Estoy en el interior de una
bodega inmensa y oscura: el piso es una rampa, por lo que tengo que descansar
en una repisa para no resbalarme. Junto a mí hay un televisor pequeño y unas niñas
árabes durmiendo. Hasta donde alcanzo a ver, hay grupos de personas en sus respectivas
repisas; son tribus. En el televisor están transmitiendo un documental sobre
unos insólitos y fascinantes animalitos que acaban de descubrir. Los animalitos, rojos y anaranjados, son entre gusanos y hormigas; se cree que son muy inteligentes pues construyen puentes y hacen formaciones militares: al verlos dan
miedo, pero a la vez maravillan. Entonces empiezo a resbalar por la rampa,
trato de aferrarme a otras repisas pero no lo logro; conmigo van resbalando
otras personas. Al llegar a la parte de abajo, veo una cortina metálica a medio
abrir: afuera hay mucha luz. Salgo: ahora estoy en un restaurante grande y
lleno de plantas. En una mesa está Doris, desayunando, llego con ella y me dice
que no tenemos pan. Me dirijo a una vitrina donde se exhiben panes de distintos
tamaños y formas; en eso llega Timo Sosa con un costal a cuestas. Timo me
abraza y luego abre el costal: está lleno de unos panes redondos hechos de
hebras que se ven riquísimos. Me da dos panes y me dice que tiene que regresarse
a Campeche (Timo es uno de mis mejores
amigos y actualmente vive allá). Luego vamos Doris y yo caminando por la Zona
Rosa; hay mucha gente disfrazada, como si fueran a un carnaval. En una
jardinera nos encontramos una caja grande de cartón llena de ropa doblada: son
blusas y chamarras. Desdoblamos una de las prendas y vemos que tiene una etiqueta
que dice "Magdalena López Hernández", quien es amiga nuestra. Entonces nos enteramos
que toda la ropa es de ella y que acaban de correrla de su trabajo. Seguimos
caminando, buscando a Magdalena, pero no la vemos en ninguna parte. Luego estoy sin Doris en el Paseo de la Reforma, a la altura del museo de Antropología: es de
madrugada y está lloviendo. Hay mucha gente conmigo, se supone que somos los
integrantes de una misión cuyo objetivo ignoro: tenemos que salir en unos
momentos, algunos a pie y en grupos, otros en autos de carreras. Voy a pie con
mi grupo: compartimos un enorme paraguas transparente; junto a nosotros pasan ruidosos los autos de carreras. De pronto estamos ya en
Insurgentes, pero se trata de una calle curva, blanca, iluminada con faroles
chinos. Me separo del grupo y entro a un cine. La sala del cine está casi
vacía, en la pantalla están exhibiendo una película que trata sobre una máquina
de sueños. Un científico manipula la máquina: una especie de lavadora gigante
coronada con un racimo de tuberías que se pierden en diferentes direcciones, y
que es por donde salen los sueños. Luego soy yo quien manipula la máquina;
junto a mí hay un mayordomo sirviendo vasos de refresco. La máquina tiene una
puertita que es muy peligroso abrir pues puede desajustarse todo el proceso.
Sabiendo que corro un riesgo, abro la puertita y veo que en el interior hay un collage
de portadas de libros: distingo las portadas de obras de Hesse, Lovecraft,
Freud y Oliver Sacks. De pronto todo cambia: otra vez voy con Doris, caminando
por una calle tranquila. Llevamos un paraguas, pues sigue lloviendo: nos
dirigimos a casa de Sven, donde tomaremos una clase. Como es muy temprano, les
llamo por teléfono: me contesta María y nos dice que podemos llegar antes, sin
problema, que ya llegó Gustavo Beck, quien también tomará la clase. Veo una escena: en un salón largo, como un
vagón de tren, juegan al ajedrez Sven y Gustavo Beck; las paredes son de
cristal. Ya estamos a punto de llegar: veo la casa de lejos, al final de una
calle arbolada. Entonces descubro que Doris y yo vamos cargando cajas de
regalos con moños y envolturas blancas… Despierto.
miércoles, 26 de julio de 2017
martes, 25 de julio de 2017
25 DE JULIO DE 2017
Estamos mi primo Gerardo, Doris y yo en la sala de
Sherlock Holmes; también nos acompaña mi perrita Frida. Sherlock está arriba en
su recámara, arreglándose: va a ir con nosotros a una fiesta. Como no baja, los
cuatro subimos por una enorme escalera curva y nos detenemos en uno de los
descansos: mi primo saca una lupa y se agacha para ver si en la alfombra hay
chinches. Luego estoy yo solo en la cocina de mi mamá: es larga y llena de
muebles blancos; tengo que instalar un soporte para poner el rollo de
servilletas de papel: el soporte es anaranjado, tosco, mi mamá lo compró en los
70s. Busco un espacio en la cocina donde quede bien, pero no lo encuentro: en
las paredes hay imágenes de santitos y grietas. Abro las puertas de un gabinete
de trastes: donde debería haber platos y vasos, están los libros de mi papá.
