jueves, 29 de junio de 2017

29 DE JUNIO DE 2017

Hay una multitud en un enorme local bajo tierra: estaremos ahí varios días, mientras arreglan el mundo. Yo busco a mis conocidos: veo a Adriana Reid con su silbato, organizando a la banda de Guadalajara. En la parte principal del local, varios profesores japoneses dan instrucciones pero nadie les hace caso. Me dirijo hacia la parte trasera, donde están los pobres: paso entre personajes de pie que hacen cosas diversas. Junto a las paredes hay colchones tirados donde duermen niños y perros; también veo una que otra gallina. Me acuesto en uno de los colchones del fondo; un hombre joven saca fotografías con su celular a grupos pequeños que sonríen y posan. El hombre joven viste de blanco pero su ropa está muy sucia: veo el colchón donde durmió, está lleno de tierra y moscas revoloteando. Llega Doris con dos vasos de atole en las manos, me da uno y me dice que hay que ir a las habitaciones de arriba: nadie las ha descubierto y ahí pasaremos mejor la noche con nuestro grupo. Subimos en fila por unas escaleritas casi secretas; también van Edgar Ríos, Delia, Gina y Alberto. Luego estoy en una plaza comercial enorme que es al mismo tiempo el pasillo de Metro San Lázaro que da a la Tapo. Conmigo va Garnica (el legendario distribuidor de discos inconseguibles del Chopo), mientras caminamos entre la multitud me va platicando sobre las nuevas tendencias del progresivo alemán. Yo no le hago mucho caso: delante de mí veo a mi amigo el Batman de chavito: está platicando con otro chavito la historia de una muchacha de la cual se ha enamorado y que no lo pela; yo me acerco a ellos y les digo que si quieren les leo el tarot. Entramos a un estacionamiento sin autos pero con tiendas lujosas en los extremos, el techo es muy bajo y la luz escasa: llegamos a una mesa chiquita como de kinder y nos sentamos a extender las cartas. Aparece el arcano de Los Amantes y le digo al Batman que todo va a estar bien; él se pone a payasear como si estuviera jugando póker, su amigo se burla de él (ayer, en la clase de tarot, revisamos dos lecturas donde salían Los Amantes). Entonces el sueño se convierte en pesadilla: estoy solo frente a un hombre siniestro de cartón sentado tras un escritorio y que se mueve de manera extraña, espantosa. Usa un polvoriento y arrugado traje de rayas parecido al de Beetlejuice; mueve las manos y dice un discurso pedante que no entiendo. Estoy aterrado. Despierto dentro del sueño pero en realidad sigo soñando: ahora me encuentro acostado en mi cama; sobre mi pecho está mi perrita Marnie hecha rosca. Estamos totalmente a oscuras. Junto a mí, debajo de las cobijas, hay una bocina plana: la enciendo para escuchar una versión radial de El Señor de los Anillos. Cuando empiezan a gruñir los orcos, Marnie se pone a temblar de miedo: me llevo la bocina a la boca y les ordeno a los orcos que se callen. Luego estoy con Doris en los prados de CU: con nosotros van otra vez Gina y Alberto, acompañados de su perrito Kron (q.e.p.d.), van también otras personas que no reconozco y mi amigo el fotógrafo Gerardo González, quien es el guía. Es de mañana, el sol está radiante y a lo lejos se ve un bosque de secoyas gigantes. Llegamos al bosque y nos metemos: todo oscurece; hay una sensación de cuento de hadas. Después de caminar un rato, encontramos un claro de pasto muy bien cuidado que está junto a un espejo de agua; en el centro del claro hay una flor solitaria, recta y amarilla. Gerardo me da una cámara y me dice que saque una foto de la flor; Doris dice que soy malísimo sacando fotos (lo cual es cierto), Gina y Alberto ríen. Me asomo al visor de la cámara y me doy cuenta de que la flor se ve como un dibujo de los animes de Makoto Shinkai. Pienso que el arte de la fotografía es incomprensible para mí. Despierto. 

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