lunes, 14 de agosto de 2017

14 DE AGOSTO DE 2017

Primer sueño: Doris y yo vamos a comprar un tiempo compartido en un barco terrestre. Recorremos el lugar: nos asomamos a los departamentos del primer piso, son grandes pero muy ruidosos y por las ventanas pasa gente que se asoma a curiosear. Subimos por un elevador a los pisos superiores. Los departamentos de arriba son más tranquilos, pero ya todos están ocupados: en uno hay una señora en camisón peinándose frente a un espejo; en otro un legionario viendo la tele. Desde el pasillo se mira un horizonte de tonos pasteles surcado por gaviotas y nubes. Bajamos por unas escaleritas secretas, en uno de los descansos hay una delgada puerta sin cerrojo. Nos asomamos: se trata de una habitación lúgubre y llena de polvo; pienso que estaría perfecta para dormir sin interrupciones. Seguimos bajando: las escaleritas secretas dan a un baño pequeño, lo cual se me hace extrañísimo y poco práctico. Ese baño está conectado con el baño de la Librería Icaria, que en el sueño es muy diferente al baño de la realidad. Se trata de un pequeño gabinete lleno de cajas con libros; del techo cuelgan prendas de ropa tropical y en las paredes hay adornos diversos: un sapo de barro, un colibrí de cristal que gira emitiendo destellos multicolores, un grupo de duendes blancos en relieve, haciendo tareas diversas. Salgo por una puertita: Itzia está enojadísima pues alguien se robó la escultura que le había regalado Emilio Azcárraga (en mi sueño, Emilio Azcárraga es un escultor famoso). De pronto estamos en el amplio comedor del barco, donde varios hombres elegantísimos están escuchando una conferencia de Mario Todd. En la mesa hay azucareras de porcelana y cohetes espaciales a escala (por estos días, Todd inicia un curso sobre cine de ciencia ficción). Entonces me doy cuenta de que estoy muy fachoso y salgo corriendo a cambiarme de ropa: en el primer departamento que visitamos están nuestras maletas; se nota que alguien las estuvo esculcando, lo cual me da mucho coraje. Despierto, y cuando estoy buscando el cuaderno para escribir el sueño, veo que la pluma, moviéndose sola cual bailarina de ballet, está escribiéndolo ya… Despierto de verdad. Segundo sueño: me encuentro en un lugar extraño, parecido a un almacén; tengo que ir a trabajar al Hotel Jardín Amazonas (un hotel donde trabajé varios años a finales de los ochentas), pero todas mis camisas están arrugadas y no me da tiempo de plancharlas. Entonces recuerdo que ya no trabajo ahí y que Doris va a pasar por mí para que vayamos a dar clases a una escuela nueva. Doris llega manejando un volkswagen: me subo y recorremos varias calles rumbo a la salida a Cuernavaca. Cuando por fin llegamos a la nueva escuela, descubrimos que se trata de un enorme templo pagano en medio del bosque. Es de noche, hay muchísima gente y se está celebrando un bailable. Las parejas están en hilera y hacen movimientos lentos; entre los bailantes están mi hermana Vero y su marido, algunas de mis primas mayores y un montón de fantasmas. Suena una música fuerte, como swing metalero. Mabe Gaya y Eda Sofía bailan con dos hombres de los años 20s: les gritamos, pero ellas no nos oyen. Doris se va a buscar a nuestra amiga Itzeel. A mí me preocupa que se haya cancelado la clase, así que camino entre la apretada multitud buscando a alguien que me pueda ayudar. Llego a "la gerencia": se trata de una especie de diminuta cabina donde una disc jockey greñuda está tratando de desenredar los cables de sus tornamesas con una aguja de tejer. En los altavoces empieza a sonar una cumbia horrible y estridente; salgo corriendo y llego a una calle oscura donde hay gente formada esperando para entrar al bailable. Es un ambiente algo siniestro, como un film noir: hombres con sombreros que les tapan media cara, mujeres duras, negros del hampa; bajo la luz amarilla de los faroles, se ven varios coches toscos estacionados en las aceras. Decepcionado, decido regresar por Doris para irnos a casa. Entonces me topo con un par de chicas japonesas que bailan frente a frente: solamente se ven sus pies y sus cabezas volando en el aire... Despierto. 