Por dentro, noto que el gabinete está chueco, pero firme; en uno de los cantos
exteriores empiezo a colocar con unos tornillos el soporte porta-servilletas. Luego estoy en casa
de la mamá de Doris arreglando un cortinero: como no tengo escalera ni banco,
tengo que pararme de puntas en el canto de un ventanal. Llega Anita, la
asistente de la mamá de Doris y empieza a moverme los talones para que me
caiga. De pronto todo cambia: veo una isla, se supone que es Corea (estos días hemos estado viendo cine de terror coreano). La isla
está rodeada de niebla y entre la maleza vive un enorme monstruo que nadie ha
visto. El monstruo devora a sus víctimas cuando algún
fragmento de ropa se convierte en libélula y vuela hacia la isla. El
monstruo entonces sabe dónde están las víctimas y puede devorarlas a distancia,
con la mente. Estoy practicando karate en una playa: el mar es gris y frío. Entonces
un pedazo de mi manga se desprende, se convierte en libélula y vuela hacia el
mar: en ese momento sé que estoy condenado, que el monstruo de la isla me va a
devorar. Doris me dice que no va a pasar nada, que sólo cambie de sueño. Ahora
vamos Doris, Toni Rodríguez, Gilberto Soriano y yo en un automóvil muy grande:
recorremos las calles de Guadalajara. Es sábado. Llegamos a un estacionamiento, nos bajamos del auto y entramos a la Comercial Mexicana; como es temprano, hay poca gente.
Me subo a un carrito que Doris empuja, todavía voy preocupado por el monstruo
de la isla, pero Doris me dice que no pasa nada, que
me va a llevar a bailar. El salón de baile es muy oscuro y está en las bodegas
de la tienda: en las penumbras se logran ver refrigeradores industriales y mesas grandes. Entonces me acuerdo que necesitamos un espejo para un pequeño
baño que construimos junto al baño y le digo a Doris que me ayude a escogerlo: el
espejo tiene que ser de color blanco. Salimos de las bodegas; Gilberto dice que se va a buscar unos
libros. Estamos Doris y yo frente al estante de los espejos, pero un niñito
gordo nos impide verlos. Luego vamos ya formados en la fila de la caja; mientras
esperamos, Toni le va explicando a Gilberto como preparar un guiso de
chícharos. Doris paga, pero una viejita que está ayudando a meter las compras
en bolsas, me da el cambio a mí. Busco entre el cambio una moneda de cinco
pesos para darle propina a la viejita y me encuentro una pequeña figura metálica.
Se trata de una moneda conmemorativa de los ferrocarriles en Guadalajara, tiene un trenecito y dos diminutos ferrocarrileros de pie, saludando; también tiene una base para poder
sostenerla. Le digo a Doris que la pongamos de adorno en la biblioteca; la
viejita dice que vale mucho, como setenta pesos. Ahora estamos caminando por un pasillo exterior: noto que Toni y
Gilberto van descalzos; pienso que deberíamos haberles comprado unos huaraches.
Al llegar al estacionamiento descubrimos que se robaron el auto y nos da mucho coraje; Toni dice que le va a llamar a su hermana para que pase por nosotros. Pero entonces
vemos que no es cierto: lo que pasa es que hay una fila de autos que no estaba ahí antes, tapando el nuestro. Nos
subimos al auto y arrancamos, Doris al volante. Luego vamos por un camino medio rural, al
fondo se ve una montaña muy grande; estamos contentos… Despierto.
lunes, 24 de julio de 2017
24 DE JULIO DE 2017
Primer sueño: voy volando por encima
de unos pantanos que están en el parque Naucalli; arriba hay nubes negras y
hace mucho frío. Sigo así por Boulevard de la Santa Cruz; mi manera de volar es
moviendo los pies como si estuviera patinando a treinta centímetros de la superficie. A
un lado de la calle se ven los enlodados campos de futbol americano, pero como
estaban en los ochentas. De pronto el exterior ya no es Naucalpan, sino Cancún; empieza
a salir el sol. Los pantanos se convierten en un río: en sus orillas hay autos
estacionados: distingo una Limousine de color
blanco; sentado en el cofre, un hombre revisa su revólver. Pienso que si estoy
en Cancún, entonces tengo que encontrar trabajo y un lugar dónde establecerme (en
la vida real, viví casi dos años en Cancún a finales de los ochentas). Luego
estoy en el mismo río, pero ahora soy un pirata a bordo de un velero. Hay un sol radiante y a ambas orillas del río se ven muchas personas, construcciones y
vegetación; se siente un ambiente festivo. En el velero hay más piratas,
haciendo tareas diversas. Sigo volando hasta la proa, de ahí salto al río y me
voy adelantando al velero hasta que llego a una abertura redonda, como la boca de una tubería
por donde continúa la corriente. Entro: el sitio está iluminado y tiene a ambos
lados unos pasillos con escaleras; el agua se ve estancada y llega como a la
mitad del círculo que mide unos veinte metros de diámetro. En ese momento me doy cuenta de que el lugar
es en realidad un monstruo marino y que la abertura redonda por donde acabo de
entrar, pese a ser una edificación, corresponde al ano. Les pido a los otros
piratas que vengan a rescatarme; aunque se quedaron afuera y están muy lejos,
ellos me escuchan perfectamente. El capitán me responde que el barco es muy
grande y que no quiere arriesgarse a que se doblen las velas: para convencerlo,
le miento, diciendo que encontré muchos tesoros. A mi alrededor flotan varios
cubos enormes de madera; el agua
desaparece y ahora estoy en unas tarimas donde hay una especie de feria. Veo puestos de manga
(cómics japoneses), globos, muchachos de secundaria comprando golosinas. Entre
los puestos van caminando varios personajes de One Piece, la serie de anime.
