jueves, 27 de julio de 2017

27 DE JULIO DE 2017

Varios duendes oficinistas están bailando y dando vueltas en las riveras de un río rodeado de árboles. Es muy noche, se siente un ambiente melancólico. Uno de los duendes saca una pequeña canica de luz y empieza a jugarla entre sus dedos: se la pasa de una mano a otra y luego se la lanza a otro duende. Inicia una coreografía muy extraña, donde los duendes giran y danzan, pasándose la canica de luz unos a otros. Conforme esto sucede, mi punto de vista cambia, siguiendo la luz; también logro ver el entorno, donde el río y los árboles se van intercalando con escritorios y otros muebles. Al final, uno de los duendes dice, refiriéndose a la canica, que nunca habían tocado todos un solo objeto durante tanto tiempo; los demás duendes asienten, solemnes. De pronto todo cambia y estoy en un almacén: en los numerosos anaqueles hay vasos desechables, uniformes de astronauta y latas grandes de alimento. Un par de boxeadores jóvenes están finteando en uno de los pasillos; parece que es para un comercial que van a grabar ahí. Luego estoy en un jardín dando una clase de tarot: tiendo las cartas sobre una mesa, alrededor hay varias señoras que no reconozco. Llega mi primo José Guadalupe para que le haga una lectura; en vez de tarot, uso un montón de fotos viejas de mis primos y primas. Luego estamos mi primo y yo en el interior de un gran auto convertible: él va manejando; está vestido y peinado como rockanrolero de los 50s. Junto a nosotros va otro auto, pero en reversa; cuando mi primo acelera, el otro auto también lo hace. En ese momento me doy cuenta de que el otro auto es de Alvarito Cortez (quien fuera gerente de un hotel donde trabajé varios años, hace mucho tiempo). Una vez que mi primo llegue a la estación de tren, Alvarito se encargará de regresarme. Llegamos a la estación; mi primo se despide de mí con un abrazo y sube corriendo por unas escaleras de piedra: arriba, en un muro, hay un reloj sin manecillas. Me trepo al auto de Alvarito y entonces sucede algo rarísimo: el auto arranca, se hace chiquito, se me mete a la ropa y sale disparado por una de mis mangas. Logro ver como el auto, muy pequeñito ya, se oculta en un rincón de la recámara donde dormía cuando era niño...  Despierto.

miércoles, 26 de julio de 2017

26 DE JULIO DE 2017

Estoy en el interior de una bodega inmensa y oscura: el piso es una rampa, por lo que tengo que descansar en una repisa para no resbalarme. Junto a mí hay un televisor pequeño y unas niñas árabes durmiendo. Hasta donde alcanzo a ver, hay grupos de personas en sus respectivas repisas; son tribus. En el televisor están transmitiendo un documental sobre unos insólitos y fascinantes animalitos que acaban de descubrir. Los animalitos, rojos y anaranjados, son entre gusanos y hormigas; se cree que son muy inteligentes pues construyen puentes y hacen formaciones militares: al verlos dan miedo, pero a la vez maravillan. Entonces empiezo a resbalar por la rampa, trato de aferrarme a otras repisas pero no lo logro; conmigo van resbalando otras personas. Al llegar a la parte de abajo, veo una cortina metálica a medio abrir: afuera hay mucha luz. Salgo: ahora estoy en un restaurante grande y lleno de plantas. En una mesa está Doris, desayunando, llego con ella y me dice que no tenemos pan. Me dirijo a una vitrina donde se exhiben panes de distintos tamaños y formas; en eso llega Timo Sosa con un costal a cuestas. Timo me abraza y luego abre el costal: está lleno de unos panes redondos hechos de hebras que se ven riquísimos. Me da dos panes y me dice que tiene que regresarse a Campeche (Timo es uno de mis mejores amigos y actualmente vive allá). Luego vamos Doris y yo caminando por la Zona Rosa; hay mucha gente disfrazada, como si fueran a un carnaval. En una jardinera nos encontramos una caja grande de cartón llena de ropa doblada: son blusas y chamarras. Desdoblamos una de las prendas y vemos que tiene una etiqueta que dice "Magdalena López Hernández", quien es amiga nuestra. Entonces nos enteramos que toda la ropa es de ella y que acaban de correrla de su trabajo. Seguimos caminando, buscando a Magdalena, pero no la vemos en ninguna parte. Luego estoy sin Doris en el Paseo de la Reforma, a la altura del museo de Antropología: es de madrugada y está lloviendo. Hay mucha gente conmigo, se supone que somos los integrantes de una misión cuyo objetivo ignoro: tenemos que salir en unos momentos, algunos a pie y en grupos, otros en autos de carreras. Voy a pie con mi grupo: compartimos un enorme paraguas transparente; junto a nosotros pasan ruidosos los autos de carreras. De pronto estamos ya en Insurgentes, pero se trata de una calle curva, blanca, iluminada con faroles chinos. Me separo del grupo y entro a un cine. La sala del cine está casi vacía, en la pantalla están exhibiendo una película que trata sobre una máquina de sueños. Un científico manipula la máquina: una especie de lavadora gigante coronada con un racimo de tuberías que se pierden en diferentes direcciones, y que es por donde salen los sueños. Luego soy yo quien manipula la máquina; junto a mí hay un mayordomo sirviendo vasos de refresco. La máquina tiene una puertita que es muy peligroso abrir pues puede desajustarse todo el proceso. Sabiendo que corro un riesgo, abro la puertita y veo que en el interior hay un collage de portadas de libros: distingo las portadas de obras de Hesse, Lovecraft, Freud y Oliver Sacks. De pronto todo cambia: otra vez voy con Doris, caminando por una calle tranquila. Llevamos un paraguas, pues sigue lloviendo: nos dirigimos a casa de Sven, donde tomaremos una clase. Como es muy temprano, les llamo por teléfono: me contesta María y nos dice que podemos llegar antes, sin problema, que ya llegó Gustavo Beck, quien también tomará la clase. Veo una escena: en un salón largo, como un vagón de tren, juegan al ajedrez Sven y Gustavo Beck; las paredes son de cristal. Ya estamos a punto de llegar: veo la casa de lejos, al final de una calle arbolada. Entonces descubro que Doris y yo vamos cargando cajas de regalos con moños y envolturas blancas… Despierto.

