Estoy en una sala muy extraña viendo películas. Junto a mí hay varios perritos durmiendo y yo me tapo con cobijas de estambres multicolores como las que tejía mi hermana Verónica. Alrededor de la pantalla hay anaqueles con cajas de VHS más grandes de lo normal; se trata de películas ochenteras de monstruos y de aventuras en trailers que en el sueño me había prestado mi amigo Abe Manc. Encuentro una película grabada en un caset de música; no hay imagen en la portada, sólo tiene un texto escrito por mí hace mucho; no recuerdo el título y en el sueño no recuerdo cuándo lo había grabado así que lo pongo para verlo. Se trata de una peli que sucede en una calle gringa donde está lloviendo, pasan coches, personas con paraguas negros; varias mujeres de diversas edades llegan a una puerta de entrada que da a una escalera; luego escenas diversas: las mujeres suben la escalera, una de ellas carga un pez enorme, dorado y negro, adornado con monedas del I Ching; al soltarlo, el pez nada por el aire rumbo a la parte de arriba donde se oyen ruidos de restaurante o reunión sin música, arriba hay varios yakusas serios, quietos. Curiosamente, las escenas de la pantalla se repiten en una ventana grande de cristal que está un poco lejos, a mi derecha. Doris está en la pieza de junto y yo le digo que venga a ver si reconoce la peli. En otra escena de la peli aparecen las mujeres en un sofá, tocando la guitarra y cantando, me doy cuenta de que se parecen, de que seguramente son madres e hijas, o tías y sobrinas; hay detrás de ellas una chimenea, luego escenas campiranas, vacas, trojes, y en primer plano la cabeza de un hombre negro, bigotón y patilludo que en mi sueño es un actor famoso de los 70s. La sensación es de que se trata de una trama victoriana, Doris me dice el nombre (que no recuerdo) y que está basada en un libro (anoche estuve leyendo los cuentos de W. F. Harvey). De pronto todo cambia: Doris y yo estamos en una librería buscando el libro: se trata de una librería de viejo que acaban de abrir en Plaza Satélite y que tiene las paredes en ángulos agudos y varias salas repletas de libros hasta los techos altísimos. Hay más gente, una pantalla grande a mis espaldas, volteo a verla y están pasando un anime de submarinos y tanques de guerra. Uno de los empleados nos abre las puertas de una especie de vitrina y dice que busquemos ahí: hay figuras de porcelana y una colección de tres hermosísimos libros encuadernados en piel color café claro o beige; el empleado dice que a lo mejor es el libro que buscamos. Pero no: se trata de un recetario ilustrado lleno de dibujos parecidos a los de Brian Found pero más suaves: ratoncitos comiendo con cucharas, una reina con alas de libélula, hongos con cara… El empleado nos dice que los libros cuestan $9,000. De pronto llega un hombre enorme, usa saco azul y tiene el pelo blanco; pone en uno de los mostradores un librito y dice “no es lo que esperaba”. Veo el librito: se trata de la segunda parte de Pinocho, en la portada está el muñeco narizón montado en un cohete. Los empleados se llevan al señor para enseñarle otros libros y yo entro a otra de las salas de la librería donde hay anuncios victorianos de café en las paredes. Un empleado detrás de un mostrador, que está por lo menos a un metro del suelo, prepara café en una maquina extraña como de Julio Verne. Me pongo a ver los libros de los anaqueles: Boris Vian, la novela de Gonzalo Vélez; le digo al empleado que qué bueno que abrieron una librería en Plaza Satélite, que yo fui sateluco y sé que muchos viejos lectores se están muriendo y que los hijos o las viudas acostumbran tirar los libros a la basura. El empleado me dice que la dueña de la librería es Selva Hernández. De pronto se oyen gritos, otro empleado se asoma a decir que acaban de meter un gol: salimos a ver la pantalla y lo que vemos es el lanzamiento de un cohete. Regreso con Doris que ya se compró varios libros, la abrazo y nos vamos caminando rumbo a la salida; afuera se ven tiendas, gente con regalos, suena la lluvia en el tragaluz enorme… Me despierto y bajo a escribir esto.
viernes, 23 de junio de 2017
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