Primer sueño: estoy en un bosque dorado, dos perros grandes me acompañan. Camino: detrás de una loma hay un fraccionamiento amurallado al cual tengo que entrar, se me unen otros hombres desconocidos, cargamos equipo para escalar y algunas ballestas; somos una especie de célula militar. Noto que algunas partes del sueño semejan un anime. Nuestra misión es escalar las paredes del fraccionamiento y rescatar a mi tío Juan (q.e.p.d.), quien vive adentro muy feliz sin saber que está atrapado. En una de las viviendas del fraccionamiento se ve a una mujer cursi recostada en un diván rojo: la rodean adornos de corazoncitos y ridículos peluches blancos, pero ella está satisfecha de sí misma y nos saluda con la mano. Aparecen escenas de mi tío en su juventud: es un artista famoso, se ven fotos grises donde María Félix lo acompaña y una multitud le aclama. Sigo en el fraccionamiento: recorremos pasillos, cruzamos salones de escuela vacíos, vamos matando zombies. Mi tío aparece repentinamente en algunos sitios lejanos, pero cuando llegamos a ellos ya no está. De pronto todo cambia y me encuentro en la casa donde viví de niño. Es muy temprano y estoy esperando a que lleguen unas compañeras pues les voy a ayudar a hacer la tarea. Me asomo para ver si hay espacio para que estacionen su volkswagen: enfrente de la casa hay una enorme camioneta destartalada y un cochecito; en medio de ellos, un espacio donde según yo cabrían apenas. Recorro el jardín para abrir la reja con mis llaves, veo que el buzón está atiborrado de cartas. Entonces pasa la combi de la familia Barrera, va repleta de personas que se ven amontonadísimas. Se estacionan frente a la casa: Luis Barrera baja una ventanilla y me dice que si quiero ir con ellos a una fiesta; también van sus hermanas Claudia y Pilar, todos están muy contentos. Le digo que sí y me cuelgo de la ventana cuando la combi empieza a avanzar lentamente. Luis saca un celular para decirle a Roberto Ugalde que sí voy a ir a la fiesta. Entonces me doy cuenta de que estoy en un sueño y que son dos tiempos empalmados: finales de los 70s (cuando conocí a los Barrera) y el presente. Cuando me suelto de la Combi ya vamos por Colina de Mocuzari, a cinco cuadras de casa. Les digo a todos que ahorita los alcanzo, que tengo que regresar a cerrar con llave y a avisarle a mi mamá. Despierto… Segundo sueño: una excavación donde varios arqueólogos trabajan: cada arqueólogo es un país. Hay una juez gorda y distinguida que va vestida de negro: le dice al arqueólogo Alemania que no les ordene a los demás países lo qué deben hacer. En una parte de la excavación empiezan a surgir burbujas de colores: de cerca, se revela que dentro de cada burbuja está encerrada una ciudad moderna en miniatura. Despierto… Tercer sueño: estoy en una mansión enrome que siempre sueño. En medio tiene una escalera majestuosa que da a los pisos de arriba; a ambos lados hay salones con muy pocos muebles; al fondo una cocina industrial. Llega Ricardo Malacara y me dice que tenemos que terminar un proyecto para la Escuela Mexicana de Escritores: se trata de contar la historia humana acomodando estampas en una especie de mueble vertical con repisas. Cada estampa tiene una animación breve que se repite una y otra vez: en la repisa superior acomodo estampas naranjas y ocres con escenas de cavernícolas, orugas gigantes, volcanes en erupción; en la repisa de en medio: estampas azules con escenas de nobles franceses del siglo XVIII que se mueven lentamente. Ya sólo me falta la última parte, la que narrará "el regreso de Jesucristo". Malacara me dice que me apure, que él me espera arriba; entonces amontono estampas en desorden, pero luego me doy cuenta de que no hay mucha lógica narrativa: hay una estampa donde aparece una pirámide bañada por el sol, tres donde se repite la misma escena de un pueblito mexicano pero vista de diferentes ángulos. Entonces entro a una hermosa estampa donde hay varias vacas en el campo, a lo lejos se ve un establo y unas montañas nevadas. Las vacas me miran amorosamente y me alegra saber que ya no como carne (lo cual es cierto). Salgo de la estampa y otra vez estoy en la mansión: voy a la sala de junto donde varios hombres muy elegantes discuten otro proyecto alrededor de una mesa: aunque no lo parecen, sé que son vampiros. Uno de los hombres nota mi presencia y me dice que la familia de Malacara acaba de llegar de Paris, que si quiero subir; le digo que no, que yo ya sé cómo son las habitaciones de arriba (y sí, en otros sueños he estado ahí: son habitaciones confortables y muy largas; están llenas de camas, juguetes y armarios con cajoncitos). Regreso a buscar mis zapatos para salir de la mansión: están debajo de un catre, pero no me atrevo a sacarlos pues sentado en el catre hay un angelito gordo y rubio leyendo cómics; sé que es de mala suerte interrumpirlo. Salgo descalzo de la mansión: está amaneciendo y en las altas copas de los árboles se escuchan cantos y gritos de aves tropicales. Me dirijo a un auto estacionado donde se supone que estoy viviendo en lo que encuentro mi propia casa: de la guantera saco un teléfono grande para avisarle a Malacara pero no hay línea. Regreso a la mansión: en la entrada está un mayordomo medio siniestro que ya no me permite entrar, lo cual me hace sentir mucho alivio… Despierto y anoto.
