Primer sueño: estamos en el campo, Doris acaba de encontrar varias tejas llenas de jeroglíficos. Recargamos las tejas en una pared de tierra, debajo de un árbol; Doris dice que necesitamos que alguien las traduzca. Aparece un hombre viejo, usa sombrero y huaraches; nos dice que su sobrino puede traducir las tejas, pero que fue por unos tamales. Al poco rato aparece el sobrino por una vereda: es un señor gordo que parece niño; trae en la mano una bolsa llena de pañales. Me sorprende haber confundido la palabra "tamales" con la palabra "pañales". El sobrino revisa las tejas y dice que nos cobra $1,800; Doris dice que está bien: a mí me parece mucho, pero no digo nada. Entonces vemos a mi tío Eduardo detrás de un mostrador; dice que él puede conseguir quién nos haga la traducción por $1,200. Luego todo cambia: me encuentro en un baño muy pequeño cuya pared está llena de cuadros. Veo un diminuto rombo que tiene la acuarela de un corazón con alas que me parece muy cursi. Saco un plumón y le pinto cara al corazón; luego le agrego un sombrerito con flor, pelo largo y un par de piernas con medias y liguero. Alguien toca la puerta. Temiendo que sepan que fui yo quien modificó el rombo, decido guardármelo debajo de la chamarra para que no lo vean. Luego voy huyendo por el centro de Tlaxcala (viví un tiempo ahí a mediados de los noventas). Es medianoche y las calles están vacías. Corro por una avenida ondulada, me siguen unos policías en su patrulla. Entro a una casa grande: recorro recámaras largas donde duermen señoras encobijadas hasta la cabeza; aunque veloz, voy de puntitas para no despertarlas. A mi paso tengo que esquivar sillas de ratán y jaulas con gallinas; en una ventana hay unos niñitos riéndose que me dan mucho miedo. Salgo a una especie de patio, de ahí paso a un estudio de grabación donde está Doris arreglando un guión con Rodolfo, su jefe. En la mesa donde trabajan hay muchos papeles y tazas vacías; me siento a observarlos. Cuando terminan, Rodolfo dice que es muy noche, que hay que descansar. Bajamos unas escaleras, Rodolfo pone un disco de "hustle" a todo volumen y apaga la luz. Cuando salimos, y mientras está cerrando con llave, nos dice que la música es para que los fantasmas no se aburran. Le digo que los fantasmas van a odiarlo… Despierto. Segundo sueño: estoy en la salita de un museo donde la poeta Flor Cecilia Reyes está exhibiendo una colección de monedas. Se supone que son monedas para poner en unas máquinas muy antiguas que a cambio dan regalos: disimuladas en una pared hay varias ranuras con diferentes fechas. Luego estoy tendido en la banqueta, junto a un auto nuevo que está estacionado en un camelloncito triangular: frente a mí desfilan decenas de secretarias y oficinistas muy apurados. Son las 7:00 de la mañana. Estoy vestido como limosnero; una señora de lentes sale de una puerta y hace ruido para espantarme; supongo que es la dueña del auto y teme que le robe algo. Me levanto y me voy caminando por una avenida muy ancha en cuyo centro hay una zanja enorme. Me asomo: al fondo de la zanja se ven tuberías, cables y un piso lodoso. Aparece un grupo de muchachas; llevan un perrito y van cantando. De pronto el perrito brinca a la zanja y una de las muchachas grita desesperada: salto detrás del perrito y logro agarrarlo antes de que se meta a un tubo; descubro que las paredes de la zanja están llenas de máscaras. Salgo y les regreso el perrito a sus dueñas, quienes se ponen muy contentas y agradecidas; me veo lo pies: están llenos de lodo pero no me importa. Sigo caminando y llego a un local donde mis amigos Jessica y Héctor están escuchando una extraña versión de Star Wars en el radio mientras desayunan; les pido una pluma pero me dicen que la que tienen no sirve. Luego estoy en una papelería probando plumas: ninguna escribe bien, todas son azules pero de diferentes tonos. Un señor me mira muy serio desde un mostrador lejano… Despierto.
lunes, 11 de septiembre de 2017
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