domingo, 13 de agosto de 2017

13 DE AGOSTO DE 2017

Una presencia me invita a conocer la Casa de los Sustos. Me subo a un carrito de madera que empieza a avanzar lentamente: cuando cruza las compuertas giratorias, cierro los ojos. Estoy muy asustado, temerosos de abrir los ojos y ver monstruos, pero al mismo tiempo me da pena ser tan coyón. Me pego al lado derecho del carrito, para evitar que unas manos de tela -que no veo pero sé que están ahí- me toquen. Entonces el carrito empieza a bajar en espiral a una velocidad frenética, el corazón me late fuerte y sé que en el trayecto hay muchas escenas horroríficas, pero sigo sin abrir los ojos. Pasa mucho tiempo. Cuando por fin el viaje termina, me encuentro en una calle de Veracruz llena de palmeras y coches estacionados: es muy temprano y está a punto de llover. Aparecen varios niños pequeños y antiguos, cada uno montado en un carrito de madera: cuando se enteran que no abrí los ojos durante el viaje se decepcionan un poco, pero me dicen que lo comprenden, que a ellos les pasó lo mismo. Luego estoy con mi amigo el Peter, quien en el sueño nunca ha probado el sushi: lo llevo a un local donde, además de vender el mejor sushi de la ciudad, pasan películas antiguas. Al entrar vemos que hay mucha gente, hay que formarse para que nos tomen la orden y nos entreguen los sushis. Le digo al Peter que aparte una mesa: de pronto aparece una hilera de mesas que nos estorban el paso; son como un animal vivo, aunque inmóvil. Peter pone sus libros en la primera mesa; noto que uno de ellos es la historia de Focus, la banda holandesa de rock progresivo (hace algunas semanas, el Peter sugirió Focus 3 como "disco del día" en Radio Fu Manchú, mi grupo progre del Facebook). En la portada del libro está la cara enorme de Thijs van Leer que es al mismo tiempo mi tío Víctor. La fila avanza; en la barra de entregas, mi ex alumna Marichuy nos da una charola con los sushis y nos dice algo en japonés que no entendemos. Al dirigirnos a nuestra mesa vemos que está ocupada por varios intelectuales barbones que nos miran sonriendo y nos preguntan si estorban; les decimos que no, pero nos vamos al extremo del local donde están los gabinetes. Por la ventana se ve un paisaje selvático en blanco y negro: se trata de una película. Nos sentamos. El Peter no sabe usar los palillos, cree que son catapultas para lanzar los discos de sushi al aire y atraparlos con la boca; le explico cómo usarlos, y en un santiamén se come tres rollos de sushi él solito. De pronto todo cambia: estoy en la casa de Boulevares donde viví de niño; frente a mí hay una enorme pantalla de computadora dividida en dos partes. Del lado izquierdo de la pantalla hay un rectángulo donde estoy dibujando una clase muy difícil que tengo que dar en la Escuela Mexicana de Escritores; del lado derecho hay una pequeña ventana que muestra el simulador de vuelo de un avión caza: para aterrizar sin problemas, debo hacer que dos agujas coincidan, lo cual es muy difícil. Para terminar de preparar la clase tengo que grabar varias animaciones en un dvd, pero la computadora es muy vieja y no tiene quemador. Salgo a la calle: frente a la banqueta hay un enorme camión blanco estacionado; se supone que es de mi mamá, pero yo nunca lo había visto. Abro el cofre del camión, junto al motor hay un compartimiento para grabar dvds. Meto un dvd virgen: para programar la grabación, tengo que ir a otro compartimiento de la guantera donde hay una pantallita negra. Hago la programación: calculo que el dvd tardará unos veinte minutos; regreso a la casa a terminar de trabajar, pero Doris está usando la compu y me dice que mientras me ponga a leer. Vuelvo a salir a la calle para ver si ya se grabó el dvd, pero se safó una pieza y hay que volver a empezar todo el proceso. Me trepo al camión, del lado del conductor: está muy alto y afuera todo se ve borroso, como a través de una seda blancuzca. Entonces el camión empieza a girar y choca con otro camión que está estacionado en la banquta de enfrente: yo quedo atrapado entre los dos y pienso que a lo mejor me rompí algo, pero no quiero que Doris se asuste. Salgo arrastrándome, y veo que en medio de la calle hay dos horribles anunnakis tirados, tal vez muertos… Despierto. 

