sábado, 8 de julio de 2017

8 DE JULIO DE 2009

Estoy en los escenarios de un videojuego parecido al Heretic; tengo que cruzar un mar cuadrado, pero del otro lado me están disparando. En uno de los extremos hay una torre donde puedo encontrar un atajo secreto para pasar. Entro a la torre: ahí está Marino, un hombre como de cuarenta años vestido completamente de blanco; es serio, correcto y amable: el prototipo del "héroe inmaculado", aunque de baja estatura. Marino me dice que los sueños son como los piojos porque son difíciles de atrapar, están en nuestra cabeza y se alimentan de nosotros (esto tal vez viene de un libro que estuve leyendo a principios de la semana: El hombre y sus símbolos, donde Jung afirma que, como materia de estudio, el inconsciente está, por lo menos, al nivel del piojo). Desaparece todo y estoy en un lugar que es al mismo tiempo la casa de mi abuelita Lila y el vestíbulo de un teatro. En esta parte del sueño tengo veinte años de edad y me acompañan Efraín Molina, Enrique de la Pascua y Josué Sosa; vamos a entrar a un concierto de Ange, la banda francesa de progre. Busco un teléfono público para poder "chatear" con Lila (quien murió en 1979); encuentro uno de los aparatos antiguos: negro y cuadrado, grandote. La manera de chatear es escribir con el dedo, abajo del aparato telefónico, lo que quiere uno decir; no es necesario descolgar ni nada. Le digo (le escribo) a Lila que voy a entrar al concierto y a ella le da mucho gusto. Sé que mi mamá le dijo a Efraín que no me permitiera beber (ahora no bebo, pero a los veinte años yo era medio borracho). Entramos a la sala: como nuestros boletos son baratos solo podemos ver el concierto desde una ventana. Veo los preparativos: hay una coreografía medieval, niños de coro formándose en el escenario. En una de las gradas está una mujer gorda vestida de novia y acompañada por varias doncellas; sus velos me impiden verles los rostros. Inicia el concierto pero todos estamos en la ventana amontonándonos y no se puede ver bien, así que me cuelo a la parte cara: me escondo en un rinconcito para que no me saquen. El concierto es extrañísimo: muchachas cantando, batallas medievales en uno de los extremos; los músicos no se ven por ninguna parte pero la música suena muy fuerte. Aparece Mave Gaya, en el sueño es mi prima mayor. Entre el público, unos ricachones abandonan sus asientos y se dirigen a una puerta que da a los camerinos; Mave y yo aprovechamos para sentarnos más adelante. Ahí hay algunas canastas con dulces mexicanos, le digo a Mave que nos robemos algunos: son limones rellenos de coco, charamuscas, alegrías; los comemos y saben horrible. Aparece un hombre francés y nos ofrece una oblea de pepita, la probamos y sabe riquísimo. Alrededor hay varios meseros recogiendo las canastas. En el escenario, los niños del coro empiezan a dar vueltas mientras suena la rola "Saltimbanques". Regresamos a la parte de atrás, le digo a Mave que me sé de memoria algunas rolas de Ange pero que en realidad no sé hablar francés, que soy como un perico. Ella me dice que quiere "iniciarse" en The Residents para poder entender un concierto que van a dar; yo le digo que luego le paso los cds básicos de la banda, y que si no le gustan, no se preocupe. Entonces todo cambia: estamos Doris y yo cerca de nuestra casa: algunos vecinos están platicando con Roy Orbison (ayer decidí poner como portada de Radio Fu Manchú, el grupo de facebook, un disco de los Traveling Wilburys). En la caseta de entrada de nuestro retorno hay una jardinera amurallada llena de plantas exóticas, nos asomamos por el borde y descubrimos que en el fondo hay mucha agua acumulada por las lluvias: se ven piedras redondas, algunos animalitos acuáticos que no logramos distinguir. El cuidador de la entrada, un muchacho con cara de pícaro que no conozco, me pasa un libro muy grueso y me dice que él lo arregló; sé que lo que quiere es que le de una buena propina. El libro es de filosofía: noto que está lleno de papeles engrapados y que, en varios de los capítulos, hay tarjetas amarillas con párrafos impresos donde algunas palabras se ven subrayadas con marcador; también hay dibujados osos blancos. Molesto, le digo al cuidador que no la amuele, que ya arruinó mi libro; Doris me dice que no me preocupe, que a lo mejor lo volvemos a encontrar en alguna librería de viejo. Despierto.

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17 DE FEBRERO DE 2019