miércoles, 12 de julio de 2017

12 DE JULIO DE 2017

Primer sueño: estoy en un bosque dorado, dos perros grandes me acompañan. Camino: detrás de una loma hay un fraccionamiento amurallado al cual tengo que entrar, se me unen otros hombres desconocidos, cargamos equipo para escalar y algunas ballestas; somos una especie de célula militar. Noto que algunas partes del sueño semejan un anime. Nuestra misión es escalar las paredes del fraccionamiento y rescatar a mi tío Juan (q.e.p.d.), quien vive adentro muy feliz sin saber que está atrapado. En una de las viviendas del fraccionamiento se ve a una mujer cursi recostada en un diván rojo: la rodean adornos de corazoncitos y ridículos peluches blancos, pero ella está satisfecha de sí misma y nos saluda con la mano. Aparecen escenas de mi tío en su juventud: es un artista famoso, se ven fotos grises donde María Félix lo acompaña y una multitud le aclama. Sigo en el fraccionamiento: recorremos pasillos, cruzamos salones de escuela vacíos, vamos matando zombies. Mi tío aparece repentinamente en algunos sitios lejanos, pero cuando llegamos a ellos ya no está. De pronto todo cambia y me encuentro en la casa donde viví de niño. Es muy temprano y estoy esperando a que lleguen unas compañeras pues les voy a ayudar a hacer la tarea. Me asomo para ver si hay espacio para que estacionen su volkswagen: enfrente de la casa hay una enorme camioneta destartalada y un cochecito;  en medio de ellos, un espacio donde según yo cabrían apenas. Recorro el jardín para abrir la reja con mis llaves, veo que el buzón está atiborrado de cartas. Entonces pasa la combi de la familia Barrera, va repleta de personas que se ven amontonadísimas. Se estacionan frente a la casa: Luis Barrera baja una ventanilla y me dice que si quiero ir con ellos a una fiesta; también van sus hermanas Claudia y Pilar, todos están muy contentos. Le digo que sí y me cuelgo de la ventana cuando la combi empieza a avanzar lentamente. Luis saca un celular para decirle a Roberto Ugalde que sí voy a ir a la fiesta. Entonces me doy cuenta de que estoy en un sueño y que son dos tiempos empalmados: finales de los 70s (cuando conocí a los Barrera) y el presente. Cuando me suelto de la Combi ya vamos por Colina de Mocuzari, a cinco cuadras de casa. Les digo a todos que ahorita los alcanzo, que tengo que regresar a cerrar con llave y a avisarle a mi mamá. Despierto… Segundo sueño: una excavación donde varios arqueólogos trabajan: cada arqueólogo es un país. Hay una juez gorda y distinguida que va vestida de negro: le dice al arqueólogo Alemania que no les ordene a los demás países lo qué deben hacer. En una parte de la excavación empiezan a surgir burbujas de colores: de cerca, se revela que dentro de cada burbuja está encerrada una ciudad moderna en miniatura. Despierto… Tercer sueño: estoy en una mansión enrome que siempre sueño. En medio tiene una escalera majestuosa que da a los pisos de arriba; a ambos lados hay salones con muy pocos muebles; al fondo una cocina industrial. Llega Ricardo Malacara y me dice que tenemos que terminar un proyecto para la Escuela Mexicana de Escritores: se trata de contar la historia humana acomodando estampas en una especie de mueble vertical con repisas. Cada estampa tiene una animación breve que se repite una y otra vez: en la repisa superior acomodo estampas naranjas y ocres con escenas de cavernícolas, orugas gigantes, volcanes en erupción; en la repisa de en medio: estampas azules con escenas de nobles franceses del siglo XVIII que se mueven lentamente. Ya sólo me falta la última parte, la que narrará "el regreso de Jesucristo". Malacara me dice que me apure, que él me espera arriba; entonces amontono estampas en desorden, pero luego me doy cuenta de que no hay mucha lógica narrativa: hay una estampa donde aparece una pirámide bañada por el sol, tres donde se repite la misma escena de un pueblito mexicano pero vista de diferentes ángulos. Entonces entro a una hermosa estampa donde hay varias vacas en el campo, a lo lejos se ve un establo y unas montañas nevadas. Las vacas me miran amorosamente y me alegra saber que ya no como carne (lo cual es cierto). Salgo de la estampa y otra vez estoy en la mansión: voy a la sala de junto donde varios hombres muy elegantes discuten otro proyecto alrededor de una mesa: aunque no lo parecen, sé que son vampiros. Uno de los hombres nota mi presencia y me dice que la familia de Malacara acaba de llegar de Paris, que si quiero subir; le digo que no, que yo ya sé cómo son las habitaciones de arriba (y sí, en otros sueños he estado ahí: son habitaciones confortables y muy largas; están llenas de camas, juguetes y armarios con cajoncitos). Regreso a buscar mis zapatos para salir de la mansión: están debajo de un catre, pero no me atrevo a sacarlos pues sentado en el catre hay un angelito gordo y rubio leyendo cómics; sé que es de mala suerte interrumpirlo. Salgo descalzo de la mansión: está amaneciendo y en las altas copas de los árboles se escuchan cantos y gritos de aves tropicales. Me dirijo a un auto estacionado donde se supone que estoy viviendo en lo que encuentro mi propia casa: de la guantera saco un teléfono grande para avisarle a Malacara pero no hay línea. Regreso a la mansión: en la entrada está un mayordomo medio siniestro que ya no me permite entrar, lo cual me hace sentir mucho alivio… Despierto y anoto. 

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17 DE FEBRERO DE 2019