Luego todo cambia: estoy en un departamento pequeño; es de noche y desde la
ventana se divisan muchos edificios. Me siento algo preocupado: tengo la
oportunidad de ir tres meses a Canadá para estudiar Historia de las
Animaciones, pero no quiero separarme de Doris. Ella me dice que me vaya, que en
un par de semanas me alcanza. Luego me pide que estando allá no me la pase todo
el tiempo viendo animaciones; que también aproveche para mejorar mi "inglés de
pollero"… Despierto. Segundo sueño: una habitación ocupada casi en su totalidad
por un colchón tirado en el suelo. Paralelo al colchón hay una chimenea muy
grande. Estoy acostado en un extremo del colchón; por más que lo intento, no
logro despertar. A mi alrededor hay varios perritos olisqueando ropa y otros
objetos. Entra a la habitación una señora mayor que es algo así como una nana:
no quiero que me vea, pues debajo de las cobijas estoy desnudo. La señora empieza
a hacer ruido con el papel celofán que tiene hecho bolita en una mano: me
molesta, pero es su fórmula mágica para obligarme a "cambiar de sueño". Ahora voy
caminando por un campo nublado; me acompaña Mario González Suárez, quien me va a revelar un gran secreto. Llegamos a un refugio de paredes de
lámina, parecido a la Dirección de la Escuela Mexicana de Escritores cuando
estaba en Coyoacán, aunque mucho más grande. Desde las ventanas se ve el interior
del refugio: hay dos mesas largas donde varias señoras están tejiendo. Pasamos
por una puertita y Mario me dice: "estas señoras me enseñaron a tejer, ahora te
van a enseñar a ti"; a ellas les dice que soy "el amigo de Tario"... Despierto.
Tercer sueño: mi tío Lalo y mi tía Dyrna van caminando juntos; a su espalda, en
una especie de canasto, voy colgando yo, de niño. Estamos en el vestíbulo de
los cines Toreo; alrededor de nosotros hay muchísima gente, también caminando. Pasamos
por una taquilla donde venden los boletos para una película de los cuarentas
que se llama Sulo: el cartel muestra a Luis Aguilar y a otra actriz de aquella época que no
reconozco: están enojados, mirando a "Sulo" una especie de gángster infernal
cuyo rostro parece una máscara. Me da gusto que estén pasando pelis viejas,
para las nuevas generaciones. Voy tomado de la mano de alguien, supongo que es
mi tía Dyrna, pero entonces descubro que la mano pertenece a una señora
desconocida, flaca y algo triste: nos soltamos un poco apenados; ella va
acompañada de otra señora y sus hijos, una niña y un niñito. Veo que pasan por la taquilla donde
venden los boletos para Marcelino pan y vino, pero la niña dice que no quiere ver
esa película. Mis tíos se alejan de ellos, conmigo a la espalda: aún alcanzo a
darme cuenta de que las señoras y los niños entran a una sala donde se exhibe Silo,
una peli animada. Veo el cartel donde aparece, saludando, Silo: es una especie de
ratón rosa, bastante nefasto. Mis tíos se detienen: de la nada aparece la escena
de una mesa donde hay vasos, cubiertos y
un plato de pescado ya servido. Una presencia hace que la mesa de varias vueltas
en el aire y vuelva a caer, pero ahora está completamente vacía. La presencia me
indica que es para preparar mi clase de vampiros: entonces cae en la mesa el gris
cadáver de un horrible nosferatu desnudo, listo para que yo le haga la
autopsia. Quedo aterrado y regreso a la parte del sueño donde estoy en los
cines, con mis tíos. De pronto, entre la multitud, aparecen mi papá y mi mamá
como eran en los setentas: van del brazo y les da mucho gusto verme. Yo saltó
del canasto donde me llevaban mis tíos al canasto que llevan en la espalda mis
papás. Mi tío dice que están muy orgullosos de mí… Despierto.
sábado, 22 de julio de 2017
21 DE JULIO DE 2017
Primer sueño:
estoy tras mi PC buscando imágenes para una clase sobre vampiros orientales.
