domingo, 2 de julio de 2017

2 DE JULIO DE 2017

Primer sueño: mi mamá me dice que su tío Bernardo tenía unos terrenos en Zacatecas, los cuales quedaron intestados y que a lo mejor podemos recuperarlos. Veo los terrenos: son el parque que está frente al Centro Cultural San Ángel, que en mi sueño es enorme. Merodeo por los alrededores y voy a dar a un muro de piedra, ancho y alto; me trepo y comienzo a caminar por el borde. Es mediodía: a mi izquierda hay un cerro lleno de huizaches y nopales, la tierra es seca y amarilla. A mi derecha está un mar muy sucio, como moribundo; hay basura y pescados muertos, bolsas de plástico, costales. Después de mucho andar, me detengo: del lado del cerro, hasta arriba, un hombre viejo de pueblo y su niño me miran en silencio; están agachados y tienen un radio de transistores donde suena una canción ranchera a muy bajo volumen. Siento que no soy bienvenido y que están esperando a que me vaya, así que los saludo con la mano y les hago una señal que significa que solamente voy pasando, que me dirijo a mi casa para almorzar. Ellos se burlan, entonces me doy cuenta de que en realidad el niño es también un viejo y que ambos están chimuelos. En ese instante, del lado del mar, aparecen otros muchachos que también se están burlando y que me dicen a señas que hay mucha comida en el mar si uno sabe buscarla; veo que traen arpones y botas de hule, sé que andan atracando fuereños. Me da un poco de temor, pero pienso que si no me bajo del muro no me va a pasar nada. Sigo caminando, dándoles la espalda: al final del muro se ve una hacienda donde sé que Doris y mis amigos me esperan con comida. Despierto y anoto; a los pocos minutos vuelvo a dormirme... Segundo sueño: estoy en los pasillos de un laberíntico hotel vertical buscando mi habitación; fui invitado a dar unas clases en la CIRV, Convención Internacional de Revistas Virtuales (ya busqué: no existe tal cosa). Me topo con Antonio Lupián quien también está buscando su habitación; a él lo invitaron para presentar un número de Penumbria dedicado a David Bowie. Pasamos por varios pasillos que no dan a ninguna parte. Abrimos una puerta que da a un pequeño cuarto lleno de goteras; junto hay otro cuartito cerrado repleto de muertos amontonados que arañan la puerta. En una tercera puerta hay cadenas con candados; Lupián dice: "es para que no se salgan los fantasmas". Luego estoy yo solo en un elevador de jaula que se mueve hacia arriba: sin poder evitarlo oprimo el botón de alarma y me bajo de prisa para que no me regañen. Al salir me encuentro a la maestra Cecilia Durán, quien me pregunta: "¿ya desayunaste?, hay chilaquiles"; ella está ahí para presentar la revista Por escrito. Sigo recorriendo el hotel: me asomo a un balconcito que da a un callejón; luego llego a unas oficinas muy amplias, nuevas y bien iluminadas donde varios pilotos y azafatas se preparan para abordar un jet. Llego a otra parte del hotel donde hay una minúscula librería de libros infantiles: desde afuera, por los cristales del aparador, veo a varias señoras; también veo otra vez a Cecilia quien está hablando con unos inversionistas. Entro a la librería y empiezo a revisar los lujosos libros ilustrados; quisiera comprar algunos pero aún no me pagan. De pronto estoy sentado en el salón de una biblioteca muy antigua: los libreros son altísimos, se pierden en las tinieblas del techo. Frente a mí hay una mesa grande donde una veintena de alumnos y alumnas me están esperando para comenzar la clase. Alguien me sirve un café, pero no me atrevo a probarlo pues la taza es repulsiva, lovecraftiana: en vez de una, tiene tres asas equidistantes. Entonces les digo a los alumnos que saquen sus juegos de copias, vamos a leer el cuento "Lo trabajos de la ballena", de Eraclio Zepeda. Todos empiezan a leer en voz alta al mismo tiempo y el caos de voces retumba por toda la biblioteca: los hago parar, les explico que yo voy a leer y que ellos sigan la lectura en silencio. En eso suena el picotear de un pájaro carpintero: me despierto y descubre que el sonido es en realidad mi perrita Marnie que se está rascando. 

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