miércoles, 12 de julio de 2017
lunes, 10 de julio de 2017
10 DE JULIO DE 2017
Primer sueño: voy con otras personas en un tren bala,
estamos cruzando Chiapas que en el sueño ya se independizó de México y ahora
está situado junto a Vietnam. Por las ventanas del tren se ven manchones verdes
a gran velocidad, supongo que es la selva. En una pantalla, al frente del
vagón, aparece un hada con vestido transparente que está dando el reporte del
clima; al final dice: "en Chiapas hay tanta vida que es muy difícil
morirse". Luego estoy escribiendo a mano en una de las oficinas del INEGI
en Aguascalientes (trabajé medio año ahí, a mediados de los 90s): mi jefe es un
muchacho de quince años, enorme y con cuerpo de cartón; yo lo miro desde abajo
y su cabeza es muy chiquita. Junto a él hay una maquinaria con una banda móvil
por donde pasan caminando pollos rostizados. El muchacho dice que me prepare
para el concurso, pero yo no sé de qué habla y no me atrevo a preguntarle. Salgo a
un patio y entonces estoy en otro hotel de la ciudad de México donde trabajé
hace treinta años: hay una alberca a la que me han prohibido entrar, así que la
rodeo, dirigiéndome hacia unas escaleras de metal que suben. Hace mucho sol.
Del otro lado de la alberca hay una covacha donde dos mujeres chinas están
planchando; conforme subo, noto cómo se borran. Ya arriba, tengo que arreglar un
tinaco pero para alcanzarlo hay que trepar por las ramas inclinadas de un
árbol: es muy peligroso y me da miedo caerme. Abajo, como a ocho metros, se ve
una plancha de cemento rodeada de macetas. Me acompañan varios de mis primos,
están al acecho y dicen que no me preocupe, que si me resbalo o algo ellos me
atrapan. Despierto... Segundo sueño: me encuentro en un cuarto de hospital con
otras personas que no reconozco; en medio hay una cama donde yace una abuela
muy mayor que tampoco reconozco. Estamos esperando a que despierte. Por ahí
anda rondando Jacovich: es una especie de sheriff y su obligación es no
permitir que hagamos ruido. En una
pantalla muy grande que está incrustada en
el muro, empieza a proyectarse una película de los hermanos Cohen que no existe
en la realidad: se trata de un western contemporáneo. La secuencia de apertura
es muy divertida, se ve como si fuera cine de los 70s y los letreros psicodélicos
aparecen superpuestos en la parrilla frontal de un automóvil viejo y lujoso que
se mueve a gran velocidad. Yo grito de gusto pues nunca he visto esa película,
pero de inmediato todos me dicen a señas que me calle. Tomo las sábanas que
cubren a la abuela y las estiro para tapar la pantalla; en el extremo tienen
unos ganchitos afilados como los que se usan para colgar las cortinas. De pronto en la pantalla aparece una
secuencia que nada tiene que ver con la película: hay una figura extraña y
oscura, se supone que es una versión de la abuela que duerme en la cama, pero acá
es muy pequeña y va subiendo por una vereda en un escenario boscoso. Cuando la
figura da la vuelta y me mira, veo su cara, que es al mismo tiempo una peluca y
un nido de pájaros lleno de púas: aterrado, me doy cuenta de que se trata de un
extraterrestre. El extraterrestre se me lanza encima, con la boca abierta y
gritando... Despierto muy asustado a anotar todo. Tercer sueño: estamos como
veinte personas sentadas alrededor de una mesa circular: el mantel es blanco y la
superficie está libre de objetos. Entre los presentes reconozco a Doris, a
Gina, a Laura Mónica y a Raúl Motta; estamos ahí porque van a darnos una
"brujería" para que no nos pase nada durante el fin del mundo. Hay un
ambiente de solemnidad, de expectativa. Una presencia masculina que no logro
ver bien, mueve las manos y aparece la "brujería": se trata de una
nebulosa líquida de tonalidades violetas que gira muy rápido en el aire, arriba
de la mesa. Se supone que la "brujería" tiene que bañarnos a todos,
pero un cavernicolita prieto y muy peludo que también está sentado en la mesa,
la absorbe toda y se la traga como si su boca fuera una aspiradora; luego se nos
queda mirando, sonriente y satisfecho. A ambos lados del cavernicolita hay dos
mujeres robustas y vestidas de blanco: son "los pilares", y están
mirándolo amorosamente como si fuera un niño pequeño que acaba de hacer una de
sus gracias... Despierto.
