Estamos mi primo Gerardo, Doris y yo en la sala de
Sherlock Holmes; también nos acompaña mi perrita Frida. Sherlock está arriba en
su recámara, arreglándose: va a ir con nosotros a una fiesta. Como no baja, los
cuatro subimos por una enorme escalera curva y nos detenemos en uno de los
descansos: mi primo saca una lupa y se agacha para ver si en la alfombra hay
chinches. Luego estoy yo solo en la cocina de mi mamá: es larga y llena de
muebles blancos; tengo que instalar un soporte para poner el rollo de
servilletas de papel: el soporte es anaranjado, tosco, mi mamá lo compró en los
70s. Busco un espacio en la cocina donde quede bien, pero no lo encuentro: en
las paredes hay imágenes de santitos y grietas. Abro las puertas de un gabinete
de trastes: donde debería haber platos y vasos, están los libros de mi papá.
Por dentro, noto que el gabinete está chueco, pero firme; en uno de los cantos
exteriores empiezo a colocar con unos tornillos el soporte porta-servilletas. Luego estoy en casa
de la mamá de Doris arreglando un cortinero: como no tengo escalera ni banco,
tengo que pararme de puntas en el canto de un ventanal. Llega Anita, la
asistente de la mamá de Doris y empieza a moverme los talones para que me
caiga. De pronto todo cambia: veo una isla, se supone que es Corea (estos días hemos estado viendo cine de terror coreano). La isla
está rodeada de niebla y entre la maleza vive un enorme monstruo que nadie ha
visto. El monstruo devora a sus víctimas cuando algún
fragmento de ropa se convierte en libélula y vuela hacia la isla. El
monstruo entonces sabe dónde están las víctimas y puede devorarlas a distancia,
con la mente. Estoy practicando karate en una playa: el mar es gris y frío. Entonces
un pedazo de mi manga se desprende, se convierte en libélula y vuela hacia el
mar: en ese momento sé que estoy condenado, que el monstruo de la isla me va a
devorar. Doris me dice que no va a pasar nada, que sólo cambie de sueño. Ahora
vamos Doris, Toni Rodríguez, Gilberto Soriano y yo en un automóvil muy grande:
recorremos las calles de Guadalajara. Es sábado. Llegamos a un estacionamiento, nos bajamos del auto y entramos a la Comercial Mexicana; como es temprano, hay poca gente.
Me subo a un carrito que Doris empuja, todavía voy preocupado por el monstruo
de la isla, pero Doris me dice que no pasa nada, que
me va a llevar a bailar. El salón de baile es muy oscuro y está en las bodegas
de la tienda: en las penumbras se logran ver refrigeradores industriales y mesas grandes. Entonces me acuerdo que necesitamos un espejo para un pequeño
baño que construimos junto al baño y le digo a Doris que me ayude a escogerlo: el
espejo tiene que ser de color blanco. Salimos de las bodegas; Gilberto dice que se va a buscar unos
libros. Estamos Doris y yo frente al estante de los espejos, pero un niñito
gordo nos impide verlos. Luego vamos ya formados en la fila de la caja; mientras
esperamos, Toni le va explicando a Gilberto como preparar un guiso de
chícharos. Doris paga, pero una viejita que está ayudando a meter las compras
en bolsas, me da el cambio a mí. Busco entre el cambio una moneda de cinco
pesos para darle propina a la viejita y me encuentro una pequeña figura metálica.
Se trata de una moneda conmemorativa de los ferrocarriles en Guadalajara, tiene un trenecito y dos diminutos ferrocarrileros de pie, saludando; también tiene una base para poder
sostenerla. Le digo a Doris que la pongamos de adorno en la biblioteca; la
viejita dice que vale mucho, como setenta pesos. Ahora estamos caminando por un pasillo exterior: noto que Toni y
Gilberto van descalzos; pienso que deberíamos haberles comprado unos huaraches.
Al llegar al estacionamiento descubrimos que se robaron el auto y nos da mucho coraje; Toni dice que le va a llamar a su hermana para que pase por nosotros. Pero entonces
vemos que no es cierto: lo que pasa es que hay una fila de autos que no estaba ahí antes, tapando el nuestro. Nos
subimos al auto y arrancamos, Doris al volante. Luego vamos por un camino medio rural, al
fondo se ve una montaña muy grande; estamos contentos… Despierto.
martes, 25 de julio de 2017
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