martes, 25 de julio de 2017

25 DE JULIO DE 2017

Estamos mi primo Gerardo, Doris y yo en la sala de Sherlock Holmes; también nos acompaña mi perrita Frida. Sherlock está arriba en su recámara, arreglándose: va a ir con nosotros a una fiesta. Como no baja, los cuatro subimos por una enorme escalera curva y nos detenemos en uno de los descansos: mi primo saca una lupa y se agacha para ver si en la alfombra hay chinches. Luego estoy yo solo en la cocina de mi mamá: es larga y llena de muebles blancos; tengo que instalar un soporte para poner el rollo de servilletas de papel: el soporte es anaranjado, tosco, mi mamá lo compró en los 70s. Busco un espacio en la cocina donde quede bien, pero no lo encuentro: en las paredes hay imágenes de santitos y grietas. Abro las puertas de un gabinete de trastes: donde debería haber platos y vasos, están los libros de mi papá. Por dentro, noto que el gabinete está chueco, pero firme; en uno de los cantos exteriores empiezo a colocar con unos tornillos el soporte porta-servilletas. Luego estoy en casa de la mamá de Doris arreglando un cortinero: como no tengo escalera ni banco, tengo que pararme de puntas en el canto de un ventanal. Llega Anita, la asistente de la mamá de Doris y empieza a moverme los talones para que me caiga. De pronto todo cambia: veo una isla, se supone que es Corea (estos días hemos estado viendo cine de terror coreano). La isla está rodeada de niebla y entre la maleza vive un enorme monstruo que nadie ha visto. El monstruo devora a sus víctimas cuando algún fragmento de ropa se convierte en libélula y vuela hacia la isla. El monstruo entonces sabe dónde están las víctimas y puede devorarlas a distancia, con la mente. Estoy practicando karate en una playa: el mar es gris y frío. Entonces un pedazo de mi manga se desprende, se convierte en libélula y vuela hacia el mar: en ese momento sé que estoy condenado, que el monstruo de la isla me va a devorar. Doris me dice que no va a pasar nada, que sólo cambie de sueño. Ahora vamos Doris, Toni Rodríguez, Gilberto Soriano y yo en un automóvil muy grande: recorremos las calles de Guadalajara. Es sábado. Llegamos a un estacionamiento, nos bajamos del auto y entramos a la Comercial Mexicana; como es temprano, hay poca gente. Me subo a un carrito que Doris empuja, todavía voy preocupado por el monstruo de la isla, pero Doris me dice que no pasa nada, que me va a llevar a bailar. El salón de baile es muy oscuro y está en las bodegas de la tienda: en las penumbras se logran ver refrigeradores industriales y mesas grandes. Entonces me acuerdo que necesitamos un espejo para un pequeño baño que construimos junto al baño y le digo a Doris que me ayude a escogerlo: el espejo tiene que ser de color blanco. Salimos de las bodegas; Gilberto dice que se va a buscar unos libros. Estamos Doris y yo frente al estante de los espejos, pero un niñito gordo nos impide verlos. Luego vamos ya formados en la fila de la caja; mientras esperamos, Toni le va explicando a Gilberto como preparar un guiso de chícharos. Doris paga, pero una viejita que está ayudando a meter las compras en bolsas, me da el cambio a mí. Busco entre el cambio una moneda de cinco pesos para darle propina a la viejita y me encuentro una pequeña figura metálica. Se trata de una moneda conmemorativa de los ferrocarriles en Guadalajara, tiene un trenecito y dos diminutos ferrocarrileros de pie, saludando; también tiene una base para poder sostenerla. Le digo a Doris que la pongamos de adorno en la biblioteca; la viejita dice que vale mucho, como setenta pesos. Ahora estamos caminando por un pasillo exterior: noto que Toni y Gilberto van descalzos; pienso que deberíamos haberles comprado unos huaraches. Al llegar al estacionamiento descubrimos que se robaron el auto y nos da mucho coraje; Toni dice que le va a llamar a su hermana para que pase por nosotros. Pero entonces vemos que no es cierto: lo que pasa es que hay una fila de autos que no estaba ahí antes, tapando el nuestro. Nos subimos al auto y arrancamos, Doris al volante. Luego vamos por un camino medio rural, al fondo se ve una montaña muy grande; estamos contentos… Despierto. 

