jueves, 7 de septiembre de 2017

7 DE SEPTIEMBRE DE 2017

Doris y yo estamos de vacaciones en un hotel de playa; compartimos una enorme suite con un joven matrimonio alemán. La estancia de la suite está muy desordenada: hay sábanas hechas bolas en el suelo y restos de comida en la mesa del comedorcito. Estoy triste porque al día siguiente tenemos que regresarnos; abro una pequeña alacena y veo que está repleta de golosinas. De pronto llega el matrimonio alemán: la mujer va regañando al hombre; me llama la atención que ella está casi rapada y él tiene el pelo muy largo. Les digo que pueden tomar los dulces que quieran de la pequeña alacena; esto les da mucho gusto y se ponen a brincar como niñitos. En el sueño recuerdo otro sueño reciente (que en realidad no sé si tuve) donde estoy armando la pequeña alacena: es un castillo de juguete en el que voy acomodando mosqueteros de plástico y una carroza en miniatura muy detallada cuyas piezas son comestibles; hay chicles y gomitas que al mismo tiempo son las almas de los muertos durante la Edad Media. Entonces Doris me dice que vayamos a la alberca; me pongo un traje de baño de abuelito y busco unas toallas. Salimos de la suite y caminamos por un pasillo; las camaristas que andan rondando por ahí son esquimales. Antes de llegar a la alberca pasamos por una sala con muebles de bambú y muchas macetas llenas de plantas tropicales: en un extremo hay un hombre jugando solo al parkase. Le digo a Doris que por la noche podemos ir a esa sala a leer. Subimos unas toscas escaleras de piedra: la alberca está arriba y tiene forma de gajo. Veo que hay muy pocos nadadores y que el agua, de un verde muy profundo, está inmóvil y sobresale los límites de la alberca como si todo se hubiera congelado en el tiempo. Corro alrededor y entonces descubro que el agua de la alberca y el agua del mar son una sola y eso me causa mucho terror. Camino hacia la playa; hay mucha gente viendo como el mar está detenido en el aire: en la cima hay una amenazante pandilla japonesa. Un joven gay les dice a los pandilleros que por su culpa se va a inundar todo; se siente mucha tensión. De pronto aparecen del lado del hotel varios hombres furiosos, dispuestos a enfrentarse a la pandilla. Decido que la posible inundación no es mi problema, así que  paso entre los pandilleros y empiezo a escalar una ola; Doris se queda atrás. Cuando llego a la cima veo el mar en su totalidad: es una vista sobrecogedora pues todo está inmóvil en el tiempo, y en algunas partes hay abismos inmensos y profundos. A lo lejos se ven islas y ballenas que son al mismo tiempo barcos; todo el horizonte está lleno de cosas. Regreso por Doris, le digo que nunca he visto nada tan impresionante. En las cercanías, donde alguna vez estuvo la playa, vemos a unos cerdos mecánicos persiguiendo a bañistas que chapotean: se trata de un juego de moda que cuesta un dólar por minuto de persecución. Volvemos a pasar por el pleito de los pandilleros, avanzamos y llegamos a la orilla del primer abismo. Muy abajo, rodeada por inmensas paredes de agua, se ve una caravana árabe empequeñecida por la distancia: llevan con ellos a un camello mágico, ataviado con velos y cuentas de cristal. Seguimos avanzando hacia el mar abierto, ahora navegamos sin movernos. Volteo hacia donde está el hotel y veo una torre altísima que se aleja a toda velocidad; Doris dice que vamos a llegar a Europa, lo cual nos pone eufóricos. Yo le digo que estamos soñando. Despierto: me encuentro en la habitación de la suite; Doris sigue dormida. Entonces sé que estamos soñando lo mismo (lo cual ha pasado algunas veces en la vida real)… Despierto. 

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17 DE FEBRERO DE 2019