sábado, 8 de julio de 2017
8 DE JULIO DE 2009
Estoy en los escenarios de un videojuego parecido al Heretic; tengo que cruzar un mar cuadrado, pero del otro lado me están disparando. En uno de los extremos hay una torre donde puedo encontrar un atajo secreto para pasar. Entro a la torre: ahí está Marino, un hombre como de cuarenta años vestido completamente de blanco; es serio, correcto y amable: el prototipo del "héroe inmaculado", aunque de baja estatura. Marino me dice que los sueños son como los piojos porque son difíciles de atrapar, están en nuestra cabeza y se alimentan de nosotros (esto tal vez viene de un libro que estuve leyendo a principios de la semana: El hombre y sus símbolos, donde Jung afirma que, como materia de estudio, el inconsciente está, por lo menos, al nivel del piojo). Desaparece todo y estoy en un lugar que es al mismo tiempo la casa de mi abuelita Lila y el vestíbulo de un teatro. En esta parte del sueño tengo veinte años de edad y me acompañan Efraín Molina, Enrique de la Pascua y Josué Sosa; vamos a entrar a un concierto de Ange, la banda francesa de progre. Busco un teléfono público para poder "chatear" con Lila (quien murió en 1979); encuentro uno de los aparatos antiguos: negro y cuadrado, grandote. La manera de chatear es escribir con el dedo, abajo del aparato telefónico, lo que quiere uno decir; no es necesario descolgar ni nada. Le digo (le escribo) a Lila que voy a entrar al concierto y a ella le da mucho gusto. Sé que mi mamá le dijo a Efraín que no me permitiera beber (ahora no bebo, pero a los veinte años yo era medio borracho). Entramos a la sala: como nuestros boletos son baratos solo podemos ver el concierto desde una ventana. Veo los preparativos: hay una coreografía medieval, niños de coro formándose en el escenario. En una de las gradas está una mujer gorda vestida de novia y acompañada por varias doncellas; sus velos me impiden verles los rostros. Inicia el concierto pero todos estamos en la ventana amontonándonos y no se puede ver bien, así que me cuelo a la parte cara: me escondo en un rinconcito para que no me saquen. El concierto es extrañísimo: muchachas cantando, batallas medievales en uno de los extremos; los músicos no se ven por ninguna parte pero la música suena muy fuerte. Aparece Mave Gaya, en el sueño es mi prima mayor. Entre el público, unos ricachones abandonan sus asientos y se dirigen a una puerta que da a los camerinos; Mave y yo aprovechamos para sentarnos más adelante. Ahí hay algunas canastas con dulces mexicanos, le digo a Mave que nos robemos algunos: son limones rellenos de coco, charamuscas, alegrías; los comemos y saben horrible. Aparece un hombre francés y nos ofrece una oblea de pepita, la probamos y sabe riquísimo. Alrededor hay varios meseros recogiendo las canastas. En el escenario, los niños del coro empiezan a dar vueltas mientras suena la rola "Saltimbanques". Regresamos a la parte de atrás, le digo a Mave que me sé de memoria algunas rolas de Ange pero que en realidad no sé hablar francés, que soy como un perico. Ella me dice que quiere "iniciarse" en The Residents para poder entender un concierto que van a dar; yo le digo que luego le paso los cds básicos de la banda, y que si no le gustan, no se preocupe. Entonces todo cambia: estamos Doris y yo cerca de nuestra casa: algunos vecinos están platicando con Roy Orbison (ayer decidí poner como portada de Radio Fu Manchú, el grupo de facebook, un disco de los Traveling Wilburys). En la caseta de entrada de nuestro retorno hay una jardinera amurallada llena de plantas exóticas, nos asomamos por el borde y descubrimos que en el fondo hay mucha agua acumulada por las lluvias: se ven piedras redondas, algunos animalitos acuáticos que no logramos distinguir. El cuidador de la entrada, un muchacho con cara de pícaro que no conozco, me pasa un libro muy grueso y me dice que él lo arregló; sé que lo que quiere es que le de una buena propina. El libro es de filosofía: noto que está lleno de papeles engrapados y que, en varios de los capítulos, hay tarjetas amarillas con párrafos impresos donde algunas palabras se ven subrayadas con marcador; también hay dibujados osos blancos. Molesto, le digo al cuidador que no la amuele, que ya arruinó mi libro; Doris me dice que no me preocupe, que a lo mejor lo volvemos a encontrar en alguna librería de viejo. Despierto.
viernes, 7 de julio de 2017
7 DE JULIO DE 2017
Primer sueño: estamos Doris y yo en un pequeño taller mecánico, esperando a que arreglen el auto de nuestro amigo Sergio Aleph, quien se ve preocupado pues ya es muy noche. Llega un doctor alto y barbón y empieza a colocar su estetoscopio en algunas partes de auto, nos dice que la compostura va a salir carísima. Salgo a la calle: descubro que estoy en Av. Universidad y se me antoja un helado, pero a esa hora no hay ningún lugar abierto donde pueda comprarlo. Pasa uno que otro auto; yo busco periódicos en el suelo para leer algo mientras voy caminando. De pronto, un camión de redilas lleno de albañiles dormidos se sube a la banqueta y frena a pocos centímetros de mí: los albañiles despiertan y ríen como si fuera una broma. Todo oscurece pues se apagan las luces del alumbrado; empiezan a caer truenos. Regreso al taller mecánico y le doy una tarjeta de crédito a Sergio para que pague la compostura; el doctor dice que él tiene un automóvil de la misma marca y que salen muy malos. Luego estamos Doris y yo en un