Estoy en el interior de una
bodega inmensa y oscura: el piso es una rampa, por lo que tengo que descansar
en una repisa para no resbalarme. Junto a mí hay un televisor pequeño y unas niñas
árabes durmiendo. Hasta donde alcanzo a ver, hay grupos de personas en sus respectivas
repisas; son tribus. En el televisor están transmitiendo un documental sobre
unos insólitos y fascinantes animalitos que acaban de descubrir. Los animalitos, rojos y anaranjados, son entre gusanos y hormigas; se cree que son muy inteligentes pues construyen puentes y hacen formaciones militares: al verlos dan
miedo, pero a la vez maravillan. Entonces empiezo a resbalar por la rampa,
trato de aferrarme a otras repisas pero no lo logro; conmigo van resbalando
otras personas. Al llegar a la parte de abajo, veo una cortina metálica a medio
abrir: afuera hay mucha luz. Salgo: ahora estoy en un restaurante grande y
lleno de plantas. En una mesa está Doris, desayunando, llego con ella y me dice
que no tenemos pan. Me dirijo a una vitrina donde se exhiben panes de distintos
tamaños y formas; en eso llega Timo Sosa con un costal a cuestas. Timo me
abraza y luego abre el costal: está lleno de unos panes redondos hechos de
hebras que se ven riquísimos. Me da dos panes y me dice que tiene que regresarse
a Campeche (Timo es uno de mis mejores
amigos y actualmente vive allá). Luego vamos Doris y yo caminando por la Zona
Rosa; hay mucha gente disfrazada, como si fueran a un carnaval. En una
jardinera nos encontramos una caja grande de cartón llena de ropa doblada: son
blusas y chamarras. Desdoblamos una de las prendas y vemos que tiene una etiqueta
que dice "Magdalena López Hernández", quien es amiga nuestra. Entonces nos enteramos
que toda la ropa es de ella y que acaban de correrla de su trabajo. Seguimos
caminando, buscando a Magdalena, pero no la vemos en ninguna parte. Luego estoy sin Doris en el Paseo de la Reforma, a la altura del museo de Antropología: es de
madrugada y está lloviendo. Hay mucha gente conmigo, se supone que somos los
integrantes de una misión cuyo objetivo ignoro: tenemos que salir en unos
momentos, algunos a pie y en grupos, otros en autos de carreras. Voy a pie con
mi grupo: compartimos un enorme paraguas transparente; junto a nosotros pasan ruidosos los autos de carreras. De pronto estamos ya en
Insurgentes, pero se trata de una calle curva, blanca, iluminada con faroles
chinos. Me separo del grupo y entro a un cine. La sala del cine está casi
vacía, en la pantalla están exhibiendo una película que trata sobre una máquina
de sueños. Un científico manipula la máquina: una especie de lavadora gigante
coronada con un racimo de tuberías que se pierden en diferentes direcciones, y
que es por donde salen los sueños. Luego soy yo quien manipula la máquina;
junto a mí hay un mayordomo sirviendo vasos de refresco. La máquina tiene una
puertita que es muy peligroso abrir pues puede desajustarse todo el proceso.
Sabiendo que corro un riesgo, abro la puertita y veo que en el interior hay un collage
de portadas de libros: distingo las portadas de obras de Hesse, Lovecraft,
Freud y Oliver Sacks. De pronto todo cambia: otra vez voy con Doris, caminando
por una calle tranquila. Llevamos un paraguas, pues sigue lloviendo: nos
dirigimos a casa de Sven, donde tomaremos una clase. Como es muy temprano, les
llamo por teléfono: me contesta María y nos dice que podemos llegar antes, sin
problema, que ya llegó Gustavo Beck, quien también tomará la clase. Veo una escena: en un salón largo, como un
vagón de tren, juegan al ajedrez Sven y Gustavo Beck; las paredes son de
cristal. Ya estamos a punto de llegar: veo la casa de lejos, al final de una
calle arbolada. Entonces descubro que Doris y yo vamos cargando cajas de
regalos con moños y envolturas blancas… Despierto.
miércoles, 26 de julio de 2017
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