jueves, 13 de julio de 2017

13 DE JULIO DE 2017

Primer sueño: Doris y yo vamos caminando por una colonia pobre de provincia. Es muy noche y alguien nos guía pues tenemos que llegar a un refugio donde les daremos cursos a varios jóvenes pandilleros. Cruzamos callejuelas desiertas y algo enredadas: llegamos a una parte donde hay dos pandilleros haciendo guardia; cuando nuestro guía les dice quiénes somos, nos dejan continuar. Llegamos al refugio: es una casa de un solo piso que abarca toda la manzana. Adentro hay varios patios en desnivel y habitaciones distribuidas en un orden caótico: en ellas hay grupos de jóvenes sentado en el suelo, escuchando jazz o bebiendo. Frente a cada grupo hay líderes vigilando que nadie se pase de lanza; el ambiente me recuerda la película setentera The Warriors. Me siento a hablar con los jóvenes y entonces descubro que tengo la ropa llena de sangre: junto a mí hay un borracho herido, durmiendo; alguien me dice que no me preocupe, que ya está fuera de peligro. De pronto estoy caminando por la colonia Roma: es la calle de Campeche, a la altura del mercado de Medellín, pero en el sueño las banquetas de enfrente se ven muy lejos. En un auto estacionado están Doris y Mave Gaya; no hay más coches a la vista. Doris come sushi con unos palitos mientras Mave le cuenta asuntos trascendentes de su vida; sé que no debo interrumpirlas y me voy caminando hacia la calle de Monterrey. Paso por un puestito donde venden collares, bolsas de estambre y manteles bordados; voy a comprar algo pero entonces suena un ruido (no sé si en el sueño o afuera) que me despierta… Segundo sueño: estoy con mis actuales alumnos de tarot subiendo por una escalera estrecha que da a las instalaciones de un café oriental. Cuando llegamos arriba, se revela un salón largo y casi vacío; en uno de los extremos, junto a un ventanal, varios meseros acomodan tacitas y cubiertos sobre una mesa muy baja. Nos sentamos alrededor de la mesa: a un lado, de pie y muy juntos, están cinco o seis de los actores de The Godfather, esperando a que Coppola llegue a dirigirlos. Reconozco a Marlon Brando y a Al Pacino, se ven muy jóvenes. Los meseros salen a traer una alfombra. El Peter se les queda viendo a los actores y les dice: "¿ustedes votan o los botan?", luego suelta una estruendosa carcajada (como es habitual cuando cuenta uno de sus chistes en la vida real). Los actores no entienden y nosotros le decimos al Peter que mejor nos ayude a desenrollar la alfombra que acaban de traer los meseros. Cerca de la mesa hay una tortilla gigante: sobre ella está acostada una mujer china, cubierta de guacamole hasta el cuello. Tiene el pelo muy largo y los ojos cerrados, y yo no sé si está dormida o muerta; me asusto mucho y les digo a los meseros que no la quiero ahí. Llegan unos camilleros y, tomando los extremos de la totilla, se la llevan rumbo a las cocinas. El Peter dice que no es necesario quitar la mesa para poner la alfombra; Leyluna le contesta que entonces nos echen la alfombra encima de la cabeza. Todos se ríen. Luego  todo cambia: estamos Doris y yo en un restaurante al aire libre ubicado en La Florida, Naucalpan, a la altura de La Abeja (el restaurante no existe en la realidad). Una mesera nos informa que ya sólo quedan crepas y Doris dice que está perfecto (ayer fui con Doris y mis alumnos de tarot a merendar y, de postre, el Peter invitó las crepas). Sirven las crepas: desde donde estamos se ve que las Torres de Satélite sostienen una esfera kilométrica cuya superficie es como un espejo metálico semitransparente. En el interior de la esfera se logra percibir tenuemente mucho movimiento, como si se tratara de otra ciudad: da miedo. Luego, Doris y yo vamos en el coche rumbo a casa: ella maneja. Pasamos por una salida que va a dar a un autocinema y yo le digo que si quiere ir; ella de inmediato da la vuelta y nos topamos con una fila de autos que esperan entrar: en un letrero luminoso, dice que la película que exhiben es Sky, de la cuál nada sabemos. Entonces dudo, pienso que si entramos vamos a llegar muy noche a la casa donde nos esperan los perritos; Doris dice que no me preocupe. Entramos al autocinema y desaparece el coche: ahora estamos de pie en una especie de vestíbulo que es a la vez cocina y baño; hay mucha gente. Junto a un expendio de nachos y hot dogs, unas mujeres enormes se están preparando para dar un show: son algo así como luchadoras y en cada uno de sus gruesos muslos tienen puestos varios calzones de colores chillantes. Junto a ellas, en un lavabo, un hombre flaco se cepilla los dientes: cuando escupe y abre la boca para mirarse en el espejo, vemos que está totalmente chimuelo. Van entrando en grupos varios personajes más: son siniestros y desgarbados, como del hampa. Entonces pasamos a la sala y resulta que el cine es un cine de butacas; Doris me explica que como en esa colonia no hay muchos coches, este autocinema funciona mejor como cine normal. Recorremos pasillos donde muchas familias se están acomodando; las butacas son de cemento y las barditas están pintadas de azul, cual si fuera una secundaria oficial. Conforme avanzamos, descubrimos que el cine es realmente enorme, parece una cordillera: miro hacia el frente y veo que la pantalla abarca todo el horizonte. Entre las primeras butacas y la pantalla, hay praderas donde pastan algunas vacas. Seguimos caminando para buscar asientos vacíos: de pronto noto que Doris se ha quedado atrás, pues se nos cayó un frasco de pegamento. Regreso a ayudarle y veo que el frasco está hecho añicos y que el pegamento escurre entre las gradas. Entonces llega un niño, se sienta en el piso y empieza a embarrar el pegamento en un portafolios que carga: cuando el portafolios está todo manchado, continúa embarrándose pegamento en la cara y en el pelo. Doris y yo nos alejamos del niño. Voy pensando que ese cine es realmente extraño cuando a lo lejos, donde terminan las filas, se divisan un par de butacas lujosísimas, rodeadas de plantas y alumbradas por un círculo de luz celestial: son nuestras butacas. Despierto… Tercer sueño: estoy en un hermoso jardín cubierto. Me balanceo en una hamaca y alrededor corretean mis perritos: en un pequeño buró está un libro a medio leer y una bolsa de chocolates de menta. Sé que aún me queda un chocolate, pero cuando me asomo a la bolsa descubro que ha desaparecido. Entonces veo que mi perrita Marnie está masticando en un rincón: corro a abrirle la boca y saco el chocolate todo babeado. Cuando voy a colocar el chocolate en un bordito de la pared, llega Doris y me regaña: me dice que si quiero dejar una ofrenda, ella me indica dónde ponerla. Me lleva a una parte del jardín que no conozco: en un rincón, entre las enredaderas, hay un ídolo azteca incrustado en el muro; a sus pies hay varios chocolates mordisqueados… Despierto. 

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