Voy en un camión de pasajeros muy grande: estoy triste porque es el final de unas excelentes vacaciones donde nos la pasamos muy bien. Conmigo va Doris y varios amigos: Jessica, Héctor, Mónica y otros muchos que no recuerdo. El camión tiene muebles como si fuera una sala; algunos amigos se sirven agua de un garrafón de cristal y hay una mujer pequeña que fue quien organizó el viaje: dice que anoche se durmió temprano y que es lo mejor que pudo hacer pues estaba muy cansada. Me asomo por la ventana del camión para ver el paisaje y pienso que quienes nos reunimos ahí tal vez no volveremos a estar juntos nunca; entonces aparecen en el sueño una fila de amigos y amigas: están de frente, bailando lentos, como si fuera la presentación de los personajes en el "opening" de un anime. Luego estoy en un departamento oscuro. Ya es de noche: mi papá y mi mamá duermen y yo me preparo para salir, pero no quiero despertarlos; pienso que es una lástima que aún no se hayan inventado los celulares porque entonces podría llamarles más tarde para avisarles dónde estoy. Mi papá, dormido aún, me dice que si es Aguascalientes sí puedo ir. Aguascalientes resulta ser un lugar desolador, una especie de campamento sobre un terreno ondulado lleno de montículos de sal o de chatarra: hay mucha gente aturdida, como zombies (ayer Doris y yo vimos episodios de The Walking Dead); algunos arrastran cosas y varios beben y platican acerca de su mala suerte. La luz es blanca y espantosa, demasiado artificial: se adivina que más allá de la parte iluminada la oscuridad es total. Yo llevo una bolsita de detergente, no sé qué hacer con ella: tengo que llegar a una guarida que está al final, en una montaña; ahí me está esperando Óscar Luviano quien me va a entregar unos guiones. Desde donde estoy, la guarida se ve llena de luces, rodeada de arbolitos; hay música, sé que la gente que está ahí es feliz. Llego a donde hay un escritor alcohólico, viejo y barbón; es dueño de un montículo de sal y está cocinando algo en un cráter. De vez en cuando bebe de su anforita. Me dice que no me vaya, que me va a contar unos chismes gruesos sobre un par de escritores: señala hacia un extremo y veo a dos personajes abrazados y caminando a tumbos. En el suelo hay cajas vacías, grietas largas de donde sale vapor. Le digo al barbón que al rato regreso y escondo la bolsita de detergente en uno de los huecos de su montículo para pasar por ella después, cuando ya esté dormido. Luego estoy apoyado en la barra de una cafetería. El ambiente ha cambiado por completo: se oye mucho bullicio y ya es de día. Hay por ahí un impresionante Jefe de Redacción; está furioso, regañando a dos reporteros porque no se ponen de acuerdo sobre la versión definitiva de una noticia. Los reporteros son una mujer, que grita acalorada, y un viejito triste que se me acerca y me dice que la noticia que van a escribir es sobre los meseros de esa cafetería que no tienen prestaciones: "algunos mueren haciendo su trabajo", dice y me da un folleto. Volteo hacia el fondo de la cafetería y veo a un mesero muerto, de pie, congelado en el acto de servir un platillo a una mesa redonda donde está una pareja leyendo libros. Pienso en el departamento donde duermen mi papá y mi mamá; me doy cuenta de que es un lugar falso, que mi papá murió hace mucho y que probablemente esté soñando. Luego estoy en la Universidad Ibero: varios camaradas y yo estamos esperando un trámite para cobrar un dinero que nos deben. La oficina de contabilidad es cúbica y de cristal y está incrustada en unas gradas: dentro hay un Godínez haciendo cuentas en una sumadora, cerca de él una mujer vestida de rojo mueve documentos de un escritorio a otro. El Godínez nos da un paquete de papeles: tenemos que firmarlos para que nos paguen. Entre los papeles descubro varios libros, obsequio de la Ibero: un álbum con paisajes de José María Velasco y un par de cómics chafísimas, dibujados por alumnos: les doy una repasada y veo a Batman, a varios personajes de anime hechos con las patas; sé que irán a dar a la basura, "o a lo mejor se los rolo a Gilberto Soriano para que los subaste en La Nena Oscura", pienso. Busco un papel para escribir mi sueño y arranco una hoja amarilla de un cuaderno: en la parte trasera están los reclamos amorosos que el Godínez le escribió a la mujer vestida de rojo y que nunca se atrevió a darle; pienso que no es de mi incumbencia y rompo la hoja. Como el trámite no acaba, paso a un pequeño patio donde están mis camaradas; por ahí andan Armando Walle y Javier Negrete, amigos de la prepa. Me tiro en un cuadro de pasto a la sombra de unas jacarandas. Platicamos. De pronto me doy cuenta de que Walle se ha ido; aparecen unas escaleras que bajan: al fondo se ve una puerta con una ventanita redonda que da a la calle. Por ahí entra Walle y sube las escaleras a grandes zancadas, en las manos trae varias chamarras padrísimas: "es para que salgamos a pasear con las chicas", dice. Me veo del brazo de Doris dando vueltas alrededor de una fuente: ella trae puesto un rebozo de colores; yo, una de las chamarras. Le pregunto a Walle que de dónde sacó las chamarras y sólo se ríe: entonces sé que se las robó a los de un desfile que iba pasando en la calle, un desfile para celebrar la aparición de la novela La guerra de los mundos (ayer revisamos a Wells en una clase). Bajo las escaleras que dan a la puerta de la calle, cruzo el desfile y entro a una sala blanca, decorada como película futurista de los 70s. Arriba hay una pantalla larga donde se ven animaciones; en el suelo hay una mesita cuadrada y chaparra donde varios niños de plástico, azules y amarillos, colorean sus cuadernos. Despierto.
domingo, 25 de junio de 2017
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