jueves, 10 de agosto de 2017

10 DE AGOSTO DE 2017

Primer sueño: estoy acostado bocarriba en el piso de un salón vacío. Impulsándome con los pies empiezo a recorrer todo el lugar: el suelo está muy limpio y en el techo hay dibujos arcaicos casi imperceptibles. Oculta detrás de la puerta, una mujer pájaro me observa. Luego el escenario cambia: ahora me encuentro en la casa de Gina y Alberto que es una torre. Me encerraron en la parte de arriba, en una habitación que tiene ventanas de cristal en las cuatro paredes. Afuera se ven muchísimos edificios; en un balcón hay unas señoras cuchicheando y señalándome. Abro el cajón de una cómoda que está lleno de tarots: veo que son muy hermosos, aunque algo terroríficos. Saco un mazo y me dispongo a extenderlo: para que no me vean las señoras del balcón, cierro las persianas que dan a ese lado de la calle. Entonces entro a una especie de juego de piratas: una estructura grande de cristal y aluminio con compartimientos, en cada uno de ellos cabe la estatua de un pirata del tamaño de una persona. No puedo ver quién es el contrincante, pero cada vez que éste mueve uno de sus piratas, puedo colocarme en el compartimiento que quedó vacío. Ignoro si voy ganando o perdiendo; afuera se ve un barco pirata disparando sus cañones… Despierto. Segundo sueño: nuestra amiga Chulis va a celebrar su cumpleaños y quiere hacer una fiesta temática; el tema elegido es Pink Floyd. Yo estoy en la sala de su casa, viendo en la tele un documental sobre Pink Floyd: empiezan a cantar "Free Four". Le pregunto a Chulis si le gusta esa rola y me dice que nunca la había escuchado; pienso que entonces no es tan fan de la banda y se me hace raro que haya escogido ese tema para su fiesta. Llega Doris y le da a Chulis un caset de George Harrison, luego me dice que los perritos no tienen comida. Salgo a la calle a comprar la comida, pero como es muy noche, sólo encuentro un macabro minisúper que está a punto de cerrar. Adentro hay personas formadas en la única caja y en el aparador un gordo monstruoso corta rebanadas de jamón con una máquina. Paso a uno de los pasillos: está muy oscuro y no logro ver el sabor de los sobrecitos de alimento, así que tomo dos al azar. Cuando llego a la caja, descubro que en mi monedero, además de monedas, traigo piedritas y papeles arrugados. La cajera me dice que son $30 de los dos sobrecitos, y veo que le están subiéndole $5 a cada uno pero decido no protestar. Cuando estoy a punto de pagar, una mujer empieza a gritar: "¡salita! ¡salita mineral!", mientras señala el sillón blanco e inmaculado que está en la entrada de la tienda… Despierto. Tercer sueño: estamos Doris y yo en la grabación del episodio de una serie. El lugar es una especie de hangar enorme lleno de compartimientos donde hace muchísimo frío. En un rincón hay un camerino improvisado, repleto de ropa corriente; en otro extremo está el equipo de grabación, ajustando cámaras y reflectores. Por todas partes hay actores y técnicos, preparándose. Ya nos tenemos que ir, pero nos preocupa que las actrices, nuestras amigas Magdalena e Ingrid, salgan muy noche y no encuentren como llegar a nuestra casa. Doris me dice que nos esperemos, que ya terminaron y nada más falta que les quiten el maquillaje. Entro a una casa de campaña: se trata de un cubo inflable de plástico que respira. Noto que en una de las esquinas del cubo hay una grieta mal cosida por donde se escapa el aire y eso me saca mucho de onda. Salgo a dar la alarma: en el camerino, Magdalena e Ingrid están guardando sus cosas en una mochila. Del otro lado hay unas gradas donde el actor Aldo Grajeda les narra a un grupo de personas sus viajes por el mundo; al final exclama que está muy orgulloso de ser americano… Despierto. 

