martes, 19 de septiembre de 2017

19 DE SEPTIEMBRE DE 2017

Estoy en el departamento de la colonia Álamos donde viví varios años: cortaron la luz y todo está lleno de telarañas. En la mesa de la sala hay una presencia dormida, no sé quién sea pues está tapada con una cobija pero sé que no debo despertarla. Mario González Suárez me llama por teléfono para decirme cómo quedaron mis horarios de la Escuela Mexicana de Escritores: voy a dar ocho horas semanales de clase a un nuevo grupo. Por el auricular escucho el desmadre de los alumnos y me alejo con todo y aparato telefónico de la presencia dormida pues son muchos los gritos. Doy un paso y llego al comedor de la casa donde viví de niño: me sorprende que se junten dos tiempos y dos espacios. En el auricular ahora se escucha a Joana Medellín cantando arias militares: arranco el cable del teléfono para que la presencia dormida no despierte, pero aún así el canto continúa. En eso llegan al departamento un grupo de personas, entre los que recuerdo a Magdalena, Fernando Cárdenas y Angélica Santa Olaya, quien viene acompañada por una hija joven que yo no conocía; vienen todos a desayunar, pues yo los había invitado y no me acordaba. Santa Olaya se pone a criticar la oscuridad y las telarañas; yo la invito a que pase al estudio donde guardo los libros. En la sección de poesía están varios tomos de una poeta africana de ciencia ficción: son muy gruesos y en los lomos hay escenas de elefantes y jirafas que se mueven; Santa Olaya queda sorprendida de que me guste esa poeta. Le enseño mis primeras ediciones de Tario; luego platicamos y ella me dice que su hija estudia teatro y que es muy buena: al final les regalo el Equinoccio de Tario y Angélica Santa Olaya me corresponde con un ejemplar autografiado de su último libro. Luego todos se van y yo me asomo al hueco que hay entre los libreros y la pared: está lleno de polvo y basura, pero en el extremo más lejano brilla un gato egipcio de cristal. De pronto recuerdo que esa habitación solía estar habitada por un espectro. Me tranquiliza pensar que el gato de cristal lo espantó, pero en eso logro percibir al espectro: está oculto en una esquina del techo, hecho bolita y convertido en estambre, lo cual me da mucho miedo. Aparece Liliana Bretón y me dice que no me preocupe, que me vaya a vivir al campo. Luego estoy en medio de una pradera llena de arbustos pequeños y partida en dos por una veredita; a lo lejos se ve un bosque de árboles muy altos. Llega una gallina gris: empieza a picotear alrededor mío, la tomo con las manos y veo que no pesa casi nada. Inflo suavemente a la gallina, la suelto y empieza a flotar como un globo para luego volver a caer en el pasto donde sigue picoteando. Aparece una especie de topo que comienza a olisquearme; luego un pavo real hembra que se esconde detrás de un arbusto y se abanica con un ala. De los árboles surge un pavo real macho que vuela como una flecha por todas partes: también hay unos animalitos extraños, entre reptiles y mamíferos, que se arrastran lentamente entre las piedras. Yo me alejo de la pradera caminando de espaldas, mientras admiro el movimiento coordinado de todos los animales; el topo me sigue y repega su nariz a mis piernas. Entonces llego cerca de una línea transparente que divide la escena: de un lado está la pradera y del otro una avenida de La Florida, Naucalpan. Me acuesto en el pasto y ruedo hacia la línea, hasta quedar con medio cuerpo en la pradera y medio cuerpo en la avenida donde hace mucho sol y es domingo. El pequeño topo se acuesta junto a mí y me pongo a hacerle cosquillas hasta que se convierte en un perro: sé que a Doris le va a dar mucho gusto que lo adoptemos… Despierto. 

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17 DE FEBRERO DE 2019