Aparece una foto de Joel-Peter Witkin: se trata de una madrota vampiro. La
imagen de la foto sale disparada de la pantalla y se dirige a una esquina
superior de la habitación donde se queda pegada: volteo a ver y es una enorme
crisálida de hilos y baba que me da mucho asco. Luego estoy con Doris dentro de
una tienda de campaña muy grande que está en medio de un bosque algo siniestro.
Estamos sentados en unas sillas plegables; vestimos como rusos pues hace mucho
frío. Nos encontramos ahí porque vamos a
dar una clase sobre vampiros que se transmitirá en la TV; Doris está muy
campante, platicando con nuestra amiga Gina quien será la presentadora del
programa. El director es Antonio Lupián quien está disfrazado de domador y anda
de un lado a otro dándole instrucciones a los chalanes, preparando cámaras y
luces. Afuera empieza a caer nieve: es medianoche. Yo estoy preocupado pues a mí me
toca hablar de novelas mexicanas de vampiros y no he leído muchas; sé que
Gerardo Porcayo escribió una muy buena pero no me acuerdo de qué se trata.
También sé que hay un autor del siglo XIX que escribió varias, pero no las he
leído. Necesito mis apuntes que se quedaron en una habitación a varios metros
de la tienda de campaña: quiero salir a traerlos pero la nevada es muy
intensa; además el programa está a punto de comenzar. Afuera, entre las ráfagas
de viento, se oyen aullidos de lobos. De pronto me encuentro en una sala de
espera de hospital: alrededor hay muchos harapientos durmiendo en los sillones.
Me miro y veo que yo también ando harapiento: traigo gorro y guantes tejidos,
una bufanda larguísima y sucia. Me estoy acomodando para intentar dormir cuando
entran a la sala cuatro hombres vestidos de negro: aunque no cargan armas, sé
que son asaltantes. De pronto el lugar se convierte en un vagón de metro: veo
la puerta abierta y salto hacia afuera. Uno de los hombres me sigue, yo camino
rápido: estamos en Metro Etiopía. El hombre se me adelanta y me impide pasar;
saco diez pesos y se los ofrezco, pero él me dice que es muy poco, que de
perdis cien. Entonces me doy cuenta de que está muy chavito y me da harta
ternura: lo abrazo y él trata de zafarse, lloriqueando. Abrazados, empezamos a
derretirnos lentamente; antes de ser un charco en el piso, alcanzo a ver que
estamos frente a unas rejas por donde entra el sol y que son sus rayos los que
nos están derritiendo. Desaparezco y ahora sólo soy el espectador del sueño que
es al mismo tiempo un cómic extrañísimo: veo una calle sateluca donde un hombre
delgado, vestido elegantemente a la usanza de los años 20s, espera a una mujer
afuera de una casa de dos pisos. Es sábado por la mañana, la calle tiene un
camellón ancho y está libre de tráfico; todos los coches estacionados son
negros. La mujer sale y cruza un jardín, llega a la reja y le dice al hombre
que el sultán está durmiendo. Tras una ventana del segundo piso veo al sultán:
es un hombre bigotón y gordo que duerme a pierna suelta entre almohadones. Luego
la escena cambia: el hombre delgado y la mujer aparecen en un bosque muy
luminoso; están sentados en una banca situada en medio de un claro. Aunque es
muy bella, la mujer contrasta con el hombre pues está toda fachosa y
despeinada: usa una bata transparente llena de agujeros que dejan ver su piel
verde. De pronto el sultán sale de unos árboles a abrazar a la pareja: les dice
que no se preocupen, que ya cumplieron su condena y que los deja en libertad.
En ese momento me doy cuenta de que estoy soñando y de que el sultán es en
realidad un vampiro o un león… Despierto. Segundo sueño: estoy en un patio muy
amplio, me rodean diez perritos pues además de los míos hay varios de visita.
Me identifico con un perrito negro y muy simpático, aunque bastante feo: va
feliz de un lado a otro tirando macetas mientras corre. De pronto me encuentro
en lo alto de un cerro: desde donde estoy se ven a lo lejos iglesias y
peregrinaciones de personas y perros que suben hacia mí. Tengo en pecho y
abdomen la imagen de San Judas Tadeo; sé que debajo hay un agujero grande que
deja a la intemperie mis pulmones y mi corazón. Alguien me dice que me quite la
imagen; así lo hago y descubro un cristal plano que deja ver mi interior: son
pequeños mecanismos de madera, adornos y plumas, cuentitas de cristal. Busco al
perrito negro, Doris me dice que acaba de verlo y eso me tranquiliza. Luego
estoy con mi prima Otilia y varias tías en un hotel grande, preguntando por una
reservación que hizo a nuestro nombre mi mamá. Recorremos pasillos largos donde
hay escenas varias: camareras viendo el box en un pequeño televisor, perros de
carreras, turistas gringos cargando una tabla de surf. Llegamos a una
habitación extraña: en el interior se oye un rumor que me da miedo, mis tías
pasan y yo me voy hacia el otro extremo del pasillo. Luego mi prima Otilia y yo
entramos a un elevador muy grande. Cuando se cierran las puertas y el elevador
empieza a bajar, de una de las esquina superiores surge un grotesco fantasma de
papel maché con un puñal de utilería en la mano: se nos abalanza volando y
entonces me despierto, algo asustado.
