viernes, 23 de junio de 2017

20 DE JUNIO DE 2017

La hora del crepúsculo: estoy en el patio trasero de la casa donde viví toda mi infancia. Es más grande que en la realidad, hay algunos sembradíos de coliflores, laminitas clavadas en el suelo con figuras de aves. Tras la ventana que da al comedor hay un perro negro moviendo la cola y sonriendo (en la clase del sábado vimos “The Black Dog” de Alison de Vere). En una esquina del patio hay una tienda de campaña militar iluminada por dentro; aunque no logro verlo, sé que en su interior está mi amigo Miguel Morales haciendo planes y tácticas, cosas de guerra. En los tendederos del patio hay cientos de cartas de tarot colgadas, cuando trato de agarrarlas descubro que son de jalea; se escucha la voz en off de mi mamá que dice: “todavía no están listas”. Aunque la mayoría de los tarots colgados son desconocidos para mí, veo unas cartas del tarot de Babilonia (en la vida real, una alumna me lo regaló el miércoles pasado) y en ese instante las mismas figuras aparecen como hologramas enormes a mi alrededor (no recuerdo qué arcanos eran). Aquí hay una parte confusa: camino por una plaza enorme y poco iluminada, voy jalando un carrito de dos ruedas. No las veo pero sé que cerca de ahí hay unas pirámides mexicanas recién descubiertas que son más grandes que Teotihuacán; en el sueño, pensar en eso me asusta. Luego estoy en la cocina de una mansión donde se celebra una fiesta: en un rincón, junto a un refrigerador grande, está mi carrito pero ya no sirve, le falta el seguro, que es una pieza redonda. Afuera suenan los ruidos de la fiesta, música clásica, en esa parte soy yo de niño. Me agacho a buscar la pieza del carrito debajo de un mueble y encuentro unos amuletos con campanas, pienso en robármelos pero sé que el ruido de las campanas me delataría; entonces aparece junto a mí una mujer enorme y negra que en el sueño es mi nana y que se encarga de mi educación. Me mira con recelo desde su altura pero siento su amor, es algo así como la Madre Universal. De pronto todo cambia: es una mañana radiante y estoy en la Escuela Mexicana de Escritores. Se trata de un edificio muy delgado, lleno de escaleritas y ventanales grandes desde donde se ve una ciudad de otro tiempo; a lo lejos se presiente el mar. Hasta arriba está la oficina de Alberto Buzali; es muy pequeña, llena de anaqueles vacíos, mapas en las paredes, lámparas; en su escritorio hay una caja de puros. Buzali es el encargado de revisar los libros que pueden contaminar, y cuando encuentra alguno maligno lo mete en una caja de lata redonda -de las de guardar películas- y baja corriendo y escandalizando hasta el sótano donde se deshace de todo; es un trabajo heroico. En otro salón está Guso Parra presidiendo una entrevista, se ve impaciente, ya quiere irse: veo como su manos tamborilea en la mesa y pienso en tarántulas, en manos que cobran vida (el domingo, en el club de lectura, analizamos el cuento “La bestia de cinco dedos”). Junto a Guso está sentada Amelia Casas, dice que no ha podido escribir, que por más que lo intenta no se le ocurre nada. Hay una ventana por donde pasan, a lo lejos, enormes dirigibles rojos y naranjas. Entro en acción para ayudar a Amelia y le pregunto cuándo fue la última vez que visitó un museo, y que escriba un cuento de esa visita pero redactándolo sólo con preguntas. Ella empieza a carcajearse y dice que mejor escribe algo sobre un vendedor que le quería vender algo y de cómo ella lo maltrató; por las carcajadas, se ve que le anécdota es divertidísima. La ventana de los dirigibles se convierte en una pantalla donde veo a Amelia visitando un museo, luego burlándose de un joven vendedor vestido con bata blanca como de farmacéutico. Guso toma sus cosas, ya se va a su casa. Yo bajo unas escaleritas que pasan cerca de un salón de conferencias donde se supone que Córdova Just reúne a los aspirantes; el joven Alegría va subiendo con su guitarra a cuestas y dice “están muy pollos”. Me asomo y es cierto: sentados alrededor de una mesa larga hay varios pollos del tamaño de personas, se mueven como hipnotizados y usan uniforme azul, frente a ellos hay platos vacíos. Salgo a la calle: es una ciudad inclinada, de colores suaves, como dibujada por los estudios Ghibli; a lo lejos se ven las velas de los barcos detrás de un horizonte de casas de dos aguas. Hace mucho calor. Camino rumbo a la otra cuadra, buscando el local donde Amelia maltrató al vendedor: paso por una nevería, una cafetería, una tienda de llantas donde hay unos niños jugando. Cuando doy vuelta a la esquina estoy en la calle sateluca donde estaba (supongo que sigue estando) mi escuela primaria. Despierto.

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17 DE FEBRERO DE 2019