lunes, 7 de agosto de 2017

7 DE AGOSTO DE 2017

Me encuentro en el patio de la casa donde viví de niño: todo está lleno de cuerdas con sábanas colgantes de diferentes colores que forman un laberinto. Debajo de una de las sábanas hay una larga mesa con varios platillos servidos; también hay libros y cuadernos diversos. En la base de una torrecita de cuadernos hay una pequeña libreta negra, muy lujosa; al abrirla descubro que son los apuntes de mi amigo Eduardo Parra quien acaba de irse. Además de párrafos manuscritos, hay dibujos y garabatos; en el centro de una de las páginas está escrito “Faulkner” con letras grandes. Entonces del cielo empieza a caer la prosa de Faulkner: se trata de una lluvia de diminutas esferas muy sutiles que al tocar las sábanas se convierten en palabras que no entiendo… Despierto.  

domingo, 6 de agosto de 2017

6 DE AGOSTO DE 2017

Primer sueño: estoy en un restaurante que se encuentra en lo alto de un edificio y desde dónde se ve toda la ciudad. Llega mi abuelito, vestido como pordiosero y acompañado de una niña pequeña. Me da mucha pena que me vean con ellos, así que los siento en una mesa oculta tras una columna. Luego le doy un billete de a mil al mesero y le digo que les den sopa y lo que alcance; a mí abuelito le digo que voy a salir a hacer algo y que regreso en unos minutos. Bajo a la puerta de entrada del edificio y para salir me escurro como ladrón, pegándome a la pared, y sin intenciones de regresar. Cuando camino unas calles, me doy cuenta de que estoy en La Florida, Naucalpan. Luego publico en el facebook lo que acabo de hacer y de inmediato empiezo a recibir comentarios desaprobatorios que me hacen sentir culpable... Despierto. Segundo sueño: me encuentro en la entrada de una gran carpa al aire libre; alrededor se ven árboles tropicales y cabañas. Están a punto de servirme el desayuno, así que paso a la carpa y me siento tras una mesa larga. Frente a la mesa hay una vitrina con muchos objetos, entre ellos un montón de discos LP. Llega un viejo gurú y se sienta a mi derecha, le señalo los discos y le digo que son míos. Él los empieza a revisar, son discos de los Beatles: en las portadas tienen fotos nunca antes vistas, entre ellas unas de Lennon y Harrison vestidos de astronautas. Al leer las contraportadas de los discos, descubrimos que toda la información es falsa y que está muy mal redactada; el gurú empieza a carcajearse. Llega mi mamá, se sienta con nosotros y pregunta si los de Liverpool (la tienda) dan donativos para salvar a las focas. Entonces llegan varias focas verdes, semitransparentes y muy pequeñas: empiezan a trepársele a mi mamá hasta la cabeza. De pronto todo cambia: voy con Doris caminando por la parte baja de una loma; cuando llegamos arriba, vemos que estamos en la curva de una autopista y que varios carros y camiones pasan zumbando a toda velocidad. La autopista se convierte en un carrusel; Doris y yo empezamos a volar juntos, dando vueltas como una hélice. Abajo se ve una caseta de cobro: les grito a los empleados que nos esperen, que en cuánto bajemos les damos nuestra cuota… Despierto. Tercer sueño: estoy en casa de Diana Arteaga, el hada madrina de nuestros perritos; le digo que voy a dejar un pequeño soldado galáctico en la calle y que es muy probable que empiece a correr como loco de un lado a otro, disparándoles a todos los vecinos en los pies. Ella me dice que no importa, que los disparos del soldado, que es del tamaño de mi meñique, no duelen nada. Me despido de Diana y me voy rumbo a la casa: en el camino unos señores hablan acerca de una tromba que arrasó con varias casas de la colonia; dicen que hay muchas inundaciones. Yo pienso que tal vez están mintiendo pues no ha llovido. De