Primer sueño: Magda, la cantante de un famoso grupo musical, está de visita en México; varios de sus fans van a verla en un local underground donde está firmando fotos y presentando su último disco, el 4°, una obra maestra. La portada del disco es negra con letras moradas: no recuerdo el nombre del grupo, pero en el sueño sonaban como los Cocteau Twins, aunque más tenebrosos y con muchas percusiones electrónicas bastante complejas. El local donde nos encontramos es muy extraño: las habitaciones flotan entre una luz rojiza de cabaret; los muebles están destartalados y de las paredes cuelgan títeres grotescos. En un rincón, nuestra amiga Laura Mónica está con sus actores, ensayando una obra de terror que va a presentarse ahí como parte de las actividades. Magda es una mujer alta, extranjera, usa lentes oscuros y fue esposa de Frank Zappa: trato de acercármele, pero la bolita de gente que la rodea no me deja pasar; necesito preguntarle si quiere que presentemos su disco en el Film Club Café (en el sueño yo trabajo para Raúl Ojanguren). En eso llegan unos punks del Chopo y dicen que ellos pueden conseguir el disco a $20, pero sólo a los que pertenecen a su mafia: de inmediato instalan un escritorio donde hay que anotarse para hacer el pedido. Varios de los que están ahí corren a formarse frente al escritorio de los punks; yo siento que están traicionando a Magda, pero aprovecho para acercármele. Luego vamos a bordo de un autobús: estamos recorriendo el periférico rumbo a Ciudad Satélite; no hay nada de tráfico pues es muy noche. Magda va conduciendo el autobús, está vestida de enfermera. Por las ventanillas se ve que las casas todavía están en construcción, como si fueran los tempranos 60s; en el sitio donde ahora está el parque Naucalli, hay una niebla que borrosamente deja ver a varios brontosaurios bebiendo en un lago rodeado de palmeras gigantes. Magda se aleja del volante pero el autobús sigue solo su marcha; yo estoy en la parte trasera, con unos muchachos de secundaria que me admiran porque acabo de cumplir dieciocho años. Entonces veo que estamos a punto de llegar a las torres de Satélite, donde tengo que bajarme (la casa en que viví de niño está a unas cuadras de ahí, también está ahí actualmente el Film Club Café). Magda abre la puerta trasera del autobús y yo bajo rebotando, cual si fuera una pelotita de goma. Miro hacia arriba: la parte baja del autobús pasa en cámara lenta como una gigantesca nave espacial… Despierto. Segundo sueño: estamos desarmando la recámara donde dormía de niño: hay varios muebles despedazados y un espejo que hay que quitar de la pared. Mi hermana Vero me ayuda en la tarea; para que el espejo no se haga añicos, tenemos que ponerlo sobre unos rieles de plástico. En el clóset se ven varias de las camisas a cuadros que acostumbraba usar en la adolescencia; están perfectamente dobladas y planchadas, y pienso que podría volver a ponérmelas. Después de mucho esfuerzo, logramos quitar el espejo: en la pared queda un rectángulo blanco que da miedo. Sobre un mueblecito está la maqueta del salón de clases de la actual Escuela de Escritores: se ven a detalle las sillitas y el pizarrón en miniatura; es un trabajo asombroso. De pronto entran a la recámara mis alumnos de Narrativas: están mirando con extrañeza el rectángulo blanco y me piden que les proyecte una película (anoche, en la clase, les pasé animaciones y algunas imágenes sobe la Inglaterra Victoriana). De la nada, aparece en el rectángulo blanco la animación de un ama de casa zombie, vestida a la usanza de los 50s: está muy atareada haciendo los quehaceres domésticos. Me dirijo a la parte de la recámara donde solía dormir mi hermano Leo: en el lugar de su cama hay un sillón grande y bastante cómodo al que sólo le falta uno de los reposabrazos. Arreglo el sillón y decido regalárselo a Córdova Just para la nueva escuela. Entonces la escena cambia: estoy con Córdova Just en una oficina de Polanco, desde cuya ventana se ven muchos parques llenos de sol; él está plácidamente sentado en el sillón recién arreglado, me dice que es comodísimo y me hace con la mano la señal de "like". Salgo a la calle, en un local de comida me acercan una charolita con varios cactus en miniatura: me como dos sin preocuparme por las espinas (ayer, en la Librería Icaria me dieron dos deliciosos biscochos en miniatura). Llego a un parque en declive donde Doris me está esperando; nos sentamos en el pasto frente a un mantel. Junto a nosotros está Cosme Álvarez, diciéndonos que él tiene treinta perros y que es muy difícil organizarlos. Entonces pasan dos señoras francesas, gordas y algo ridículas; tras ellas va una hilera de perritos de varios tamaños que ladran a todo pulmón (anoche, antes de dormirme, leí "Los buenos servicios", el cuento de Cortázar). Cuando las francesas y los perros se alejan, vemos que dejaron una serie de destrozos en el pasto: cacas, trapos desgarrados, huesos. Cuando nos damos cuenta, las señoras y los perros están a punto de llegar a un montículo del parque donde hay una rueda de perros, entre ellos nuestra Marnie y nuestra Frida. Nos asustamos pues todos los perros están en actitud de ataque, gruñendo y con los pelos erizados: detrás de la rueda de perros (más de cincuenta) hay unos guardias y en medio de todo, un árbol lleno de frutas rojas. Nos levantamos y corremos para evitar la batalla: entonces las francesas y los perros se desvían, haciéndonos sentir un alivio enorme… Despierto.
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Gracias por compartir.
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