras suben filas de monjes, aunque lo hacen lentamente y cantando. Cuando llego arriba ya ha comenzado el “evento apocalíptico” y consiste en un concurso de Cocina (anoche Doris y yo vimos en la tele uno de esos programas donde concursan varios chefs), y los demás me ponen al corriente: hay que preparar un platillo en una especie de cajita de metal que se llama "El Corazón", y que al mismo tiempo es un arma peligrosa y un juguete. Sólo uno de nosotros puede hacerlo y tenemos que decidir quién. En una pantalla se ve la cajita del equipo enemigo y está llena de mecanismos y muñequitos que hacían clic clac y se transforman en plásticas florecillas multicolores que van dejando una gruesa capa de oro en la parte superior de la cajita: entre más grande es dicha capa, mayor es el puntaje. Llega Enrique Bernal, dice que su boggie se descompuso; sin perder tiempo en saludarnos, se pone a pensar en cómo mover los mecanismos de la cajita. Alrededor hay globos, ruidosísimo rock, una ambiente de fiesta; grupos de monjes y monjas cantando al unísono. Al final llega Lucy Castillo pidiendo perdón pues su avión se había retrasado, brevemente le explicamos en qué consistía la prueba y ella nos arrebataba la cajita, le hacía unos pases mágicos y esta se desborda de oro, haciendo que nuestro equipo gane. Gritos, el puntaje en las pantallas, un murciélago revoloteando… y eso fue todo: desperté.

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17 DE FEBRERO DE 2019