la entrada del retorno se acerca una pareja empujando una carriola: al asomarme a ver al bebé, lo que encuentro es un libro sobre Japón, escrito por Aurelio Asiain. Quiero preguntarle a la pareja dónde consiguieron el libro, pero me da pena. Sigo caminando. Antes de llegar a la casa veo que los vecinos de junto están construyendo una especie de torre: en lo alto hay un andamio con una tabla larga donde varios hombres clavan clavos. Al ver a los hombres empiezo a sentir mucho miedo, pues sé que si se caen se matarían al instante. Entro a la casa y, desde un patio interior (que no existe en la realidad), miro hacia arriba: en la tabla donde estaban los hombres ahora hay un gato caminando. Luego entro a una bodega alfombrada, llena de cubetas y otros objetos de plástico; conmigo están Doris, mi hermana Vero y mis primas Claudia y Marcela (que en el sueño también son mis hermanas). Marcela saca de la pared una bolsita del súper: en su interior hay una carta de nuestro papá, a quien no conocemos. Cuando Marcela comienza a leer la carta, llega a mi mente la imagen de ese papá: es alto, usa un traje azul y tiene un bigotito delgado; se parece mucho a Walt Disney de joven. Entonces volteo la vista hacia uno de los extremos de la bodega: me sorprende descubrir una depresión que termina en una abertura como de alcantarilla, desde donde suena agua que corre, ruidosa. En la pared interior de la alcantarilla hay un largo foco fluorescente que da una luz blanca, irreal: temo asomarme, pues sé que en el fondo viven varias cucarachas gigantes. Le digo a Doris que tenemos que tapar urgentemente esa abertura, o por lo menos ponerle tela de alambre para que no se vaya a caer alguno de nuestros perritos… Despierto. Cuarto sueño: estoy en una placita de donde parten varias callejuelas retorcidas: en medio hay una iglesia como de cuento de hadas. De una de las callejuelas se acerca una peregrinación a la Virgen del Rayo que es, al mismo tiempo, el público de un festival literario internacional. Entre los numerosos marchantes van los poetas Rubén Chávez y Oscar Santos; también va la representante de la revista Pasamano (ignoro si tal revista existe): se trata de una mujer madura de lentes a quien no reconozco. Con el grupo van marchando malabaristas y saltimbanquis, algunas bailarinas de ballet gordas y un poco ridículas. En otra de las callejuelas hay un puestecito de pasteles gourmet, rodeado de gatos y atendido por Tania Campos. De pronto todo cambia: Doris, Alina, Roberto Sepúlveda y el actor Ben Kingsley estamos afuera de una lujosa y enrome casa de campaña; también hay varios beduinos con sus camellos y un grupo de señoras con rebozo que rezan. Es muy temprano y nos rodea un bosque espeso. Aunque no se ve, sabemos que en el interior de la casa de campaña está nuestra amiga Toni Rodríguez, recuperándose de una enfermedad. Hay una sensación de calma después de la batalla, pero también de expectativa: en la entrada de la casa de campaña hay un mueblecito con hermosos frascos que contienen medicinas líquidas de colores diversos. Entonces Doris y yo nos dirigimos al extremo de la casa de campaña, y por un hueco empezamos a llamar a Toni con vocecitas chillonas para molestarla... Luego Sepúlveda y yo estamos en un escenario como de videojuego: él me está dando unas largas cajas de metal que guardaremos en la caja fuerte. Sepúlveda abre las cajas, están repletas de fajos de dólares de denominaciones muy altas. Le digo que es una fortuna y él me comenta que la mitad del dinero es para que su hermana se vaya a vivir a Europa. En una de las paredes hay un dispensador de chicles marca "Alice Cooper", pero al darle la vuelta a la manivela, descubrimos que no funciona… Despierto. 

