Primer sueño: soy invisible y
estoy preparando un platillo que es a la vez una especie de constelación que da
vueltas y vueltas frenéticamente. En cada vuelta agrego ingredientes y el
resultado es una caleidoscópica mutación de colores y formas imposible de
describir. Alrededor del platillo se ven rostros enormes que aprueban o
desaprueban: son sacerdotes arcaicos; al único que reconozco es a Alberto
Buzali. El movimiento se desacelera y al final aparece el mundo conocido: una
mesa larga de madera rústica en la cocina de un restaurante muy antiguo: ahí va
a aterrizar el resultado final del platillo que ahora está en una cazuela de
barro. Veo que entre los ingredientes hay una canica que es al mismo tiempo la
yema de un huevo muy pequeño como de codorniz… Despierto. Segundo sueño: voy en un vagón del metro que
recorre las calles de la ciudad de México. Es muy noche y pasamos por avenidas
vacías desde donde se ven edificios poco iluminados y parques desiertos. Yo estoy sentado en el
último vagón que es enorme: hay pocos pasajeros y la mayoría de ellos van
dormidos. Junto a mí hay dos hombres delgados: se parecen mucho, ambos usan
sombrerito y bigote. Aunque no los conozco, se supone que somos camaradas y hay
un vínculo misterioso entre nosotros. De pronto el vagón de metro se transforma
en un autobús. Ahora recorremos una autopista que cruza pueblitos diversos;
arriba hay luna llena. Veo una tienda rural donde venden cubetas y escobas,
está medio oculta en un callejón poblado
de arbustos. Nos rebasa otro autobús a toda velocidad: descubrimos, asombrados,
que en ese autobús también vamos los dos hombres delgados y yo, aunque profundamente dormidos. Empezamos a discutir el significado de la visión; estamos bastante
asustados. En eso pasa otro autobús diferente al anterior, va dando saltos bruscos:
también en él vamos los dos hombres y yo, aunque esta vez despiertos. Empezamos a gritar y
a brincar agitando los brazos, para que los otros yoes nos vean pero no lo
logramos. Al poco rato nos rebasa un tercer autobús; esta vez es totalmente blanco,
como artificial. Los pasajeros, aunque humanos, parecen muñecos: tienen los
labios muy rojos, las miradas fijas y ausentes; ninguno de ellos es como
nosotros. Entonces me doy cuenta de que el autobús en que viajamos se dirige al
castillo de Drácula y que todo es parte de una película. Por anticipado, veo
visiones de lo que se avecina: varios lobos monstruosos encadenados y una
lluvia de tzitzimimes (el sábado, Doris habló sobre las terribles tzitizimimes
en una clase de vampiros mexicanos). Luego
todo cambia: es de día y estoy frente a una enorme superficie de cemento; a lo
lejos se ven las montañas y un paisaje desértico. De la nada, se materializan
varios automóviles de nube: cada uno de ello es, en el sueño, una de las
películas clásicas de Disney (estos días, Doris y yo hemos estado revisando
pelis viejas de Disney). Los automóviles empiezan a acomodarse en la superficie
de cemento: descubro que hay líneas amarillas trazadas en el piso como si se
tratara de un estacionamiento. El movimiento de los automóviles es fascinante:
hacen coreografías y maniobras imposibles; veo que ninguno está tripulado.
Quedan en la posición final, que supuestamente es la de mis gustos: en primer
lugar están El libro de la Selva y Pinocho (que en realidad no son las que más
me gustan). Todos los automóviles son del mismo tamaño, a excepción de Dumbo que es muy pequeño y
que sigue moviéndose sin encontrar su posición final. De pronto Dumbo salta a
mis manos: trato de atraparlo pero no lo logro, así que se funde en mi pecho…
Despierto. Tercer sueño: Doris tiene de visita a unos extraños parientes que yo
no conocía; son primos y tías muy serios, estrictos y silenciosos, como de otra época.
Estamos todos desayunando en un café al aire libre lleno de vegetación: los
parientes de Doris visten de blanco y son propietarios de un negocio en la
Jardín Balbuena que se llama "Salón de enchiladas y lecturas literarias". Por la tarde debo dar una conferencia ahí,
y estoy nervioso pues no quiero quedar mal con los dueños. Todo mundo se va y
yo me quedo haciendo los apuntes para la conferencia; un mesero me sirve café en
una tacita blanca. Luego voy caminando por Lorenzo Boturini: me miro en el
vidrio de un aparador y veo que tengo en la frente un pequeño círculo; se
supone que es el “tercer ojo”. Comienzo a exprimirme el círculo: brota un hilo gris,
largo y muy delgado que se retuerce; lo limpio con un pañuelo y entonces descubro que tengo los ojos muy rojos. Pienso que es de tanto llorar por Judy,
mi perrita, que en paz descanse. Luego empiezo
a volar: primero muy cerca del suelo, planeando y tratando de coordinar mis
movimientos; luego cada vez más alto. Está oscureciendo: en el cielo se ven
nubes espesas y moradas. Sigo elevándome pero me doy cuenta de que nadie me ve,
así que grito. Paso por un edificio, en los balcones hay unas señoras tejiendo.
Doy una vuelta por encima de la Delegación Venustiano Carranza, abajo hay transeúntes que
me señalan, me da temor de que vayan a llamarle a la policía. Luego giro hacia
un parque lleno de árboles, tengo que esquivar cables de luz y ramas demasiado
grandes: cuando estoy demasiado alto, pienso que me va a ser muy
difícil regresar… Despierto.
lunes, 21 de agosto de 2017
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