miércoles, 19 de julio de 2017
19 DE JULIO DE 2017
Me rentan una casa enorme en $7,000
al mes; el precio incluye un mayordomo y dos doncellas. La
casa es blanca: la sala y el comedor están al nivel del piso y las recámaras
abajo, pues está incrustada en una colina; desde arriba se percibe una vista
impresionante de la ciudad. Pienso que la casa va a funcionar muy bien para abrir ahí la
nueva Escuela Mexicana de Escritores, pero no sé qué hacer con el
mayordomo y las doncellas. Entonces me llega una imagen donde el mayordomo y
las doncellas están bailando lentamente en un escenario de la futura escuela: usan antifaces y disfraces exóticos. Bajo
a la cocina: es blanca y lujosa. En una mesa está Doris, resolviendo un juego
de acertijos compuesto por corazoncitos perfumados de dulce; me dice que
ahorita que termine nos vamos. Luego todo cambia: estoy en una habitación larga
y algo oscura, se trata de la recámara de Tony Soprano. Uno de sus matones me
va mostrando solemnemente el lugar: la colección de trajes y corbatas, la madera
negra que decora las paredes, una puerta tapiada donde Tony guarda sus tesoros.
En la entrada del baño hay un pizarrón luminoso: se trata del blog de Carmela, la esposa
de Tony Soprano. El blog se actualiza cada diez segundos y en él van apareciendo imágenes diversas: fotos de Carmela de joven, autos
convertibles, cartas de amor con cupiditos dibujados, un perro lanudo. El matón
me dice que en la habitación de Carmela está el blog de Tony; que decidieron
intercambiarlos para que así no haya secretos entre ellos, pero Tony nunca escribe nada. Al salir, el matón
me regala de recuerdo una pluma fina. Salgo a la calle: es muy noche y sé que
ya debería estar durmiendo. Pasa un autobús casi vacío, en uno de los asientos
hay un chocolate que es al mismo tiempo un cuaderno con mis apuntes de sueños;
tengo miedo de que alguno de los pasajeros se lo lleve. Luego estoy en un estanque prehistórico,
nadando entre delfines. Alrededor hay una densa selva tropical y está a punto de anochecer. El fondo del
estanque es de un profundo azul cobalto: me da algo de miedo, pero siento en la espalda el
aura protectora de los delfines y eso me tranquiliza… Despierto.
martes, 18 de julio de 2017
18 DE JULIO DE 2017
Veo a un hombretón grande y poderoso
que va caminando por callejuelas como medievales, se trata de Gilgamesh. A su
alrededor van varios paleros y él les da indicaciones enérgicas de lo que hay
que hacer. Yo lo alcanzo y empiezo a discutir con él sobre un tema esotérico
importante (no recuerdo cuál), pero se niega a aceptar mi punto de vista. Pienso
que Gilgamesh es Aries. Seguimos recorriendo calles en desnivel: escaleras,
puentes; a lo lejos hay torres. Pasamos frente a una iglesia: desde la entrada, la estatua de un
esqueleto encapuchado me saluda; aparece Doris y me dice que eso es de buena
suerte. Llegamos a unas rejas donde un policía no nos permite pasar: Gilgamesh
enfurece. Luego estoy en una habitación azul, larga y oscura: en una sillita
está sentada Elian Tuya custodiando la entrada, pero se ha quedado dormida.
Cruzo la habitación y llego a un recinto amplio e iluminado: en el centro hay
una ventana que da al vacío, presiento un enorme espacio hacia abajo pero hay
una neblina blanca que me impide ver. Paso a unas oficinas: voy buscando a
Gilgamesh. Recorro diferentes espacios llenos de escritorios y ventanas; en ellos
hay secretarias y otros personajes diversos que me ignoran cuando paso. Llego a
unas escaleras que bajan, pero no puedo acceder a ellas desde donde estoy.
Alguien me dice que tengo que rodear por otro pasillo. Llego a un corredor; a ambos
lados hay cristales donde se ven más oficinas, la mayoría están vacías. Al
final hay una puerta cerrada y, del lado izquierdo, un tallercito donde varios seres
siniestros y harapientos hacen funcionar unas máquinas. Se me quedan mirando
con desprecio; son duendes, grandes enemigos de Gilgamesh y creen que soy su
espía. Luego todo cambia: estoy en un pequeño teatro repleto de gente; en el escenario hay
una mesa enmantelada donde Alina Toalavía y Ramón del Val se preparan para dar
una conferencia. La multitud está atenta: hay edecanes, algunos fotógrafos y reporteros. Los
conferencistas comienzan a hablar con mucha seriedad sobre no sé qué tema:
entonces aparecen alrededor de la mesa un grupo de changos diminutos
echando desmadre. Alina y Ramón, hacen como si no pasara nada y continúan
hablando. Salgo rumbo al baño: en el camino me saludan algunas personas. El
baño está iluminado y es muy lujoso: tiene muchos pasillos como si fuera un
laberinto. Llego a una zona donde una mujer me dice que no puedo pasar, pues
están filmando: en un extremo hay varios comandantes de la NASA de pie, hablándoles
a un equipo de científicos sobre su reciente viaje a Marte. Del otro lado del
baño hay unos lavabos con espejos grandes; junto a ellos una tarima de madera donde
descansan diversos monolitos marcianos que los comandantes van a presentar oficialmente
al mundo. Tomo una urna roja muy extraña y decido ponerla junto a los monolitos
para que el mundo crea que es de origen marciano, pero entonces escucho la voz
de mi mamá diciéndome que eso no se hace… Despierto.