viernes, 4 de agosto de 2017

4 DE AGOSTO DE 2017

Estoy con mi tío Víctor en un porche que da a un campo arbolado. Es de noche pero hay una luz extraña, como de otro planeta. En el sueño sé que mi tío está muerto y me da mucho gusto volver a verlo. Mi tío me explica la importancia de ver las hojas de los árboles: entonces las ramas de los árboles se mueven; luego me dice que hay que ver el cielo y entender las estrellas. Antes de irse, me dice que detrás del cielo hay muchísimos platillos voladores, pero que sólo podemos verlos cuando ellos quieren… Al final veo como mi tío Víctor se aleja por una vereda; me da tristeza, pero también una sensación de paz. Luego todo cambia y estoy revisando un catálogo de libros en mi PC. Aparecen muchos títulos de obras pertenecientes a los testigos de Jehová, pero sé que detrás hay otras cosas ocultas: en un link secreto, encuentro un libro que se llama Cine, donde Clint Eastwood narra sus experiencias como director. Se abren varias fotos de Eastwood en diferentes épocas. Cuando estoy a punto de pedir el libro en línea, me doy cuenta de que me encuentro en la habitación donde dormía mi hermana Vero cuando éramos niños. En el centro de la habitación hay una cama enorme donde unos tíos (no sé cuáles) me dejaron encargada a su bebita recién nacida. Saco a la bebita de una bolsa de tela roja y veo que es diminuta, como del tamaño de mi mano; la coloco en el centro de la cama: alrededor hay varios llaveros, prendas de ropa, juguetes y un teléfono celular caro que lanza luces. La bebita está dormida, pero se retuerce mucho: tiene los ojos hinchados y el pelo muy negro. De pronto empieza a defecar una caca enorme y rarísima, como un trapo hecho bolas: junto al trapo hay un ratón casi del tamaño de la bebita y yo no sé si también lo cagó, lo cual me preocupa mucho. Entonces pienso que no, que el ratón estaba también en la bolsa roja y que el tiempo que pasó junto a la bebita, hizo que ésta fortaleciera las defensas de su organismo. De todos modos decido no mencionar al ratón cuando tenga que entregar a la bebita… Despierto. 

