viernes, 23 de junio de 2017

22 DE JUNIO DE 2017

Estoy afuera de una casa que siempre sueño: es de un solo piso y está frente a una pequeña y casi secreta plaza provinciana llena de árboles. Abro la puerta de entrada que da directamente a una sala-comedor donde hay mucho desorden: cojines grandes, cuadernos, un refri de los viejos. En un rincón está la bolsota donde Doris guarda su compu. Voy hacia la parte trasera de la casa, paso por una habitación grande y casi en penumbras: en las paredes hay figuras de santos y en la enorme cama alguien está acostado bocarriba, ignoro si es una persona o un maniquí; esta habitación tiene un ambiente algo macabro, como de película de los Quay Brothers. Cruzo un pasillo y llego “al límite” (en otros sueños, hay una parte de la casa que no me pertenece y comúnmente me doy cuenta de que llegué ahí cuando veo a otras personas que no conozco y que no me ven). Hay una puerta delgada y larga, la abro y descubro que es un pequeño baño ocupado por una señora gorda. Salgo de inmediato, apenado, y ella me dice: “que no se escapen los perritos”. Alrededor mío hay varios perritos de diferentes tamaños y colores brincoteando; los guío para que regresen al lado de la casa donde pertenecen. Uno de los perritos está hecho de alambre plateado, no lo toco por miedo a herirme, pero él solo se adelgaza y logra pasar al otro lado por una ranura redonda de la pared: veo sus ojos, son rojos, resplandecientes; sus fauces triangulares tienen dientes de clavo. Regreso a la entrada de “mi casa”; estoy preocupado pues recuerdo que la cerradura de la puerta es muy frágil y alguien puede entrar: cuando llego, veo que estoy equivocado, que es una cerradura muy fuerte y que si alguien tratara de abrirla desde afuera no lo lograría (ayer en la mañana vimos el primer episodio de “Walkin Dead”, esta parte del sueño la relaciono con la escena donde una mujer zombie quiere entrar a la que fue su casa y sacude la manija)… Luego viene una parte del sueño algo borrosa: un traspatio, personas sentadas esperando algo. De pronto estoy en otro sitio; veo en el aire una maleta grande y transparente que en el sueño pertenecía a mi papá: es su colección de lentes, están perfectamente acomodados y en sus estuches. Son lentes hermosísimos, antiguos, de formas y colores diversos. Abro la maleta y veo que en vez de los lentes hay trenecitos de juguete. El lugar donde estoy ahora es un local donde mucha gente se prepara para una convención internacional de no sé qué. Yo estoy en la parte que da a la calle, desde donde se ven muchas palmeras. Llega un hombretón enorme y gordo, una especie de Mario Bros con cachucha que me da mala espina. El hombre saca una empanada y me la ofrece, tratando de convencerme de que es un trenecito y que debo incluirlo en la colección de mi papá. Camino hacia la parte trasera del local y llego a donde Roberto y Mauricio (mis amigos de la infancia) están muy apurados armando un exhibidor de cartón: me dicen que debo dibujar las portadas de unos trípticos que van a exhibir ahí. Yo sé que lo que en realidad hay que exhibir son los lentes/trenecitos de mi papá. De pronto el local se convierte en la sala de un cine: hay sillas plegables, la mitad de ellas ocupadas por niños y señoras comiendo; también hay hombres dormidos en el suelo con la cara tapada. Es un ambiente como jarocho y nadie hace caso a la pantalla donde se ven escenas de persecuciones; pienso en cambiar la película, ponerles alguna de mis animaciones. Regreso al otro local para armar el exhibidor pero descubro que estoy en el mercado de San Pedro de los Pinos: hay puestos de verduras, una tienda de triciclos, piñatas colgando. Estoy buscando un tinte para cabello que me encargó Doris. Llego al puesto de los tintes y en el mostrador veo muchas marcas, aunque no logro recordar cuál hay que comprar. Las señoras que atienden sacan un tinte que viene empacado en un folder y cuyo nombre no reconozco; dicen que es el mejor. Yo quiero llamarle a Doris para preguntarle pero no tengo crédito en mi cel. Me despierto cuando estoy a punto de pedirles prestado a las señoras un teléfono negro y antiguo (de los de disco) que está sobre el mostrador.

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