lunes, 24 de julio de 2017

24 DE JULIO DE 2017

Primer sueño: voy volando por encima de unos pantanos que están en el parque Naucalli; arriba hay nubes negras y hace mucho frío. Sigo así por Boulevard de la Santa Cruz; mi manera de volar es moviendo los pies como si estuviera patinando a treinta centímetros de la superficie. A un lado de la calle se ven los enlodados campos de futbol americano, pero como estaban en los ochentas. De pronto el exterior ya no es Naucalpan, sino Cancún; empieza a salir el sol. Los pantanos se convierten en un río: en sus orillas hay autos estacionados: distingo una Limousine de color blanco; sentado en el cofre, un hombre revisa su revólver. Pienso que si estoy en Cancún, entonces tengo que encontrar trabajo y un lugar dónde establecerme (en la vida real, viví casi dos años en Cancún a finales de los ochentas). Luego estoy en el mismo río, pero ahora soy un pirata a bordo de un velero. Hay un sol radiante y a ambas orillas del río se ven muchas personas, construcciones y vegetación; se siente un ambiente festivo. En el velero hay más piratas, haciendo tareas diversas. Sigo volando hasta la proa, de ahí salto al río y me voy adelantando al velero hasta que llego a una abertura redonda, como la boca de una tubería por donde continúa la corriente. Entro: el sitio está iluminado y tiene a ambos lados unos pasillos con escaleras; el agua se ve estancada y llega como a la mitad del círculo que mide unos veinte metros de diámetro. En ese momento me doy cuenta de que el lugar es en realidad un monstruo marino y que la abertura redonda por donde acabo de entrar, pese a ser una edificación, corresponde al ano. Les pido a los otros piratas que vengan a rescatarme; aunque se quedaron afuera y están muy lejos, ellos me escuchan perfectamente. El capitán me responde que el barco es muy grande y que no quiere arriesgarse a que se doblen las velas: para convencerlo, le miento, diciendo que encontré muchos tesoros. A mi alrededor flotan varios cubos enormes de madera;  el agua desaparece y ahora estoy en unas tarimas donde hay una especie de feria. Veo puestos de manga (cómics japoneses), globos, muchachos de secundaria comprando golosinas. Entre los puestos van caminando varios personajes de One Piece, la serie de anime. Luego todo cambia: estoy en un departamento pequeño; es de noche y desde la ventana se divisan muchos edificios. Me siento algo preocupado: tengo la oportunidad de ir tres meses a Canadá para estudiar Historia de las Animaciones, pero no quiero separarme de Doris. Ella me dice que me vaya, que en un par de semanas me alcanza. Luego me pide que estando allá no me la pase todo el tiempo viendo animaciones; que también aproveche para mejorar mi "inglés de pollero"… Despierto. Segundo sueño: una habitación ocupada casi en su totalidad por un colchón tirado en el suelo. Paralelo al colchón hay una chimenea muy grande. Estoy acostado en un extremo del colchón; por más que lo intento, no logro despertar. A mi alrededor hay varios perritos olisqueando ropa y otros objetos. Entra a la habitación una señora mayor que es algo así como una nana: no quiero que me vea, pues debajo de las cobijas estoy desnudo. La señora empieza a hacer ruido con el papel celofán que tiene hecho bolita en una mano: me molesta, pero es su fórmula mágica para obligarme a "cambiar de sueño". Ahora voy caminando por un campo nublado; me acompaña Mario González Suárez, quien me va a revelar un gran secreto. Llegamos a un refugio de paredes de lámina, parecido a la Dirección de la Escuela Mexicana de Escritores cuando estaba en Coyoacán, aunque mucho más grande. Desde las ventanas se ve el interior del refugio: hay dos mesas