miércoles, 2 de agosto de 2017

2 DE AGOSTO DE 2017

Primer sueño: estoy en Echegaray: hasta donde alcanzo a ver, la colonia está inundada y los vecinos han construido puentes para pasar de una casa a otra. Le llamo por teléfono a Juan Bobadilla y le pregunto si está bien; él me contesta que ya se fueron los buenos tiempos. Luego entro a la habitación donde dormía de niño: un maestro de ceremonias está cubriendo los muebles con sábanas blancas. Una tarántula pasa corriendo hacia una de las esquinas que está tapada con las sábanas; cuando quito la sábana, la tarántula ya no está y me da mucho miedo. Busco al maestro de ceremonias para avisarle, pero está afuera, en una cocina, ayudándoles a Doris y a mi mamá a preparar el desayuno. Luego todo cambia: estoy en una cápsula de tiempo que es como un ataúd transparente: el tiempo que permanezca ahí estaré vivo, sin importar si son siglos. Cuando deseo algo (un libro, un cuaderno, una lata de jugo), aparece automáticamente en mi mano… Despierto. Segundo sueño: estoy en una sala grande y oscura, llena de muebles chuecos; me acompañan varias mujeres feministas que no reconozco. Estamos viendo un documental en una pantalla: aparecen escenas de dos hombres de los 70s hablando, un ratón de trapo que con una varita de mago va presentando las diferentes secciones del programa; no entiendo nada, pero temo preguntar. Sé que las feministas son muy pesadas y que debo ser muy cuidadoso con lo que digo para no ofenderlas: como está oscuro, pregunto si no quieren que prenda la luz; una de ellas me dice que sí. Intento encender la pequeña lamparita que descansa sobre un buró, pero el foco está fundido; luego comienzo a trepar lentamente por una montaña de ropa, tratando de pasar desapercibido. En la cima de la montaña, junto al techo, están Ese Tony y Lili Gómez, muertos de risa: sin hablar, me hacen saber que en la bolsa de mi chamarra hay una linterna de pilas. De pronto aparece en la sala Arturo Duarte, alias don Corleone: está enfurecido y empieza a patear sillas a diestra y siniestra, hasta que una feminista grande, rapada y algo monstruosa lo saca de ahí de un empujón… Despierto. Tercer sueño: estoy en las afueras de una cabaña de troncos; hasta donde llega la vista hay un impresionante paisaje montañoso como de cuento de hadas. Hacia abajo se ve un río y unas praderas donde hay gente desperdigada. Entro a la cabaña: se trata de la Librería Icaria, pero que ahora está asociada al Film Club Café. Itzia me dice que los Tolkiendili acaban de programar ahí un evento sobre Tolkien, que según ellos van a llegar 50,000 personas y que no saben dónde van a acomodarlas; le contesto que están exagerando. Entonces me pregunta si no tengo algún curso para el evento: le digo que podemos organizar una lectura guiada de El Señor de los Anillos. Salgo a una especie de merendero que está entre los árboles: las mesitas de madera son redondas y muy pequeñas. Hay personas comiendo sándwiches, otros abren paraguas pues no tarda la lluvia. Llega Beto Baeza, uno de mis amigos de la universidad, y me dice que me andaba buscando para darme algo; saca un sobre pequeño y me lo entrega. Al abrirlo veo que es hierba de hobbits: le digo a Beto que tiene mil años que no fumo. Luego hablamos acerca de Luis, otro amigo de la universidad; Beto me dice que no sabe nada de él, que ni siquiera sus hermanas lo han visto. Bajo hacia el río: unos muchachos rubios están organizando un partido de futbol americano. De pronto puedo estar en dos partes al mismo tiempo: en medio del partido de fut y en la mesita redonda, donde tengo que escribir los objetivos de la lectura guiada para entregárselos a Itzia. Entonces llega una señora y se sienta en la mesita, pensando que es una silla; yo me levanto y camino por los alrededores de la cabaña. Veo que en un tronco está mi perrita Marnie, durmiendo; se me hace muy raro verla ahí. Luego estoy en un cuarto oscuro, la parte secreta de la cabaña: hay puertas, sillones de ramas con hojas y goteantes tuberías orgánicas repletas de hongos. Hace frío. En ese momento me doy cuenta de que estoy soñando: al tratar de tocar uno de los hongos, me despierto.