domingo, 16 de julio de 2017
16 DE JULIO DE 2017
Estoy caminando por una calle
donde hay varios comercios: una tienda de aparatos electrónicos, una heladería,
una farmacia. Llego a un depósito de granos de maíz: en el segundo piso se
encuentra el estudio de Pavel Brito, quien en el sueño es famoso por sus
programas radiofónicos. Me asomo a una tablet que llevo en la mano, y veo que en
las redes sociales hay conmoción por el programa que va a transmitirse: aunque
no subo al estudio, sé que Pavel está a punto de entrevistar al escritor
mexicano Emiliano González, quien en el sueño es al mismo tiempo José Luis Cuevas.
Sigo caminando y descubro que la calle es el Periférico, a la altura del Parque
Naucalli, pero del otro lado. Por el Periférico pasan coches y uno que otro
trasatlántico; el tráfico es lento pero hay una sensación de armonía. Llego a un puente de arquitectura exquisita
que conecta con el otro lado: el puente se llama Lovecraft y está custodiado
por unos triángulos que impiden el paso (ayer vimos la película The Void). Del otro lado se ve una
gigantesca mancha en movimiento, como las que se forman cuando uno echa gotas
de tinta en un vaso de agua: se trata de un universo paralelo; quienes llegan
ahí se desintegran. Luego todo cambia: soy una muchacha como de veinte años,
tengo el pelo largo y uso zapatos de broche. Es sábado: estoy en un lugar esperando
a mi amiga la fotógrafa; cerca de mí, varios scouts juegan al resorte (famoso
juego entre las niñas de mi generación). Llega mi amiga, es mucho mayor que yo:
me dice que me va a enseñar a sacar buenas fotos. Luego vamos en su coche, por
los cristales veo que estamos en Ciudad Universitaria. Llegamos a un salón
grande donde hay una mesa larga, larga, rodeada de comensales: son cientos y
van a celebrar el cumpleaños de un hombre muy querido por todos, a quien no
logro ver. Por ahí andan Gina y Eda Sofía, están platicando y en el sueño son muy
amigas. La fotógrafa se va. Me siento en un extremo de la mesa, donde están
varias señoras comiendo arroz en unos platitos desechables: me miran alegremente,
dándome a entender que soy bienvenida. Me levanto para ir al baño y en el
camino paso momentáneamente por una tienda de abarrotes que en el mundo real está
detrás del mercado de Jamaica; voy cantando “Department of Youth” de Alcie
Cooper (de hecho, desde que desperté traigo esa rola en la cabeza). Llego al
baño: es muy grande y hay dos mingitorios, uno en cada extremo. Aunque no hay
nadie, sé que no debo estar ahí pues soy una muchacha y es el baño de los hombres.
En medio de los mingitorios hay un reclinatorio que me llama mucho la atención:
es de madera labrada, muy viejo; pienso en cuántas generaciones de sacerdotes
se habrán hincado ahí a rezar. En la pared, arriba del reclinatorio hay un
crucifijo. Se me hace rarísimo que al dueño del salón se le haya ocurrido que
los hombres que van a orinar también quieran rezar un poco. Aparece mi amiga la
fotógrafa, me dice que hay que traer a dos viejitos para sacar una foto donde
uno esté orinando y el otro rezando. Aparecen dos hombres, los veo de espaldas.
Caminan cojeando; tienen la ropa hecha bolas y la combinación de colores de sus
prendas es espantosa: pienso que a lo mejor son ciegos. Regreso al salón: me
vuelvo a sentar con las señoras. A lo lejos, en el centro de la larga mesa,
unos meseros llevan un gran pastel blanco para el cumpleañero. Miro una ventana
larga: por la luz sé que son las 4:00 pm y me tranquiliza saber que tengo el
resto de la tarde libre. Una de las señoras saca una caja plana que contiene un
pay helado de mango, dice que es el mejor y que siempre lo compra para su
familia. Me dan una rebanada y pienso que es trampa, que deberíamos esperar a
que nos sirvan del pastel blanco. Cuando meto el tenedor a mi pay, noto que hay
algo adentro: descubro que es un barco en miniatura, es muy hermoso y me alegra
saber que voy a atesorarlo… Despierto.