balneario antiguo: se supone que es de tiempos de Don Profirio. Veo multitudes aclamando a los artistas que esa mañana van a presentarse: por ahí andan Juan José Arreola, Cantinflas, Pedro Infante; la gente usa ropa elegante pero de la época porfiriana. Entramos a un salón: hay muchas mesas y meseros sirviendo platillos. En otro saloncito hay una foto: se trata de la portada del Sgt. Pepper's pero en tono sepia; en lugar de los Beatles, al centro están Porfirio Díaz y otros militares que no reconozco. De pronto todo cambia: estamos en el mismo lugar pero es en el presente. El saloncito está oscuro y lleno de basura; Doris dice que es una lástima que hayan descuidado tanto ese sitio histórico. En un rincón hay una pareja bailando, la música es una rola de Real de Catorce que no reconozco. Despierto y trato de encender la lámpara del buró para anotar el sueño, pero no puedo moverme. Estoy bocabajo. Noto que todo está lleno de agua violeta que se escurre por las paredes y moja el contacto eléctrico. El foco saca chispas; tengo miedo de electrocutarme. Aparece Pita Amor, está muerta y huele mal; me mira con ojos distorsionados por el grosor de sus lentes y dice: "el mundo es una porquería" (frase que le escuché decir varias veces en los 80s, cuando la conocí). Siento que hay alguien acostado encima de mí, sofocándome; no sé si es Doris o alguien más. También siento que acostado junto a mí estoy yo mismo, durmiendo profundamente, moviendo las manos y haciendo unos ruidos metálicos con los dedos, como si las falanges no encajaran. Entonces despierto de verdad... Segundo sueño: estoy a punto de dar una clase magistral de historia de las animaciones; el salón es enorme y frente a mí hay una multitud. Soy famoso, todos esperan con emoción lo que voy a mostrarles en la pantalla. Me dispongo a comenzar, pero una mujer con su micrófono me interrumpe para anunciar que después de la clase nos espera en el comedor donde se jugarán las simultáneas de ajedrez. Ahí todo cambia: me encuentro en un departamento desconocido; está en la planta baja de un edificio y se supone que, además de Doris y yo, viven en él Roberto Sepúlveda, Mave Gaya, Arlette Drexler y otros amigos. Abro la puerta de la entrada: afuera hay un boquete en el suelo y descubro que los vecinos han estado arrojando ahí sus bolsas de basura. Entro al boquete y bajo por una montaña de bolsas y costales, me doy cuenta de que es un sótano con tuberías y cables y que nadie sabía que estaba ahí. Ya abajo, veo una puerta metálica repleta de graffitis, la abro y entonces estoy en el interior de un documental sobre los Rolling Stones. Según el documental, los Stones son gringos y Ed Sullivan quiso ser su manager pero John F. Kennedy se lo prohibió. Veo a Mick Jagger y Keith Richards dirigiéndose hacia la entrada de un hotel de playa; van payaseando y visten camisas tropicales muy largas... Despierto y anoto. Tercer sueño: estoy en la ciudad de Aguascalientes; Enrique Urbina me recomienda una rara película de los 80s: "es comedia pero está buenísima", dice. Ento al Parián: en una tienda hay muchos DVDs a $10 cada uno. Aunque son originales, vienen en unas bolsitas de celofán muy chafas. Encuentro varias animaciones de Batman que no conocía, pero entonces olvido el título de la peli que me recomendó Enrique. Sigo viendo las pelis, están colgadas en un anaquel largo; al darle la vuelta veo montones de LPs a la venta: recuerdo varios de Camel y de The Cure. Tomo el Welcome To My Nightmare: está nuevo, cerrado, cuesta $240. Pienso llevármelo para dárselo a Juan Bobadilla pero no sé si será mejor comprar otros para mí con el dinero que traigo. Sigo viendo discos y descubro una parte de la tienda donde venden series francesas de animación: por las portadas, veo que son para adultos y que no las conozco. Salgo de ahí y de pronto estoy en un carrito eléctrico sin techo; conmigo va Ingrid Bodet. El carrito camina sin que nadie lo maneje: vamos por calles curvas, se supone que es Coyoacán. Ingrid me dice que muy pronto se va a casar y que quiere hacer una "boda conceptual"; me pide que Doris y yo seamos sus "padrinos de concepto". Entramos a un estacionamiento subterráneo y el carrito se detiene. Hay un villano viejo: usa traje, carga un maletín y se ve peligroso; otro hombre, un cuidador o algo así, le ayuda a subirse a un coche negro y se van huyendo hacia la salida del estacionamiento. Los sigo: en ese momento me doy cuenta de que estoy soñando y que puedo dirigir mi sueño. Llego a la cocina de la casa donde viví cuando era niño: mi mamá está cocinando, es muy joven y no sabe que yo estoy ahí. Entonces ella toma una licuadora para agregarle salsa a una cacerola llena de carne; yo le echo coca-cola a la salsa y se la arruino. Mi mamá prueba con el dedo el resultado, se ve decepcionada y sigue sin saber que estoy ahí. En la pared que está sobre la estufa hay pegados algunos arcanos mayores del tarot de Marsella; los miro: están dibujados como si fueran superhéroes. Faltan varios para completar la colección de 22; se supone que vienen de regalo en los recibos de Telmex. Despierto.
miércoles, 5 de julio de 2017
5 DE JULIO DE 2017