martes, 1 de agosto de 2017

1 DE AGOSTO DE 2017

Estoy ordenando documentos en una oficina vacía: es muy noche y ya debería estar durmiendo. Me asomo por una ventana: a lo lejos pasa volando un grupo de vampiros; pienso que van hacia Guatemala. Salgo por un pasillo; llego a otro espacio iluminado donde Liliana Bretón y Edgar Ríos están trabajando detrás de sus escritorios. Edgar me dice que ya me autorizaron un mes de gasolina para mi automóvil. Veo el automóvil: es un ser orgánico, enorme y anaranjado que escurre líquidos; está estacionado afuera del café El Turco de la colonia Narvarte. Luego estoy caminando en otra parte de la ciudad que no conozco: ya es de día; hay muchos árboles y edificios radiantes. De pronto pasa corriendo un niñito frente a mí, cruza la avenida a toda velocidad y por poco lo atropella un camión. Unas señoras comentan que el niñito lleva varios días corriendo sin parar. Llego a Metro Balderas, aunque el sitio es totalmente diferente: la estación es como un aeropuerto y en las paredes hay unas repisas muy pequeñas que bajan a los pasajeros de uno en uno, de pie, hacia los túneles. Me asomo por el hueco donde entran las repisas: abajo se ve un espacio enorme y oscuro que da mucho miedo. Luego todo cambia: estoy con Doris en el restaurante de un hotel; esperamos a unas personas importantes que van a desayunar con nosotros. Hay mucho movimiento: meseros ruidosos, mujeres que pasan de prisa, señores leyendo el periódico y bebiendo café. Salgo a un jardín muy largo que tiene un caminito de piedra; recorro el caminito y llego a una entrada grande, desde donde se ve una plaza rodeada de edificios con techos de dos aguas. Enfoco la vista hacia los techos: descubro que varios ciclistas corren por ahí, a riesgo de caerse y matarse. De pronto aparece un patín del diablo manejado por un chico: junto a él hay tres perritos acomodados de manera muy extraña, como en un rompecabezas. Pasan frente a mí a toda velocidad, volando casi sobre el caminito de piedra: llegan al final y dan la vuelta en un ángulo de noventa grados. Pienso que a Doris le van a encantar los perritos… Despierto.

jueves, 27 de julio de 2017

27 DE JULIO DE 2017

Varios duendes oficinistas están bailando y dando vueltas en las riveras de un río rodeado de árboles. Es muy noche, se siente un ambiente melancólico. Uno de los duendes saca una pequeña canica de luz y empieza a jugarla entre sus dedos: se la pasa de una mano a otra y luego se la lanza a otro duende. Inicia una coreografía muy extraña, donde los duendes giran y danzan, pasándose la canica de luz unos a otros. Conforme esto sucede, mi punto de vista cambia, siguiendo la luz; también logro ver el entorno, donde el río y los árboles se van intercalando con escritorios y otros muebles. Al final, uno de los duendes dice, refiriéndose a la canica, que nunca habían tocado todos un solo objeto durante tanto tiempo; los demás duendes asienten, solemnes. De pronto todo cambia y estoy en un almacén: en los numerosos anaqueles hay vasos desechables, uniformes de astronauta y latas grandes de alimento. Un par de boxeadores jóvenes están finteando en uno de los pasillos; parece que es para un comercial que van a grabar ahí. Luego estoy en un jardín dando una clase de tarot: tiendo las cartas sobre una mesa, alrededor hay varias señoras que no reconozco. Llega mi primo José Guadalupe para que le haga una lectura; en vez de tarot, uso un montón de fotos viejas de mis primos y primas. Luego estamos mi primo y yo en el interior de un gran auto convertible: él va manejando; está vestido y peinado como rockanrolero de los 50s. Junto a nosotros va otro auto, pero en reversa; cuando mi primo acelera, el otro auto también lo hace. En ese momento me doy cuenta de que el otro auto es de Alvarito Cortez (quien fuera gerente de un hotel donde trabajé varios años, hace mucho tiempo). Una vez que mi primo llegue a la estación de tren, Alvarito se encargará de regresarme. Llegamos a la estación; mi primo se despide de mí con un abrazo y sube corriendo por unas escaleras de piedra: arriba, en un muro, hay un reloj sin manecillas. Me trepo al auto de Alvarito y entonces sucede algo rarísimo: el auto arranca, se hace chiquito, se me mete a la ropa y sale disparado por una de mis mangas. Logro ver como el auto, muy pequeñito ya, se oculta en un rincón de la recámara donde dormía cuando era niño...  Despierto.

17 DE FEBRERO DE 2019