Estoy caminando por una calle
donde hay varios comercios: una tienda de aparatos electrónicos, una heladería,
una farmacia. Llego a un depósito de granos de maíz: en el segundo piso se
encuentra el estudio de Pavel Brito, quien en el sueño es famoso por sus
programas radiofónicos. Me asomo a una tablet que llevo en la mano, y veo que en
las redes sociales hay conmoción por el programa que va a transmitirse: aunque
no subo al estudio, sé que Pavel está a punto de entrevistar al escritor
mexicano Emiliano González, quien en el sueño es al mismo tiempo José Luis Cuevas.
Sigo caminando y descubro que la calle es el Periférico, a la altura del Parque
Naucalli, pero del otro lado. Por el Periférico pasan coches y uno que otro
trasatlántico; el tráfico es lento pero hay una sensación de armonía. Llego a un puente de arquitectura exquisita
que conecta con el otro lado: el puente se llama Lovecraft y está custodiado
por unos triángulos que impiden el paso (ayer vimos la película The Void). Del otro lado se ve una
gigantesca mancha en movimiento, como las que se forman cuando uno echa gotas
de tinta en un vaso de agua: se trata de un universo paralelo; quienes llegan
ahí se desintegran. Luego todo cambia: soy una muchacha como de veinte años,
tengo el pelo largo y uso zapatos de broche. Es sábado: estoy en un lugar esperando
a mi amiga la fotógrafa; cerca de mí, varios scouts juegan al resorte (famoso
juego entre las niñas de mi generación). Llega mi amiga, es mucho mayor que yo:
me dice que me va a enseñar a sacar buenas fotos. Luego vamos en su coche, por
los cristales veo que estamos en Ciudad Universitaria. Llegamos a un salón
grande donde hay una mesa larga, larga, rodeada de comensales: son cientos y
van a celebrar el cumpleaños de un hombre muy querido por todos, a quien no
logro ver. Por ahí andan Gina y Eda Sofía, están platicando y en el sueño son muy
amigas. La fotógrafa se va. Me siento en un extremo de la mesa, donde están
varias señoras comiendo arroz en unos platitos desechables: me miran alegremente,
dándome a entender que soy bienvenida. Me levanto para ir al baño y en el
camino paso momentáneamente por una tienda de abarrotes que en el mundo real está
detrás del mercado de Jamaica; voy cantando “Department of Youth” de Alcie
Cooper (de hecho, desde que desperté traigo esa rola en la cabeza). Llego al
baño: es muy grande y hay dos mingitorios, uno en cada extremo. Aunque no hay
nadie, sé que no debo estar ahí pues soy una muchacha y es el baño de los hombres.
En medio de los mingitorios hay un reclinatorio que me llama mucho la atención:
es de madera labrada, muy viejo; pienso en cuántas generaciones de sacerdotes
se habrán hincado ahí a rezar. En la pared, arriba del reclinatorio hay un
crucifijo. Se me hace rarísimo que al dueño del salón se le haya ocurrido que
los hombres que van a orinar también quieran rezar un poco. Aparece mi amiga la
fotógrafa, me dice que hay que traer a dos viejitos para sacar una foto donde
uno esté orinando y el otro rezando. Aparecen dos hombres, los veo de espaldas.
Caminan cojeando; tienen la ropa hecha bolas y la combinación de colores de sus
prendas es espantosa: pienso que a lo mejor son ciegos. Regreso al salón: me
vuelvo a sentar con las señoras. A lo lejos, en el centro de la larga mesa,
unos meseros llevan un gran pastel blanco para el cumpleañero. Miro una ventana
larga: por la luz sé que son las 4:00 pm y me tranquiliza saber que tengo el
resto de la tarde libre. Una de las señoras saca una caja plana que contiene un
pay helado de mango, dice que es el mejor y que siempre lo compra para su
familia. Me dan una rebanada y pienso que es trampa, que deberíamos esperar a
que nos sirvan del pastel blanco. Cuando meto el tenedor a mi pay, noto que hay
algo adentro: descubro que es un barco en miniatura, es muy hermoso y me alegra
saber que voy a atesorarlo… Despierto.
domingo, 16 de julio de 2017
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