Primer sueño: estoy en un restaurante que se encuentra en lo alto
de un edificio y desde dónde se ve toda la ciudad. Llega mi abuelito, vestido
como pordiosero y acompañado de una niña pequeña. Me da mucha pena que me vean
con ellos, así que los siento en una mesa oculta tras una columna. Luego le doy un billete de a mil al mesero y le digo que les den
sopa y lo que alcance; a mí abuelito le digo que voy a salir a hacer algo y que
regreso en unos minutos. Bajo a la puerta de entrada del edificio y para salir me escurro como ladrón, pegándome a la pared, y sin intenciones de regresar. Cuando camino unas calles, me doy cuenta de que estoy en La Florida, Naucalpan. Luego publico en el facebook lo que acabo
de hacer y de inmediato empiezo a recibir comentarios desaprobatorios que me hacen sentir culpable... Despierto. Segundo sueño: me encuentro en la entrada de una gran carpa al aire libre; alrededor se ven árboles tropicales y
cabañas. Están a punto de servirme el desayuno, así que paso a la carpa y me siento tras una mesa larga. Frente a la mesa hay una
vitrina con muchos objetos, entre ellos un montón de discos LP. Llega un viejo gurú y se sienta a mi derecha,
le señalo los discos y le digo que son míos. Él los empieza a revisar, son
discos de los Beatles: en las portadas tienen fotos nunca antes vistas, entre
ellas unas de Lennon y Harrison vestidos de astronautas. Al leer las
contraportadas de los discos, descubrimos que toda la información es falsa y
que está muy mal redactada; el gurú empieza a carcajearse. Llega mi mamá, se sienta con nosotros y pregunta si los de
Liverpool (la tienda) dan donativos para salvar a las focas. Entonces llegan varias focas verdes, semitransparentes
y muy pequeñas: empiezan a trepársele a mi mamá hasta la cabeza. De pronto todo
cambia: voy con Doris caminando por la parte baja de una loma; cuando llegamos
arriba, vemos que estamos en la curva de una autopista y que varios carros y
camiones pasan zumbando a toda velocidad. La
autopista se convierte en un carrusel; Doris y yo empezamos a volar juntos,
dando vueltas como una hélice. Abajo se ve una caseta de cobro: les grito a los
empleados que nos esperen, que en cuánto bajemos les damos nuestra cuota… Despierto.
Tercer sueño: estoy en casa de Diana Arteaga, el hada madrina de nuestros perritos; le
digo que voy a dejar un pequeño soldado galáctico en la calle y que es muy
probable que empiece a correr como loco de un lado a otro, disparándoles a todos los vecinos
en los pies. Ella me dice que no importa, que los disparos del soldado, que es
del tamaño de mi meñique, no duelen nada. Me despido de Diana y me voy rumbo a la casa: en
el camino unos señores hablan acerca de una tromba que arrasó con varias casas de la colonia; dicen que hay muchas inundaciones. Yo pienso que tal vez están mintiendo pues no ha
llovido. De la entrada del retorno se acerca una pareja empujando una carriola: al
asomarme a ver al bebé, lo que encuentro es un libro sobre Japón, escrito por Aurelio Asiain.
Quiero preguntarle a la pareja dónde consiguieron el libro, pero me da pena. Sigo
caminando. Antes de llegar a la casa veo que los vecinos de junto están construyendo
una especie de torre: en lo alto hay un andamio con una tabla larga donde
varios hombres clavan clavos. Al ver a los hombres empiezo a sentir mucho miedo,
pues sé que si se caen se matarían al instante. Entro a la casa y, desde un
patio interior (que no existe en la realidad), miro hacia arriba: en la tabla donde estaban los hombres ahora hay un gato caminando. Luego entro a una bodega
alfombrada, llena de cubetas y otros objetos de plástico; conmigo están Doris,
mi hermana Vero y mis primas Claudia y Marcela (que en el sueño también son mis
hermanas). Marcela saca de la pared una
bolsita del súper: en su interior hay una carta de nuestro papá, a quien no
conocemos. Cuando Marcela comienza a leer la carta, llega a mi mente la imagen
de ese papá: es alto, usa un traje azul
y tiene un bigotito delgado; se parece mucho a Walt Disney de joven.
Entonces volteo la vista hacia uno de los extremos de la bodega: me sorprende descubrir una depresión
que termina en una abertura como de alcantarilla, desde donde suena agua que corre, ruidosa. En
la pared interior de la alcantarilla hay
un largo foco fluorescente que da una luz blanca, irreal: temo asomarme, pues sé que
en el fondo viven varias cucarachas gigantes. Le digo a Doris que tenemos que
tapar urgentemente esa abertura, o por lo menos ponerle tela de alambre para que no se vaya
a caer alguno de nuestros perritos… Despierto. Cuarto sueño: estoy en una
placita de donde parten varias callejuelas retorcidas: en medio hay una iglesia
como de cuento de hadas. De una de las callejuelas se acerca una peregrinación a la
Virgen del Rayo que es, al mismo tiempo, el público de un festival literario internacional.
Entre los numerosos marchantes van los poetas Rubén Chávez y Oscar Santos; también va la
representante de la revista Pasamano (ignoro si tal revista existe): se trata de una
mujer madura de lentes a quien no reconozco. Con el grupo van marchando
malabaristas y saltimbanquis, algunas bailarinas de ballet gordas y un poco
ridículas. En otra de las callejuelas hay un puestecito de pasteles gourmet, rodeado
de gatos y atendido por Tania Campos. De pronto todo cambia: Doris, Alina,
Roberto Sepúlveda y el actor Ben Kingsley estamos afuera de una lujosa y enrome
casa de campaña; también hay varios beduinos con sus camellos y un grupo de
señoras con rebozo que rezan. Es muy temprano y nos rodea un bosque espeso. Aunque no se ve, sabemos que en el interior de la
casa de campaña está nuestra amiga Toni Rodríguez, recuperándose de una enfermedad. Hay una
sensación de calma después de la batalla, pero también de expectativa: en la
entrada de la casa de campaña hay un mueblecito con hermosos frascos que contienen
medicinas líquidas de colores diversos. Entonces Doris y yo nos dirigimos al extremo de
la casa de campaña, y por un hueco empezamos a llamar a Toni con vocecitas
chillonas para molestarla... Luego Sepúlveda y yo estamos en un escenario como
de videojuego: él me está dando unas largas cajas de metal que guardaremos en la caja
fuerte. Sepúlveda abre las cajas, están
repletas de fajos de dólares de denominaciones muy altas. Le digo que es una
fortuna y él me comenta que la mitad del dinero es para que su hermana se vaya
a vivir a Europa. En una de las paredes hay un dispensador de chicles marca "Alice Cooper", pero al
darle la vuelta a la manivela, descubrimos que no funciona… Despierto.
domingo, 6 de agosto de 2017
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