Primer sueño: estamos Doris y yo en el desaparecido Foro John Lennon de la colonia Álamos. Efraín Molina, director del Foro y gran amigo mío, nos está mostrando las nuevas modificaciones: abre una puerta que da a un salón donde varios niños pequeños sentados alrededor de unas mesas hacen muñecos de engrudo. Efraín dice que también está pensando en poner una peluquería pues la colonia se ha estado llenando de hipsters. Voy a la tienda de junto y compro dos hot dogs veganos de chocolate; cuando regreso, se me cae uno al suelo. Efraín cruza la calle y empieza a tomar fotografías con una cámara vieja. Luego Doris y yo estamos en el vestíbulo de un museo donde van a exhibir "la obra verdadera de José Luis Cuevas" (para la posteridad: Cuevas murió hace un par de días). Se supone que Cuevas hizo una serie de acuarelas de dragones que no tienen nada que ver con el resto de su obra, y que muy pocas personas conocen. En el museo hay mucha gente esperando a que abran las salas. Por los altavoces nos informan que solo abrirán dos de las siete salas; la voz masculina que dice esto es muy amable y lo dice en japonés, aunque en el sueño yo lo entiendo perfectamente. Ante este anuncio me enfurezco pues el boleto nos salió carísimo y me siento como estafado; entonces Doris me comenta que su padrinito, Ramón Obón, era muy amigo de Cuevas y siempre le reclamaba por no dibujar más dragones. En el sueño aparece una oficina lujosa, donde Ramón Obón saca una gruesa carpeta: se trata de su nueva novela, pero le da desidia arreglarla y enviarla a la editorial donde ya se la están pidiendo. En otro extremo de la oficina, su hijo Ramón Junior bebé café y se burla. Ramón papá sale por una puerta y la escena cambia: otra vez estoy en el museo. Doris me señala hacia un extremo: entre la multitud va pasando Paul McCartney, está muy elegante y varios lambiscones lo rodean. Pasamos a otra parte del museo, junto a la entrada. Veo una piscina larga y muy estrecha que ya he soñado otras veces: se pierde en la lejanía que está en penumbras, alumbrada solamente por luces azul oscuro; ahí nadan delfines y mantarrayas. En la parte más iluminada de la piscina, una mujer le está enseñando a nadar a su bebé: hay lotos flotando alrededor, cierto ambiente zen que contrasta con la oscuridad del fondo. De pronto la lluvia comienza a mojarme y entonces despierto. Descubro que la lluvia es mi perrita Greta lamiéndome la cara. Anoto todo. Segundo sueño: estoy revisando mis dos bitácoras: la de los sueños y la de la vida cotidiana, que son unas libertas grandes, cuadradas, y que no existen en la vida real. Entonces me doy cuenta de que algunos alumnos (Tania, Oscar, Rafael, Ingrid y Magdalena, Héctor) alteraron, en broma, la bitácora de la vida cotidiana: le pegaron varias fotos triangulares y la llenaron de dibujos. En una de las páginas descubro la foto de una fiesta infantil; en otra, una animación hecha a lápiz de un platillo volador. Jorge Llalguno me dice que él podría cambiar la clave de mis cuadernos para que esto no vuelva a suceder, pero que sería después pues ahora está muy ocupado. La escena cambia y estoy a bordo de un destartalado volkswagen blanco, platicándole lo anterior a mi amigo Don Corleone. Él va manejando: estamos en la esquina de Insurgentes y Niza y hay un ambiente de carnaval. Luego todo cambia otra vez: ahora estoy en una oficina de gobierno. Una funcionaria da su informe de trabajo frente a un escritorio donde dos jefes gordos y calvos la miran con cierto desprecio. La funcionaria es una mujer güera y chaparrita, algo vulgar; usa mandil y sus chanclas son horribles, aunque se supone que tiene un puesto de alto nivel. Está alegando que su trabajo fue hecho a la perfección, pero los calvos le demuestran que eso no es cierto. Entonces ella salta hacia la calle que da a Metro Juanactlán: va a arreglar las cosas para "limpiar su nombre" Uno de los calvos se pregunta si traerá dinero para moverse, pues va hasta Coyoacán; el otro le dice que sí, que es esposa de H. G. Wells. Entonces entro a un baño oscuro: afuera hay dos afanadoras con sus cubetas y trapeadores. Cierro la puerta del baño y veo que en las paredes hay escenas de las novelas de Wells, dibujadas con mole por una secta secreta y clandestina. Descubro que yo soy miembro de esa secta y tengo que huir pues las afanadoras lo saben. Entonces salgo por otra puertita muy pequeña que va a dar a una selva tropical: estoy en el techo de un camión de pasajeros descompuesto y cubierto por la maleza, a lo lejos se ve el mar. Brinco a un lado del camión y llega Doris: nos encaminamos hacia una vereda entre palmeras; vamos comiendo tunas. Me despierto y anoto. Tercer sueño: Toni Rodríguez acaba de abrir un puesto de periódicos que también sirve comidas saludables y es salón de escuela secundaria. Doris y yo estamos frente al puesto y Toni se ve feliz. En una mesita hay unas niñas uniformadas escribiendo en sus cuadernos; en el interior del puesto un hombre hace jugos de naranja entre las portadas de revistas y periódicos. A la izquierda hay una pantalla de compu: Doris abre su facebook y empieza a etiquetar fotos de amigos: entre los etiquetados recuerdo a Mave Gaya y a mi hermana Vero. De pronto el sueño se convierte en pesadilla: me encuentro acostado bocabajo, en mi cama; estoy solo y hace mucho frío. Unas presencias que no logro ver van a mostrarme "el abismo"... Entonces algo me empuja por la espalda y cruzo una abertura que da a un espantoso universo redondo e iluminado con una extraña luz azul turquesa. Estoy como volando y temo caer: abajo, en la lejanía, se ven algunos mapas antiguos dibujados con líneas blancas. Hay una sensación de "terror sagrado". Despierto.