viernes, 14 de julio de 2017
14 DE JULIO DE 2017
Estoy en el balcón de un edificio
muy alto. Es de noche y miro el cielo: hay muchísimas estrellas, pero no veo la
luna. Entonces me doy cuenta de que el cielo estrellado es un gigantesco animal
cuadrúpedo que me mira, apacible. Se me revela algo que me deja azorado: si
miro sólo el cielo, es la consciencia; si miro al animal, es el inconsciente…
Luego todo cambia y estoy en el estudio de la casa donde vivía de niño. De
afuera llega un rumor tenue pero constante. Reviso mis viejos LPs: saco uno de
su funda y lo pongo en el tornamesa. Ignoro qué banda sea, pero tocan un hard
rock fuerte y melódico, bastante bueno. El rumor de afuera sigue presente, así
que le subo al volumen a todo lo que da, pero no logro acallarlo. Me asomo por
la ventana: en la casa de la izquierda vive un profesor famoso que en esos
momentos está sentado en su jardín, leyendo: es barbón y usa lentes. En la casa
de la derecha veo a una vecina joven que no conozco: es muy seria y está
agachada arreglando algo con unas pinzas. Tomo una piedra grande de uno de los
libreros y la arrojo por la ventana: la piedra rebota en la tierra seca de una
jardinera y le pega por fuera al cristal, pero no lo rompe. Frente de la casa
se estaciona un coche muy lujoso de donde baja una pareja de millonarios. La
esposa lleva entre sus brazos a un perrito blanco; aunque nunca lo había visto,
sé que es muy bravo y que acostumbra morder a todos. Los millonarios se alejan,
sin hacerme caso. Ahora estoy en la cocina de la señora Tere, la vecina de
enfrente; me asombra pensar que hacía más de cuarenta años que no entraba ahí
(lo cual es cierto). Llega una niña pequeña: está preocupada pues tiene que
hacer una tarea sobre cierto escritor del Siglo de Oro. Le digo que no se
apure, que yo puedo ayudarle. Revisamos algunos libros gruesos que están sobre
una mesa de la cocina; la niña anota cosas en un cuaderno donde hay pegadas
estampas de escritores antiguos y filósofos griegos. Al final, tomo a la niña
de la mano y empezamos a flotar en el aire: de pronto estamos en un gran salón
iluminado de techos altísimos. En los extremos del salón hay mesas redondas donde varios hombres y mujeres comen en silencio; hay globos blancos, adornos, una
fuente. Llegamos flotando al lugar donde reposa un cono blancuzco del tamaño de
una persona: se trata de un ser inorgánico. Cuando el ser descubre que la niña
y yo lo estamos viendo, empieza a emitir destellos de colores... Despierto.
jueves, 13 de julio de 2017
13 DE JULIO DE 2017
Primer sueño: Doris y yo vamos
caminando por una colonia pobre de provincia. Es muy noche y alguien nos guía
pues tenemos que llegar a un refugio donde les daremos cursos a varios jóvenes
pandilleros. Cruzamos callejuelas desiertas y algo enredadas: llegamos a una
parte donde hay dos pandilleros haciendo guardia; cuando nuestro guía les dice
quiénes somos, nos dejan continuar. Llegamos al refugio: es una casa de un solo
piso que abarca toda la manzana. Adentro hay varios patios en desnivel y
habitaciones distribuidas en un orden caótico: en ellas hay grupos de jóvenes
sentado en el suelo, escuchando jazz o bebiendo. Frente a cada grupo hay
líderes vigilando que nadie se pase de lanza; el ambiente me recuerda la
película setentera The Warriors. Me
siento a hablar con los jóvenes y entonces descubro que tengo la ropa llena de
sangre: junto a mí hay un borracho herido, durmiendo; alguien me dice que no me
preocupe, que ya está fuera de peligro. De pronto estoy caminando por la colonia
Roma: es la calle de Campeche, a la altura del mercado de Medellín, pero en el sueño las
banquetas de enfrente se ven muy lejos. En un auto estacionado están Doris y
Mave Gaya; no hay más coches a la vista. Doris come sushi con unos palitos mientras
Mave le cuenta asuntos trascendentes de su vida; sé que no debo
interrumpirlas y me voy caminando hacia la calle de Monterrey. Paso por un
puestito donde venden collares, bolsas de estambre y manteles bordados; voy a
comprar algo pero entonces suena un ruido (no sé si en el sueño o afuera) que
me despierta… Segundo sueño: estoy con mis actuales alumnos de tarot subiendo por
una escalera estrecha que da a las instalaciones de un café oriental. Cuando
llegamos arriba, se revela un salón largo y casi vacío; en uno de los extremos,
junto a un ventanal, varios meseros acomodan tacitas y cubiertos sobre una mesa
muy baja. Nos sentamos alrededor de la mesa: a un lado, de pie y muy juntos,
están cinco o seis de los actores de The
Godfather, esperando a que Coppola llegue a dirigirlos. Reconozco a Marlon
Brando y a Al Pacino, se ven muy jóvenes. Los meseros salen a traer una
alfombra. El Peter se les queda viendo a los actores y les dice: "¿ustedes
votan o los botan?", luego suelta una estruendosa carcajada (como es habitual
cuando cuenta uno de sus chistes en la vida real). Los actores no entienden y
nosotros le decimos al Peter que mejor nos ayude a desenrollar la alfombra que
acaban de traer los meseros. Cerca de la mesa hay una tortilla gigante: sobre
ella está acostada una mujer china, cubierta de guacamole hasta el cuello. Tiene
el pelo muy largo y los ojos cerrados, y yo no sé si está dormida o muerta; me
asusto mucho y les digo a los meseros que no la quiero ahí. Llegan
unos camilleros y, tomando los extremos de la totilla, se la llevan rumbo a las
cocinas. El Peter dice que no es necesario quitar la mesa para poner la
alfombra; Leyluna le contesta que entonces nos echen la alfombra encima de la
cabeza. Todos se ríen. Luego todo
cambia: estamos Doris y yo en un restaurante al aire libre ubicado en La Florida,
Naucalpan, a la altura de La Abeja (el restaurante no existe en la realidad).
