miércoles, 26 de julio de 2017

26 DE JULIO DE 2017

Estoy en el interior de una bodega inmensa y oscura: el piso es una rampa, por lo que tengo que descansar en una repisa para no resbalarme. Junto a mí hay un televisor pequeño y unas niñas árabes durmiendo. Hasta donde alcanzo a ver, hay grupos de personas en sus respectivas repisas; son tribus. En el televisor están transmitiendo un documental sobre unos insólitos y fascinantes animalitos que acaban de descubrir. Los animalitos, rojos y anaranjados, son entre gusanos y hormigas; se cree que son muy inteligentes pues construyen puentes y hacen formaciones militares: al verlos dan miedo, pero a la vez maravillan. Entonces empiezo a resbalar por la rampa, trato de aferrarme a otras repisas pero no lo logro; conmigo van resbalando otras personas. Al llegar a la parte de abajo, veo una cortina metálica a medio abrir: afuera hay mucha luz. Salgo: ahora estoy en un restaurante grande y lleno de plantas. En una mesa está Doris, desayunando, llego con ella y me dice que no tenemos pan. Me dirijo a una vitrina donde se exhiben panes de distintos tamaños y formas; en eso llega Timo Sosa con un costal a cuestas. Timo me abraza y luego abre el costal: está lleno de unos panes redondos hechos de hebras que se ven riquísimos. Me da dos panes y me dice que tiene que regresarse a Campeche (Timo es uno de mis mejores amigos y actualmente vive allá). Luego vamos Doris y yo caminando por la Zona Rosa; hay mucha gente disfrazada, como si fueran a un carnaval. En una jardinera nos encontramos una caja grande de cartón llena de ropa doblada: son blusas y chamarras. Desdoblamos una de las prendas y vemos que tiene una etiqueta que dice "Magdalena López Hernández", quien es amiga nuestra. Entonces nos enteramos que toda la ropa es de ella y que acaban de correrla de su trabajo. Seguimos caminando, buscando a Magdalena, pero no la vemos en ninguna parte. Luego estoy sin Doris en el Paseo de la Reforma, a la altura del museo de Antropología: es de madrugada y está lloviendo. Hay mucha gente conmigo, se supone que somos los integrantes de una misión cuyo objetivo ignoro: tenemos que salir en unos momentos, algunos a pie y en grupos, otros en autos de carreras. Voy a pie con mi grupo: compartimos un enorme paraguas transparente; junto a nosotros pasan ruidosos los autos de carreras. De pronto estamos ya en Insurgentes, pero se trata de una calle curva, blanca, iluminada con faroles chinos. Me separo del grupo y entro a un cine. La sala del cine está casi vacía, en la pantalla están exhibiendo una película que trata sobre una máquina de sueños. Un científico manipula la máquina: una especie de lavadora gigante coronada con un racimo de tuberías que se pierden en diferentes direcciones, y que es por donde salen los sueños. Luego soy yo quien manipula la máquina; junto a mí hay un mayordomo sirviendo vasos de refresco. La máquina tiene una puertita que es muy peligroso abrir pues puede desajustarse todo el proceso. Sabiendo que corro un riesgo, abro la puertita y veo que en el interior hay un collage de portadas de libros: distingo las portadas de obras de Hesse, Lovecraft, Freud y Oliver Sacks. De pronto todo cambia: otra vez voy con Doris, caminando por una calle tranquila. Llevamos un paraguas, pues sigue lloviendo: nos dirigimos a casa de Sven, donde tomaremos una clase. Como es muy temprano, les llamo por teléfono: me contesta María y nos dice que podemos llegar antes, sin problema, que ya llegó Gustavo Beck, quien también tomará la clase. Veo una escena: en un salón largo, como un vagón de tren, juegan al ajedrez Sven y Gustavo Beck; las paredes son de cristal. Ya estamos a punto de llegar: veo la casa de lejos, al final de una calle arbolada. Entonces descubro que Doris y yo vamos cargando cajas de regalos con moños y envolturas blancas… Despierto.

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17 DE FEBRERO DE 2019