Primer sueño: Doris y yo vamos
caminando por una colonia pobre de provincia. Es muy noche y alguien nos guía
pues tenemos que llegar a un refugio donde les daremos cursos a varios jóvenes
pandilleros. Cruzamos callejuelas desiertas y algo enredadas: llegamos a una
parte donde hay dos pandilleros haciendo guardia; cuando nuestro guía les dice
quiénes somos, nos dejan continuar. Llegamos al refugio: es una casa de un solo
piso que abarca toda la manzana. Adentro hay varios patios en desnivel y
habitaciones distribuidas en un orden caótico: en ellas hay grupos de jóvenes
sentado en el suelo, escuchando jazz o bebiendo. Frente a cada grupo hay
líderes vigilando que nadie se pase de lanza; el ambiente me recuerda la
película setentera The Warriors. Me
siento a hablar con los jóvenes y entonces descubro que tengo la ropa llena de
sangre: junto a mí hay un borracho herido, durmiendo; alguien me dice que no me
preocupe, que ya está fuera de peligro. De pronto estoy caminando por la colonia
Roma: es la calle de Campeche, a la altura del mercado de Medellín, pero en el sueño las
banquetas de enfrente se ven muy lejos. En un auto estacionado están Doris y
Mave Gaya; no hay más coches a la vista. Doris come sushi con unos palitos mientras
Mave le cuenta asuntos trascendentes de su vida; sé que no debo
interrumpirlas y me voy caminando hacia la calle de Monterrey. Paso por un
puestito donde venden collares, bolsas de estambre y manteles bordados; voy a
comprar algo pero entonces suena un ruido (no sé si en el sueño o afuera) que
me despierta… Segundo sueño: estoy con mis actuales alumnos de tarot subiendo por
una escalera estrecha que da a las instalaciones de un café oriental. Cuando
llegamos arriba, se revela un salón largo y casi vacío; en uno de los extremos,
junto a un ventanal, varios meseros acomodan tacitas y cubiertos sobre una mesa
muy baja. Nos sentamos alrededor de la mesa: a un lado, de pie y muy juntos,
están cinco o seis de los actores de The
Godfather, esperando a que Coppola llegue a dirigirlos. Reconozco a Marlon
Brando y a Al Pacino, se ven muy jóvenes. Los meseros salen a traer una
alfombra. El Peter se les queda viendo a los actores y les dice: "¿ustedes
votan o los botan?", luego suelta una estruendosa carcajada (como es habitual
cuando cuenta uno de sus chistes en la vida real). Los actores no entienden y
nosotros le decimos al Peter que mejor nos ayude a desenrollar la alfombra que
acaban de traer los meseros. Cerca de la mesa hay una tortilla gigante: sobre
ella está acostada una mujer china, cubierta de guacamole hasta el cuello. Tiene
el pelo muy largo y los ojos cerrados, y yo no sé si está dormida o muerta; me
asusto mucho y les digo a los meseros que no la quiero ahí. Llegan
unos camilleros y, tomando los extremos de la totilla, se la llevan rumbo a las
cocinas. El Peter dice que no es necesario quitar la mesa para poner la
alfombra; Leyluna le contesta que entonces nos echen la alfombra encima de la
cabeza. Todos se ríen. Luego todo
cambia: estamos Doris y yo en un restaurante al aire libre ubicado en La Florida,
Naucalpan, a la altura de La Abeja (el restaurante no existe en la realidad).
Una mesera nos informa que ya sólo quedan crepas y Doris dice que está perfecto
(ayer fui con Doris y mis alumnos de tarot a merendar y, de postre, el Peter
invitó las crepas). Sirven las crepas: desde donde estamos se ve que las Torres
de Satélite sostienen una esfera kilométrica cuya superficie es como un espejo
metálico semitransparente. En el interior de la esfera se logra percibir
tenuemente mucho movimiento, como si se tratara de otra ciudad: da miedo.
Luego, Doris y yo vamos en el coche rumbo a casa: ella maneja. Pasamos por una
salida que va a dar a un autocinema y yo le digo que si quiere ir; ella de
inmediato da la vuelta y nos topamos con una fila de autos que esperan entrar: en un letrero luminoso, dice que la película que exhiben es Sky,
de la cuál nada sabemos. Entonces dudo, pienso que si entramos vamos a llegar
muy noche a la casa donde nos esperan los perritos; Doris dice que no me preocupe. Entramos al autocinema y desaparece el coche: ahora estamos de pie en una especie
de vestíbulo que es a la vez cocina y baño; hay mucha gente. Junto a un
expendio de nachos y hot dogs, unas mujeres enormes se están preparando para
dar un show: son algo así como luchadoras y en cada uno de sus gruesos muslos
tienen puestos varios calzones de colores chillantes. Junto a ellas, en un lavabo,
un hombre flaco se cepilla los dientes: cuando escupe y abre la boca para mirarse en el espejo, vemos que está totalmente chimuelo. Van entrando en grupos varios
personajes más: son siniestros y desgarbados, como del hampa. Entonces pasamos
a la sala y resulta que el cine es un cine de butacas; Doris me explica que
como en esa colonia no hay muchos coches, este autocinema funciona mejor como
cine normal. Recorremos pasillos donde muchas familias se están acomodando; las
butacas son de cemento y las barditas están pintadas de azul, cual si fuera una
secundaria oficial. Conforme avanzamos, descubrimos que el cine es realmente
enorme, parece una cordillera: miro hacia el frente y veo que la pantalla abarca
todo el horizonte. Entre las primeras butacas y la pantalla, hay praderas donde
pastan algunas vacas. Seguimos caminando para buscar asientos vacíos: de pronto
noto que Doris se ha quedado atrás, pues se nos cayó un frasco de pegamento. Regreso a ayudarle y veo que el frasco está hecho añicos y que el pegamento escurre entre
las gradas. Entonces llega un niño, se sienta en el piso y empieza a embarrar
el pegamento en un portafolios que carga: cuando el portafolios está todo
manchado, continúa embarrándose pegamento en la cara y en el pelo. Doris y yo
nos alejamos del niño. Voy pensando que ese cine es realmente extraño cuando a
lo lejos, donde terminan las filas, se divisan un par de butacas lujosísimas,
rodeadas de plantas y alumbradas por un círculo de luz celestial: son nuestras
butacas. Despierto… Tercer sueño: estoy en un hermoso jardín cubierto. Me balanceo en una
hamaca y alrededor corretean mis perritos: en un pequeño buró está un libro a
medio leer y una bolsa de chocolates de menta. Sé que aún me queda un
chocolate, pero cuando me asomo a la bolsa descubro que ha desaparecido.
Entonces veo que mi perrita Marnie está masticando en un rincón: corro a
abrirle la boca y saco el chocolate todo babeado. Cuando voy a colocar el
chocolate en un bordito de la pared, llega Doris y me regaña: me dice que si
quiero dejar una ofrenda, ella me indica dónde ponerla. Me lleva a una parte
del jardín que no conozco: en un rincón, entre las enredaderas, hay un ídolo
azteca incrustado en el muro; a sus pies hay varios chocolates mordisqueados…
Despierto.
jueves, 13 de julio de 2017
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