Primer sueño:
estoy tras mi PC buscando imágenes para una clase sobre vampiros orientales.
Aparece una foto de Joel-Peter Witkin: se trata de una madrota vampiro. La
imagen de la foto sale disparada de la pantalla y se dirige a una esquina
superior de la habitación donde se queda pegada: volteo a ver y es una enorme
crisálida de hilos y baba que me da mucho asco. Luego estoy con Doris dentro de
una tienda de campaña muy grande que está en medio de un bosque algo siniestro.
Estamos sentados en unas sillas plegables; vestimos como rusos pues hace mucho
frío. Nos encontramos ahí porque vamos a
dar una clase sobre vampiros que se transmitirá en la TV; Doris está muy
campante, platicando con nuestra amiga Gina quien será la presentadora del
programa. El director es Antonio Lupián quien está disfrazado de domador y anda
de un lado a otro dándole instrucciones a los chalanes, preparando cámaras y
luces. Afuera empieza a caer nieve: es medianoche. Yo estoy preocupado pues a mí me
toca hablar de novelas mexicanas de vampiros y no he leído muchas; sé que
Gerardo Porcayo escribió una muy buena pero no me acuerdo de qué se trata.
También sé que hay un autor del siglo XIX que escribió varias, pero no las he
leído. Necesito mis apuntes que se quedaron en una habitación a varios metros
de la tienda de campaña: quiero salir a traerlos pero la nevada es muy
intensa; además el programa está a punto de comenzar. Afuera, entre las ráfagas
de viento, se oyen aullidos de lobos. De pronto me encuentro en una sala de
espera de hospital: alrededor hay muchos harapientos durmiendo en los sillones.
Me miro y veo que yo también ando harapiento: traigo gorro y guantes tejidos,
una bufanda larguísima y sucia. Me estoy acomodando para intentar dormir cuando
entran a la sala cuatro hombres vestidos de negro: aunque no cargan armas, sé
que son asaltantes. De pronto el lugar se convierte en un vagón de metro: veo
la puerta abierta y salto hacia afuera. Uno de los hombres me sigue, yo camino
rápido: estamos en Metro Etiopía. El hombre se me adelanta y me impide pasar;
saco diez pesos y se los ofrezco, pero él me dice que es muy poco, que de
perdis cien. Entonces me doy cuenta de que está muy chavito y me da harta
ternura: lo abrazo y él trata de zafarse, lloriqueando. Abrazados, empezamos a
derretirnos lentamente; antes de ser un charco en el piso, alcanzo a ver que
estamos frente a unas rejas por donde entra el sol y que son sus rayos los que
nos están derritiendo. Desaparezco y ahora sólo soy el espectador del sueño que
es al mismo tiempo un cómic extrañísimo: veo una calle sateluca donde un hombre
delgado, vestido elegantemente a la usanza de los años 20s, espera a una mujer
afuera de una casa de dos pisos. Es sábado por la mañana, la calle tiene un
camellón ancho y está libre de tráfico; todos los coches estacionados son
negros. La mujer sale y cruza un jardín, llega a la reja y le dice al hombre
que el sultán está durmiendo. Tras una ventana del segundo piso veo al sultán:
es un hombre bigotón y gordo que duerme a pierna suelta entre almohadones. Luego
la escena cambia: el hombre delgado y la mujer aparecen en un bosque muy
luminoso; están sentados en una banca situada en medio de un claro. Aunque es
muy bella, la mujer contrasta con el hombre pues está toda fachosa y
despeinada: usa una bata transparente llena de agujeros que dejan ver su piel
verde. De pronto el sultán sale de unos árboles a abrazar a la pareja: les dice
que no se preocupen, que ya cumplieron su condena y que los deja en libertad.
En ese momento me doy cuenta de que estoy soñando y de que el sultán es en
realidad un vampiro o un león… Despierto. Segundo sueño: estoy en un patio muy
amplio, me rodean diez perritos pues además de los míos hay varios de visita.
Me identifico con un perrito negro y muy simpático, aunque bastante feo: va
feliz de un lado a otro tirando macetas mientras corre. De pronto me encuentro
en lo alto de un cerro: desde donde estoy se ven a lo lejos iglesias y
peregrinaciones de personas y perros que suben hacia mí. Tengo en pecho y
abdomen la imagen de San Judas Tadeo; sé que debajo hay un agujero grande que
deja a la intemperie mis pulmones y mi corazón. Alguien me dice que me quite la
imagen; así lo hago y descubro un cristal plano que deja ver mi interior: son
pequeños mecanismos de madera, adornos y plumas, cuentitas de cristal. Busco al
perrito negro, Doris me dice que acaba de verlo y eso me tranquiliza. Luego
estoy con mi prima Otilia y varias tías en un hotel grande, preguntando por una
reservación que hizo a nuestro nombre mi mamá. Recorremos pasillos largos donde
hay escenas varias: camareras viendo el box en un pequeño televisor, perros de
carreras, turistas gringos cargando una tabla de surf. Llegamos a una
habitación extraña: en el interior se oye un rumor que me da miedo, mis tías
pasan y yo me voy hacia el otro extremo del pasillo. Luego mi prima Otilia y yo
entramos a un elevador muy grande. Cuando se cierran las puertas y el elevador
empieza a bajar, de una de las esquina superiores surge un grotesco fantasma de
papel maché con un puñal de utilería en la mano: se nos abalanza volando y
entonces me despierto, algo asustado.
sábado, 22 de julio de 2017
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