Voy con mi papá y mi mamá caminando por el fondo de un desfiladero, con nosotros van más personas que no conozco. Se supone que somos templarios, pero estamos vestidos como pieles rojas o algo así. El sol brilla muy alto, de vez en cuando se pierde y quedamos en penumbras: en las paredes del desfiladero hay plantas extrañas, musgosas. Salimos del desfiladero y llegamos a un arroyuelo casi seco; junto hay una torre construida con huesos y jirones que en el sueño son "espantos". A la torre le cuelgan objetos diversos, calaveritas de aves, plumas negras; hasta arriba tiene un "atrapasueños" que supuestamente sirve para recibir las señales de le los dioses muertos que pululan en el universo. Aparece la imagen de esos dioses: son transparentes y cada uno está incrustado a una galaxia. Me separo del grupo y regreso al desfiladero. Me acuesto en el hueco del suelo donde se juntan las dos paredes del desfiladero y mi punto de vista cambia, pues desde abajo todo se ve mucho más grande. Estoy en un lecho de ramas y víboras: lo más importante es mi nuca. Luego todo cambia: ahora me encuentro en un panteón, junto con Doris: estamos viendo una tumba donde se alza la estatua de una santa. Está lloviendo mucho; por la luz, parece que es de madrugada. La estatua tiene puesto un impermeable de cuyo interior asoman sobres cerrados: son cartas con timbres de varias partes del mundo. Quiero llevármelas pues me da curiosidad leerlas, pero Doris me dice que respete la privacidad de los desconocidos. En la parte frontal del impermeable de la estatua asoma un libro muy grueso: lo saco y comienzo a hojearlo. Se trata de un compendio de cómics gringos antiguos: reconozco a Felix el gato, a los Archies, a Sal y Pimienta. Luego estamos en una tienda de libros: amontonados en el suelo hay más cómics y un libro enorme de Mafalda. Doris revisa un montón de revistas viejas (en la vida real, Doris colecciona revistas; tenemos cientos, de todo tipo). Ahora estoy frente a los gabinetes de una cocina integral, los cuales tengo que pisar para pasar a la regadera. De tanto pisarlos, los gabinetes se desprenden de la pared y yo corro para poner algunos ladrillos y sostenerlos: estoy angustiado. La escena cambia a un departamento donde viví hace mucho: estoy en otra cocina pequeña, diferente a la anterior. Trepo a una escalerita para acomodar algunas cosas en una de las repisas altas. Tengo que clasificar en unas cajas de cartón lo que es mío y lo que voy a regresarle a mi mamá. Guardo en las cajas un juego de cuchillos, un arreglo floral bien gacho, un queso. Llegan mi papá y mi mamá y les digo que no molesten, que se vayan a la sala: ellos sacan un pequeño televisor, lo acomodan en un sillón y se recuestan en otro; en lo que yo termino, se ponen a ver programas de concursos. De pronto estoy en la recepción de una biblioteca pública: ando buscando a Mario González Suárez, quien trabaja ahí. En lo que me anuncian, veo por la ventana: en la calle hay una muchacha entusiasta haciendo ejercicios; es la típica "genki girl" de las series de anime, pero en humano. Me pasan a la oficina de Mario; está sentado tras un escritorio: se cortó el pelo y está muy gordo. Le digo que me recuerda a los teletubbies y repentinamente se levanta y comienza a bailar: aparece la muchacha que estaba en la calle y también se pone a bailar junto a él; ambos están frenéticos, enloquecidos. Después de un rato, Mario recupera la cordura y me dice que pasemos a la "zona de seriedad": se trata de otra oficina con unas ventanas altas que dan a un jardín. Nos sentamos en unos sillones individuales, frente a frente; ahí, Mario representa una figura de autoridad y respeto. Le empiezo a contar los problemas que he tenido para escribir una novela (en la vida real jamás he intentado escribir una novela) y entonces él me dice que yo soy cuentista, que mejor busque "el esqueleto de los relatos". Cambia la escena y estoy inclinado en el suelo, revisando la parte más baja de un gran librero circular donde hay una larga hilera de frascos con líquidos de diversos colores tenues que van del verde al ámbar. Lo que veo es bellísimo, pero no entiendo si el color viene de los líquidos o de los frascos. Sé que en la parte central de la hilera está "el esqueleto de los relatos" y que debo encontrarlo... Al mover los frascos descubro que sólo hay frascos y más frascos; que el esqueleto no existe. Despierto.
martes, 4 de julio de 2017
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
-
Doris y yo vivimos en un departamento pequeño, no tenemos perros y somos otras personas. Después de comer le aviso que voy a dar una vuelt...
-
4:30 am: sueño una película basada en Philip K. Dick: Dick recorre las calles acompañado de Popeye, su mejor amigo: los 50s, California: Al...
-
Primer sueño: voy con Jacovich Gma subiendo por una escalerita de caracol repleta de japoneses, él me va platicando sobre unos excelent...
No hay comentarios:
Publicar un comentario