Primer sueño: voy volando por encima
de unos pantanos que están en el parque Naucalli; arriba hay nubes negras y
hace mucho frío. Sigo así por Boulevard de la Santa Cruz; mi manera de volar es
moviendo los pies como si estuviera patinando a treinta centímetros de la superficie. A
un lado de la calle se ven los enlodados campos de futbol americano, pero como
estaban en los ochentas. De pronto el exterior ya no es Naucalpan, sino Cancún; empieza
a salir el sol. Los pantanos se convierten en un río: en sus orillas hay autos
estacionados: distingo una Limousine de color
blanco; sentado en el cofre, un hombre revisa su revólver. Pienso que si estoy
en Cancún, entonces tengo que encontrar trabajo y un lugar dónde establecerme (en
la vida real, viví casi dos años en Cancún a finales de los ochentas). Luego
estoy en el mismo río, pero ahora soy un pirata a bordo de un velero. Hay un sol radiante y a ambas orillas del río se ven muchas personas, construcciones y
vegetación; se siente un ambiente festivo. En el velero hay más piratas,
haciendo tareas diversas. Sigo volando hasta la proa, de ahí salto al río y me
voy adelantando al velero hasta que llego a una abertura redonda, como la boca de una tubería
por donde continúa la corriente. Entro: el sitio está iluminado y tiene a ambos
lados unos pasillos con escaleras; el agua se ve estancada y llega como a la
mitad del círculo que mide unos veinte metros de diámetro. En ese momento me doy cuenta de que el lugar
es en realidad un monstruo marino y que la abertura redonda por donde acabo de
entrar, pese a ser una edificación, corresponde al ano. Les pido a los otros
piratas que vengan a rescatarme; aunque se quedaron afuera y están muy lejos,
ellos me escuchan perfectamente. El capitán me responde que el barco es muy
grande y que no quiere arriesgarse a que se doblen las velas: para convencerlo,
le miento, diciendo que encontré muchos tesoros. A mi alrededor flotan varios
cubos enormes de madera; el agua
desaparece y ahora estoy en unas tarimas donde hay una especie de feria. Veo puestos de manga
(cómics japoneses), globos, muchachos de secundaria comprando golosinas. Entre
los puestos van caminando varios personajes de One Piece, la serie de anime.
Luego todo cambia: estoy en un departamento pequeño; es de noche y desde la
ventana se divisan muchos edificios. Me siento algo preocupado: tengo la
oportunidad de ir tres meses a Canadá para estudiar Historia de las
Animaciones, pero no quiero separarme de Doris. Ella me dice que me vaya, que en
un par de semanas me alcanza. Luego me pide que estando allá no me la pase todo
el tiempo viendo animaciones; que también aproveche para mejorar mi "inglés de
pollero"… Despierto. Segundo sueño: una habitación ocupada casi en su totalidad
por un colchón tirado en el suelo. Paralelo al colchón hay una chimenea muy
grande. Estoy acostado en un extremo del colchón; por más que lo intento, no
logro despertar. A mi alrededor hay varios perritos olisqueando ropa y otros
objetos. Entra a la habitación una señora mayor que es algo así como una nana:
no quiero que me vea, pues debajo de las cobijas estoy desnudo. La señora empieza
a hacer ruido con el papel celofán que tiene hecho bolita en una mano: me
molesta, pero es su fórmula mágica para obligarme a "cambiar de sueño". Ahora voy
caminando por un campo nublado; me acompaña Mario González Suárez, quien me va a revelar un gran secreto. Llegamos a un refugio de paredes de
lámina, parecido a la Dirección de la Escuela Mexicana de Escritores cuando
estaba en Coyoacán, aunque mucho más grande. Desde las ventanas se ve el interior
del refugio: hay dos mesas largas donde varias señoras están tejiendo. Pasamos
por una puertita y Mario me dice: "estas señoras me enseñaron a tejer, ahora te
van a enseñar a ti"; a ellas les dice que soy "el amigo de Tario"... Despierto.
Tercer sueño: mi tío Lalo y mi tía Dyrna van caminando juntos; a su espalda, en
una especie de canasto, voy colgando yo, de niño. Estamos en el vestíbulo de
los cines Toreo; alrededor de nosotros hay muchísima gente, también caminando. Pasamos
por una taquilla donde venden los boletos para una película de los cuarentas
que se llama Sulo: el cartel muestra a Luis Aguilar y a otra actriz de aquella época que no
reconozco: están enojados, mirando a "Sulo" una especie de gángster infernal
cuyo rostro parece una máscara. Me da gusto que estén pasando pelis viejas,
para las nuevas generaciones. Voy tomado de la mano de alguien, supongo que es
mi tía Dyrna, pero entonces descubro que la mano pertenece a una señora
desconocida, flaca y algo triste: nos soltamos un poco apenados; ella va
acompañada de otra señora y sus hijos, una niña y un niñito. Veo que pasan por la taquilla donde
venden los boletos para Marcelino pan y vino, pero la niña dice que no quiere ver
esa película. Mis tíos se alejan de ellos, conmigo a la espalda: aún alcanzo a
darme cuenta de que las señoras y los niños entran a una sala donde se exhibe Silo,
una peli animada. Veo el cartel donde aparece, saludando, Silo: es una especie de
ratón rosa, bastante nefasto. Mis tíos se detienen: de la nada aparece la escena
de una mesa donde hay vasos, cubiertos y
un plato de pescado ya servido. Una presencia hace que la mesa de varias vueltas
en el aire y vuelva a caer, pero ahora está completamente vacía. La presencia me
indica que es para preparar mi clase de vampiros: entonces cae en la mesa el gris
cadáver de un horrible nosferatu desnudo, listo para que yo le haga la
autopsia. Quedo aterrado y regreso a la parte del sueño donde estoy en los
cines, con mis tíos. De pronto, entre la multitud, aparecen mi papá y mi mamá
como eran en los setentas: van del brazo y les da mucho gusto verme. Yo saltó
del canasto donde me llevaban mis tíos al canasto que llevan en la espalda mis
papás. Mi tío dice que están muy orgullosos de mí… Despierto.
lunes, 24 de julio de 2017
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