martes, 4 de julio de 2017
4 DE JULIO DE 2017
Voy con mi papá y mi mamá caminando por el fondo de un desfiladero, con nosotros van más personas que no conozco. Se supone que somos templarios, pero estamos vestidos como pieles rojas o algo así. El sol brilla muy alto, de vez en cuando se pierde y quedamos en penumbras: en las paredes del desfiladero hay plantas extrañas, musgosas. Salimos del desfiladero y llegamos a un arroyuelo casi seco; junto hay una torre construida con huesos y jirones que en el sueño son "espantos". A la torre le cuelgan objetos diversos, calaveritas de aves, plumas negras; hasta arriba tiene un "atrapasueños" que supuestamente sirve para recibir las señales de le los dioses muertos que pululan en el universo. Aparece la imagen de esos dioses: son transparentes y cada uno está incrustado a una galaxia. Me separo del grupo y regreso al desfiladero. Me acuesto en el hueco del suelo donde se juntan las dos paredes del desfiladero y mi punto de vista cambia, pues desde abajo todo se ve mucho más grande. Estoy en un lecho de ramas y víboras: lo más importante es mi nuca. Luego todo cambia: ahora me encuentro en un panteón, junto con Doris: estamos viendo una tumba donde se alza la estatua de una santa. Está lloviendo mucho; por la luz, parece que es de madrugada. La estatua tiene puesto un impermeable de cuyo interior asoman sobres cerrados: son cartas con timbres de varias partes del mundo. Quiero llevármelas pues me da curiosidad leerlas, pero Doris me dice que respete la privacidad de los desconocidos. En la parte frontal del impermeable de la estatua asoma un libro muy grueso: lo saco y comienzo a hojearlo. Se trata de un compendio de cómics gringos antiguos: reconozco a Felix el gato, a los Archies, a Sal y Pimienta. Luego estamos en una tienda de libros: amontonados en el suelo hay más cómics y un libro enorme de Mafalda. Doris revisa un montón de revistas viejas (en la vida real, Doris colecciona revistas; tenemos cientos, de todo tipo). Ahora estoy frente a los gabinetes de una cocina integral, los cuales tengo que pisar para pasar a la regadera. De tanto pisarlos, los gabinetes se desprenden de la pared y yo corro para poner algunos ladrillos y sostenerlos: estoy angustiado. La escena cambia a un departamento donde viví hace mucho: estoy en otra cocina pequeña, diferente a la anterior. Trepo a una escalerita para acomodar algunas cosas en una de las repisas altas. Tengo que clasificar en unas cajas de cartón lo que es mío y lo que voy a regresarle a mi mamá. Guardo en las cajas un juego de cuchillos, un arreglo floral bien gacho, un queso. Llegan mi papá y mi mamá y les digo que no molesten, que se vayan a la sala: ellos sacan un pequeño televisor, lo acomodan en un sillón y se recuestan en otro; en lo que yo termino, se ponen a ver programas de concursos. De pronto estoy en la recepción de una biblioteca pública: ando buscando a Mario González Suárez, quien trabaja ahí. En lo que me anuncian, veo por la ventana: en la calle hay una muchacha entusiasta haciendo ejercicios; es la típica "genki girl" de las series de anime, pero en humano. Me pasan a la oficina de Mario; está sentado tras un escritorio: se cortó el pelo y está muy gordo. Le digo que me recuerda a los teletubbies y repentinamente se levanta y comienza a bailar: aparece la muchacha que estaba en la calle y también se pone a bailar junto a él; ambos están frenéticos, enloquecidos. Después de un rato, Mario recupera la cordura y me dice que pasemos a la "zona de seriedad": se trata de otra oficina con unas ventanas altas que dan a un jardín. Nos sentamos en unos sillones individuales, frente a frente; ahí, Mario representa una figura de autoridad y respeto. Le empiezo a contar los problemas que he tenido para escribir una novela (en la vida real jamás he intentado escribir una novela) y entonces él me dice que yo soy cuentista, que mejor busque "el esqueleto de los relatos". Cambia la escena y estoy inclinado en el suelo, revisando la parte más baja de un gran librero circular donde hay una larga hilera de frascos con líquidos de diversos colores tenues que van del verde al ámbar. Lo que veo es bellísimo, pero no entiendo si el color viene de los líquidos o de los frascos. Sé que en la parte central de la hilera está "el esqueleto de los relatos" y que debo encontrarlo... Al mover los frascos descubro que sólo hay frascos y más frascos; que el esqueleto no existe. Despierto.
lunes, 3 de julio de 2017
3 DE JULIO DE 2017
Primer sueño: una cabaña de madera; en el porche que da a una llanura estamos sentados mi padrastro Jaime, Doris y yo. Es de noche y vemos las estrellas: son tantas que da miedo. Jaime dice que aunque no podamos viajar a las estrellas, sí podemos conocer el mundo. Lo seguimos al interior de la cabaña y nos muestra un globo terráqueo: nos dice que hay que viajar al Polo Sur; que hay ríos y bosques que aún no se descubren en Asia y Estados Unidos. Un acercamiento al globo terráqueo muestra en colores pastel las rutas que Jaime va nombrando y que se aclaran conforme la vista los enfoca. Alguien me llama pues tengo que hablar con unos jóvenes marihuanos que dejaron de atender su propia tienda. Recorro escaleras y pasillos extraños: es un laberinto de cajas de refrescos, baúles, refrigeradores; también hay varias puertas cerradas. Sigo una voz que me guía por el lugar y por fin llego a la tienda. En una alfombra hay varios jóvenes drogados: fuman de una pipa de agua y son como hippies. Llevan varios días ahí y no han abierto la tienda; uno de ellos no sabe dónde dejó a su hija pequeña, pero no parece preocuparle. Oigo la voz de la niña en algún lugar indefinido y pienso que se fue a otra dimensión. Les propongo a los jóvenes que juguemos al ajedrez para así "aclarar la mente". En la tienda hay varios tableros de ajedrez: escojo uno cuyas piezas son aliens contra astronautas, pero al tratar de acomodarlo para iniciar la partida, noto que no hay ningún lugar plano para colocarlo, que todos los muebles y las mesas son ondulados. Quito algunos objetos de un taburete y trato de acomodar el tablero ahí, pero de pronto estoy en una cocina dándole de comer a mis perritas. Lo que comen brota de un recipiente debajo del fregadero y es muy raro: culebritas de goma, panecillos en forma de peces que son muy nutritivos; mis perritas se mueven por la cocina como si estuvieran nadando. Entonces despierto. Anoto todo... Segundo sueño: estamos en casa de una prima. Es una casa rústica en las afueras de un pueblo; tiene muchas habitaciones, todas ellas repletas de amigos que beben, comen y ríen. Es medianoche: se siente un ambiente de alegría navideña, de expectativa de eventos gratos y memorables. En un comedor pequeño están Saúl y su esposa; también están Alina Toalavía y Ramón del Val: platicamos acerca de una encuesta que se hizo en Radio Fu Manchú, donde el disco "Close to the Edge" de Yes, le iba ganando en votos a "Selling England by the Pound" de Genesis (lo cual fue cierto en la vida real). Doris me dice que tengo que ir al pueblo a comprara no recuerdo qué: salgo y veo que están llegando más personas en sus coches. Luego camino por una carreterita donde de vez en cuando pasan más coches. A los lados hay almacenes rurales donde venden cuerdas, cajas de fruta, cubetas y escobas; se me hace raro que estén abiertos a esa hora. Llego a una plaza que en el sueño es Santo Domingo, pero no se le parece: hay una fuente blanca, palomas, espías aguardando en las esquinas. Ahí se me acerca una muchacha y me dice que es Tomás mi perrito, pero que a veces se convierte en muchacha y cuando vuelve a ser Tomás se le olvida todo. Le pregunto si puede ver (mi perrito Tomás es ciego) y ella dice: "casi no". La abrazo y ella se acurruca en mi hombro, está feliz. Regreso a casa de mi prima: en el camino me siguen tres perros negros, grandes. Parecen amenazantes pero al mismo tiempo sabios; alguien los llama de pronto y ellos se regresan. Poco antes de llegar, veo a los vecinos de mi prima colgando una piñata entre las bardas de las casas. Entro a la casa: otra prima me da un vasito lleno de salsa y le derrama encima refresco de manzana. En una barra están mi mamá, algunos tíos y algunos primos. Todos ríen pues mi mamá les está contando chistes. De espaldas reconozco a mi tía Chilo (q.e.p.d.): le toco el hombro, ella gira y me abraza; comienza a llorar. Sé que ya está muerta y le pregunto que qué tal es "estar allá"; ella dice que muy agradable. Despierto... Tercer sueño: Jorge Llaguno es el jefe de una cuadrilla que tiene que arreglar un edificio: usa casco y es muy autoritario cuando da órdenes. Subo por una escalera de mano; de mi hombro cuelga una extraña cubeta llena de "medicina para las paredes". Llego a una ventana y entro: es una oficina pequeña, con varios cubículos. Le pregunto a una secretaria que si ha visto a Armando Walle; ella me ignora pero de pronto Walle, a mis espaldas me dice: "estoy aquí". Volteo y lo veo, escondido entre un muro pequeño y un portagarrafones. Luego estoy en la azotea: frente a mí varios hombres arreglan la parte lateral de una iglesia; uno de ellos es Jimmy (quien en la vida real era chalán en uno de los hoteles donde trabajé hace muchos años) y tiene que caminar por un filo de muy pocos centímetros para llegar de la azotea a la iglesia. Me da mucho miedo verlo caer, así que volteo al otro lado y me asomo por una bardita que da a la azotea del edificio vecino: ¡oh sorpresa! hay un león enorme que, al verme, ruge y viene corriendo hacia mí. Despierto en el sueño y le platico esto último a mi tío Víctor (q.e.p.d.) quien también es jefe de cuadrilla. Él se ríe y me dice: "por querer evitar un miedo, te tuviste que enfrentar a otro"... Entonces despierto de verdad y anoto todo.
domingo, 2 de julio de 2017
2 DE JULIO DE 2017
Primer sueño: mi mamá me dice que su tío Bernardo tenía unos terrenos en Zacatecas, los cuales quedaron intestados y que a lo mejor podemos recuperarlos. Veo los terrenos: son el parque que está frente al Centro Cultural San Ángel, que en mi sueño es enorme. Merodeo por los alrededores y voy a dar a un muro de piedra, ancho y alto; me trepo y comienzo a caminar por el borde. Es mediodía: a mi izquierda hay un cerro lleno de huizaches y nopales, la tierra es seca y amarilla. A mi derecha está un mar muy sucio, como moribundo; hay basura y pescados muertos, bolsas de plástico, costales. Después de mucho andar, me detengo: del lado del cerro, hasta arriba, un hombre viejo de pueblo y su niño me miran en silencio; están agachados y tienen un radio de transistores donde suena una canción ranchera a muy bajo volumen. Siento que no soy bienvenido y que están esperando a que me vaya, así que los saludo con la mano y les hago una señal que significa que solamente voy pasando, que me dirijo a mi casa para almorzar. Ellos se burlan, entonces me doy cuenta de que en realidad el niño es también un viejo y que ambos están chimuelos. En ese instante, del lado del mar, aparecen otros muchachos que también se están burlando y que me dicen a señas que hay mucha comida en el mar si uno sabe buscarla; veo que traen arpones y botas de hule, sé que andan atracando fuereños. Me da un poco de temor, pero pienso que si no me bajo del muro no me va a pasar nada. Sigo caminando, dándoles la espalda: al final del muro se ve una hacienda donde sé que Doris y mis amigos me esperan con comida. Despierto y anoto; a los pocos minutos vuelvo a dormirme... Segundo sueño: estoy en los pasillos de un laberíntico hotel vertical buscando mi habitación; fui invitado a dar unas clases en la CIRV, Convención Internacional de Revistas Virtuales (ya busqué: no existe tal cosa). Me topo con Antonio Lupián quien también está buscando su habitación; a él lo invitaron para presentar un número de Penumbria dedicado a David Bowie. Pasamos por varios pasillos que no dan a ninguna parte. Abrimos una puerta que da a un pequeño cuarto lleno de goteras; junto hay otro cuartito cerrado repleto de muertos amontonados que arañan la puerta. En una tercera puerta hay cadenas con candados; Lupián dice: "es para que no se salgan los fantasmas". Luego estoy yo solo en un elevador de jaula que se mueve hacia arriba: sin poder evitarlo oprimo el botón de alarma y me bajo de prisa para que no me regañen. Al salir me encuentro a la maestra Cecilia Durán, quien me pregunta: "¿ya desayunaste?, hay chilaquiles"; ella está ahí para presentar la revista Por escrito. Sigo recorriendo el hotel: me asomo a un balconcito que da a un callejón; luego llego a unas oficinas muy amplias, nuevas y bien iluminadas donde varios pilotos y azafatas se preparan para abordar un jet. Llego a otra parte del hotel donde hay una minúscula librería de libros infantiles: desde afuera, por los cristales del aparador, veo a varias señoras; también veo otra vez a Cecilia quien está hablando con unos inversionistas. Entro a la librería y empiezo a revisar los lujosos libros ilustrados; quisiera comprar algunos pero aún no me pagan. De pronto estoy sentado en el salón de una biblioteca muy antigua: los libreros son altísimos, se pierden en las tinieblas del techo. Frente a mí hay una mesa grande donde una veintena de alumnos y alumnas me están esperando para comenzar la clase. Alguien me sirve un café, pero no me atrevo a probarlo pues la taza es repulsiva, lovecraftiana: en vez de una, tiene tres asas equidistantes. Entonces les digo a los alumnos que saquen sus juegos de copias, vamos a leer el cuento "Lo trabajos de la ballena", de Eraclio Zepeda. Todos empiezan a leer en voz alta al mismo tiempo y el caos de voces retumba por toda la biblioteca: los hago parar, les explico que yo voy a leer y que ellos sigan la lectura en silencio. En eso suena el picotear de un pájaro carpintero: me despierto y descubre que el sonido es en realidad mi perrita Marnie que se está rascando.