Una mesera nos informa que ya sólo quedan crepas y Doris dice que está perfecto
(ayer fui con Doris y mis alumnos de tarot a merendar y, de postre, el Peter
invitó las crepas). Sirven las crepas: desde donde estamos se ve que las Torres
de Satélite sostienen una esfera kilométrica cuya superficie es como un espejo
metálico semitransparente. En el interior de la esfera se logra percibir
tenuemente mucho movimiento, como si se tratara de otra ciudad: da miedo.
Luego, Doris y yo vamos en el coche rumbo a casa: ella maneja. Pasamos por una
salida que va a dar a un autocinema y yo le digo que si quiere ir; ella de
inmediato da la vuelta y nos topamos con una fila de autos que esperan entrar: en un letrero luminoso, dice que la película que exhiben es Sky,
de la cuál nada sabemos. Entonces dudo, pienso que si entramos vamos a llegar
muy noche a la casa donde nos esperan los perritos; Doris dice que no me preocupe. Entramos al autocinema y desaparece el coche: ahora estamos de pie en una especie
de vestíbulo que es a la vez cocina y baño; hay mucha gente. Junto a un
expendio de nachos y hot dogs, unas mujeres enormes se están preparando para
dar un show: son algo así como luchadoras y en cada uno de sus gruesos muslos
tienen puestos varios calzones de colores chillantes. Junto a ellas, en un lavabo,
un hombre flaco se cepilla los dientes: cuando escupe y abre la boca para mirarse en el espejo, vemos que está totalmente chimuelo. Van entrando en grupos varios
personajes más: son siniestros y desgarbados, como del hampa. Entonces pasamos
a la sala y resulta que el cine es un cine de butacas; Doris me explica que
como en esa colonia no hay muchos coches, este autocinema funciona mejor como
cine normal. Recorremos pasillos donde muchas familias se están acomodando; las
butacas son de cemento y las barditas están pintadas de azul, cual si fuera una
secundaria oficial. Conforme avanzamos, descubrimos que el cine es realmente
enorme, parece una cordillera: miro hacia el frente y veo que la pantalla abarca
todo el horizonte. Entre las primeras butacas y la pantalla, hay praderas donde
pastan algunas vacas. Seguimos caminando para buscar asientos vacíos: de pronto
noto que Doris se ha quedado atrás, pues se nos cayó un frasco de pegamento. Regreso a ayudarle y veo que el frasco está hecho añicos y que el pegamento escurre entre
las gradas. Entonces llega un niño, se sienta en el piso y empieza a embarrar
el pegamento en un portafolios que carga: cuando el portafolios está todo
manchado, continúa embarrándose pegamento en la cara y en el pelo. Doris y yo
nos alejamos del niño. Voy pensando que ese cine es realmente extraño cuando a
lo lejos, donde terminan las filas, se divisan un par de butacas lujosísimas,
rodeadas de plantas y alumbradas por un círculo de luz celestial: son nuestras
butacas. Despierto… Tercer sueño: estoy en un hermoso jardín cubierto. Me balanceo en una
hamaca y alrededor corretean mis perritos: en un pequeño buró está un libro a
medio leer y una bolsa de chocolates de menta. Sé que aún me queda un
chocolate, pero cuando me asomo a la bolsa descubro que ha desaparecido.
Entonces veo que mi perrita Marnie está masticando en un rincón: corro a
abrirle la boca y saco el chocolate todo babeado. Cuando voy a colocar el
chocolate en un bordito de la pared, llega Doris y me regaña: me dice que si
quiero dejar una ofrenda, ella me indica dónde ponerla. Me lleva a una parte
del jardín que no conozco: en un rincón, entre las enredaderas, hay un ídolo
azteca incrustado en el muro; a sus pies hay varios chocolates mordisqueados…
Despierto.
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