martes, 27 de junio de 2017

27 DE JUNIO DE 2017

Tengo 20 años; estoy en la casa sateluca donde viví a esa edad. Es un domingo por la madrugada: la luz es gris y mis hermanos duermen; mi papá y mi mamá están en la cocina preparando hot cakes. Yo estoy sentado en un catrecito revisando el último best seller de Gabriel García Márquez que acaban de editar (en mi sueño, García Márquez todavía está vivo). Me da emoción empezar a leerlo y entretenerme pues pienso que los domingos son aburridos porque aún no he conocido a Doris. Voy a la cocina, abro el refrigerador: hay gelatinas verdes y moradas, bolsas de celofán con gomitas, ejotes en un plato y una hilera de vasos de leche. Le digo a mi mamá que voy a dar una vuelta en lo que están los hot cakes; ella me dice que va a llover. Salgo. Hace frío, llevo puestos unos pants, una playera vieja y una chamarrota larga con capucha; pienso: "ojalá no me encuentre a nadie conocido, estoy muy fachoso" (en la vida real eso me hubiera valido madres). Llego a Fray Servando, está muy nublado y solamente llueve por donde van pasando los autos pocos. Hay señoras caminando, niños, hombres en bicicleta; todos se mueven como en cámara lenta. Llego a una peluquería, en el cristal hay imágenes de cabezas punks (anoche Doris y yo pasamos por un salón de belleza y nos burlamos del cartel con los tipos de cortes). Al fondo hay unas escaleritas que van a dar a un banco; como es domingo está cerrado pero la gente puede pasar a los cajeros automáticos. Llego a la parte de arriba, todo está lleno de tierra muy fina. Los cajeros automáticos son largos y horizontales, parecen ataúdes; tienen una compuerta como de cofre de auto. En las ranuras de los cajeros también hay tierra: aunque no llevo mi tarjeta, pienso que el mecanismo se puede trabar. Al fondo hay un cajero automático más grande sobre el cual hay una pista scalextric donde corren varios carritos de carreras; arriba hay una pantalla larga donde se ven cifras y letras. Abro la compuerta de otro cajero a sabiendas de que está prohibido: debajo del mecanismo hay un rollo de billetes de a $500; jalo uno, lo hago bolita y lo dejo ahí. Me retiro asustado por lo que acabo de hacer y corro hacia las escaleras: un soldado y una señora con su hija suben al local. Pienso que mejor sí voy por el billete; total, si ya me filmaron de todos modos van a buscarme. Regreso, vuelvo a abrir la compuerta y guardo el billete en una de las bolsas de mi chamarra; el soldado ni me pela. Bajo sintiendo que soy un forajido, un personaje de Rulfo; me cubro la cabeza con la capucha para que nadie me reconozca. Otra vez por Fray Servando: llego a un callejón que da a una vereda serpenteante. La gente desparece, sólo hay tres niños pequeños jugando con una pelota; también hay árboles, pasto muy crecido, bancas de parque. A ambos lados de la vereda hay postes largos, en cada uno de ellos descansa una escalera de mano y hasta arriba hay lámparas de luz muy tenue y bocinas. Veo que alrededor de las luces revolotean pequeños "twits": son azules y transparentes, más mariposas que pájaros; para leerlos hay que subir por las escaleras de mano (ayer resucité mi cuenta de twitter). En las bocinas empieza a sonar la rola The Yes No Interlude de Hatfield & The North... Sigo caminando y ya estoy otra vez en calles satelucas: saco el billete, lo desarrugo y descubro que tiene la misma imagen en ambos lados, es un billete falso. Entonces llega a mi mente una verdad trascendental y profunda: "más vale robar que ser falso"... Despierto y me doy cuenta de que la verdad trascendental es una idiotez. Anoto todo.  

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17 DE FEBRERO DE 2019