sábado, 1 de julio de 2017
1 DE JULIO DE 2017
Estoy en un supuesto cine que en el sueño es una sala de baile abandonada y vacía. En una de las entradas, dos hermanas me dicen que están muy temerosas pues alguien las ha estado amenazando; yo les digo que no se preocupen, que pasaré una de mis "películas mágicas". Ellas salen y yo me dirijo a una cabina: sacó un DVD, en la portada está el rostro de una mujer negra con ojos de dona y la boca abierta. Mientras preparo la proyección entra a la sala Javier, un desconocido joven y duro que en el sueño me persiguió hace muchos años en Tijuana, pues quería meterme al manicomio. Se supone que pertenece a alguna corporación policíaca secreta y de alto rango. Desde donde estoy él no puede verme y eso me da cierta ventaja. Me doy cuenta de que uno de sus ojos es postizo, así que pongo una película que trata sobre ese tema. Empieza la proyección: cuando ve algunas escenas, Javier se pone muy nervioso; mientras tanto yo sigo en la cabina, jugando con un cubilete que tiene ojos de diversos tamaños: los arrojo una y otra vez sobre la superficie de una barra como de bar. Javier me descubre; yo salgo brincoteando, empiezo a actuar como alienado y le pregunto su nombre. Él me dice que se llama "Cuatro". Salgo de ahí rápidamente y en mi cabeza veo como el tal Javier/Cuatro recorre las calles del pasado buscándome a gritos, llamando por un radio a sus colegas. Tiene miedo de mí. Entonces llego a una recámara pequeña y rústica donde Doris duerme. En esa parte del sueño ella es una princesa y yo uso una bata de baño blanca (en la vida real, no he usado bata de baño desde que era niño). Varias sirvientas tienen que entrar a hacer la limpieza, así que despierto a Doris y nos vamos de ahí. Ahora estamos en una habitación de hotel: desde el balcón se ven edificios redondos y algunas montañas; se supone que es Canadá. Salimos a la calle: es temprano y hay una hilera de coches que caminan a vuelta de rueda pero en orden, rítmicamente, como en la línea de montaje de una fábrica. Hay mucha gente: niños con globos, señoras, hombres de traje; todos se ven demasiado civilizados. Seguimos caminando; llegamos a donde hay un enorme camellón repleto de unas rarísimas y negras montañas en fragmentos, parecidas a las que dibuja Roger Dean. Miro hacia arriba: en la punta de una de las montañas hay un fragmento desprendido y suspendido en el aire que por lógica no debería estar ahí. Entonces descubro que el supuesto fragmento de la montaña es en realidad un platillo volador. Me da mucho miedo. Doris también lo ve, y nos sorprende que nadie más se de cuenta: todos están distraídos con una mujer semidesnuda que, subida en una caja de madera, va a arrojarles hielo: se trata de una extraña forma canadiense de hacer propaganda política. Doris y yo nos alejamos; le digo que entonces es cierto: los platillos voladores existen. Llegamos a otra parte de la ciudad donde hay unas casas de dos aguas encima de puentes: la calle es curva y no se ve el final. Subimos a los puentes y después de caminar un rato llegamos a unas escaleritas que bajan a una bodega. Doris se adelanta por las esclaeritas mientras yo le escribo un mensaje de cel a Mario González Suárez para contarle sobre el platillo volador; en el sueño sé que él es el único que va a creernos. Doris está en la bodega: es una sastrería donde trabaja su prima Margarita. Un viejito es el dueño y nos mira con recelo. Estamos esperando a que la prima salga de trabajar; Doris mira unos vestidos. Yo regreso a los puentes: a lo lejos se ven las montañas negras que entran al mar. También se ven barcos y helicópteros, aunque esa parte pertenece a Australia. Del mar sale otro platillo volador, pero de inmediato me doy cuenta de que es falso: se trata de una atracción turística patrocinada por Disney. Cae la noche y yo regreso a la bodega. Luego pasamos a un estacionamiento donde hay una camioneta pick up en marcha. Al volante, el viejito espera a que subamos Margarita, Doris y yo a la parte trasera donde esperan otras personas. Hace frío y yo no traigo chamarra, pero me consuela pensar que vamos a recorrer partes de la ciudad que no he visto... Despierto.
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