sábado, 22 de julio de 2017

21 DE JULIO DE 2017

Primer sueño: estoy tras mi PC buscando imágenes para una clase sobre vampiros orientales. Aparece una foto de Joel-Peter Witkin: se trata de una madrota vampiro. La imagen de la foto sale disparada de la pantalla y se dirige a una esquina superior de la habitación donde se queda pegada: volteo a ver y es una enorme crisálida de hilos y baba que me da mucho asco. Luego estoy con Doris dentro de una tienda de campaña muy grande que está en medio de un bosque algo siniestro. Estamos sentados en unas sillas plegables; vestimos como rusos pues hace mucho frío. Nos encontramos ahí  porque vamos a dar una clase sobre vampiros que se transmitirá en la TV; Doris está muy campante, platicando con nuestra amiga Gina quien será la presentadora del programa. El director es Antonio Lupián quien está disfrazado de domador y anda de un lado a otro dándole instrucciones a los chalanes, preparando cámaras y luces. Afuera empieza a caer nieve: es medianoche. Yo estoy preocupado pues a mí me toca hablar de novelas mexicanas de vampiros y no he leído muchas; sé que Gerardo Porcayo escribió una muy buena pero no me acuerdo de qué se trata. También sé que hay un autor del siglo XIX que escribió varias, pero no las he leído. Necesito mis apuntes que se quedaron en una habitación a varios metros de la tienda de campaña: quiero salir a traerlos pero la nevada es muy intensa; además el programa está a punto de comenzar. Afuera, entre las ráfagas de viento, se oyen aullidos de lobos. De pronto me encuentro en una sala de espera de hospital: alrededor hay muchos harapientos durmiendo en los sillones. Me miro y veo que yo también ando harapiento: traigo gorro y guantes tejidos, una bufanda larguísima y sucia. Me estoy acomodando para intentar dormir cuando entran a la sala cuatro hombres vestidos de negro: aunque no cargan armas, sé que son asaltantes. De pronto el lugar se convierte en un vagón de metro: veo la puerta abierta y salto hacia afuera. Uno de los hombres me sigue, yo camino rápido: estamos en Metro Etiopía. El hombre se me adelanta y me impide pasar; saco diez pesos y se los ofrezco, pero él me dice que es muy poco, que de perdis cien. Entonces me doy cuenta de que está muy chavito y me da harta ternura: lo abrazo y él trata de zafarse, lloriqueando. Abrazados, empezamos a derretirnos lentamente; antes de ser un charco en el piso, alcanzo a ver que estamos frente a unas rejas por donde entra el sol y que son sus rayos los que nos están derritiendo. Desaparezco y ahora sólo soy el espectador del sueño que es al mismo tiempo un cómic extrañísimo: veo una calle sateluca donde un hombre delgado, vestido elegantemente a la usanza de los años 20s, espera a una mujer afuera de una casa de dos pisos. Es sábado por la mañana, la calle tiene un camellón ancho y está libre de tráfico; todos los coches estacionados son negros. La mujer sale y cruza un jardín, llega a la reja y le dice al hombre que el sultán está durmiendo. Tras una ventana del segundo piso veo al sultán: es un hombre bigotón y gordo que duerme a pierna suelta entre almohadones. Luego la escena cambia: el hombre delgado y la mujer aparecen en un bosque muy luminoso; están sentados en una banca situada en medio de un claro. Aunque es muy bella, la mujer contrasta con el hombre pues está toda fachosa y despeinada: usa una bata transparente llena de agujeros que dejan ver su piel verde. De pronto el sultán sale de unos árboles a abrazar a la pareja: les dice que no se preocupen, que ya cumplieron su condena y que los deja en libertad. En ese momento me doy cuenta de que estoy soñando y de que el sultán es en realidad un vampiro o un león… Despierto. Segundo sueño: estoy en un patio muy amplio, me rodean diez perritos pues además de los míos hay varios de visita. Me identifico con un perrito negro y muy simpático, aunque bastante feo: va feliz de un lado a otro tirando macetas mientras corre. De pronto me encuentro en lo alto de un cerro: desde donde estoy se ven a lo lejos iglesias y peregrinaciones de personas y perros que suben hacia mí. Tengo en pecho y abdomen la imagen de San Judas Tadeo; sé que debajo hay un agujero grande que deja a la intemperie mis pulmones y mi corazón. Alguien me dice que me quite la imagen; así lo hago y descubro un cristal plano que deja ver mi interior: son pequeños mecanismos de madera, adornos y plumas, cuentitas de cristal. Busco al perrito negro, Doris me dice que acaba de verlo y eso me tranquiliza. Luego estoy con mi prima Otilia y varias tías en un hotel grande, preguntando por una reservación que hizo a nuestro nombre mi mamá. Recorremos pasillos largos donde hay escenas varias: camareras viendo el box en un pequeño televisor, perros de carreras, turistas gringos cargando una tabla de surf. Llegamos a una habitación extraña: en el interior se oye un rumor que me da miedo, mis tías pasan y yo me voy hacia el otro extremo del pasillo. Luego mi prima Otilia y yo entramos a un elevador muy grande. Cuando se cierran las puertas y el elevador empieza a bajar, de una de las esquina superiores surge un grotesco fantasma de papel maché con un puñal de utilería en la mano: se nos abalanza volando y entonces me despierto, algo asustado.

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