largas donde varias señoras están tejiendo. Pasamos por una puertita y Mario me dice: "estas señoras me enseñaron a tejer, ahora te van a enseñar a ti"; a ellas les dice que soy "el amigo de Tario"... Despierto. Tercer sueño: mi tío Lalo y mi tía Dyrna van caminando juntos; a su espalda, en una especie de canasto, voy colgando yo, de niño. Estamos en el vestíbulo de los cines Toreo; alrededor de nosotros hay muchísima gente, también caminando. Pasamos por una taquilla donde venden los boletos para una película de los cuarentas que se llama Sulo: el cartel muestra a Luis Aguilar y a otra actriz de aquella época que no reconozco: están enojados, mirando a "Sulo" una especie de gángster infernal cuyo rostro parece una máscara. Me da gusto que estén pasando pelis viejas, para las nuevas generaciones. Voy tomado de la mano de alguien, supongo que es mi tía Dyrna, pero entonces descubro que la mano pertenece a una señora desconocida, flaca y algo triste: nos soltamos un poco apenados; ella va acompañada de otra señora y sus hijos, una niña y un niñito. Veo que pasan por la taquilla donde venden los boletos para Marcelino pan y vino, pero la niña dice que no quiere ver esa película. Mis tíos se alejan de ellos, conmigo a la espalda: aún alcanzo a darme cuenta de que las señoras y los niños entran a una sala donde se exhibe Silo, una peli animada. Veo el cartel donde aparece, saludando, Silo: es una especie de ratón rosa, bastante nefasto. Mis tíos se detienen: de la nada aparece la escena de una mesa donde hay vasos, cubiertos y un plato de pescado ya servido. Una presencia hace que la mesa de varias vueltas en el aire y vuelva a caer, pero ahora está completamente vacía. La presencia me indica que es para preparar mi clase de vampiros: entonces cae en la mesa el gris cadáver de un horrible nosferatu desnudo, listo para que yo le haga la autopsia. Quedo aterrado y regreso a la parte del sueño donde estoy en los cines, con mis tíos. De pronto, entre la multitud, aparecen mi papá y mi mamá como eran en los setentas: van del brazo y les da mucho gusto verme. Yo saltó del canasto donde me llevaban mis tíos al canasto que llevan en la espalda mis papás. Mi tío dice que están muy orgullosos de mí… Despierto. 

sábado, 22 de julio de 2017

21 DE JULIO DE 2017

Primer sueño: estoy tras mi PC buscando imágenes para una clase sobre vampiros orientales. Aparece una foto de Joel-Peter Witkin: se trata de una madrota vampiro. La imagen de la foto sale disparada de la pantalla y se dirige a una esquina superior de la habitación donde se queda pegada: volteo a ver y es una enorme crisálida de hilos y baba que me da mucho asco. Luego estoy con Doris dentro de una tienda de campaña muy grande que está en medio de un bosque algo siniestro. Estamos sentados en unas sillas plegables; vestimos como rusos pues hace mucho frío. Nos encontramos ahí  porque vamos a dar una clase sobre vampiros que se transmitirá en la TV; Doris está muy campante, platicando con nuestra amiga Gina quien será la presentadora del programa. El director es Antonio Lupián quien está disfrazado de domador y anda de un lado a otro dándole instrucciones a los chalanes, preparando cámaras y luces. Afuera empieza a caer nieve: es medianoche. Yo estoy preocupado pues a mí me toca hablar de novelas mexicanas de vampiros y no he leído muchas; sé que Gerardo Porcayo escribió una muy buena pero no me acuerdo de qué se trata. También sé que hay un autor del siglo XIX que escribió varias, pero no las he leído. Necesito mis apuntes que se quedaron en una habitación a varios metros de la tienda de campaña: quiero salir a traerlos pero la nevada es muy intensa; además el programa está a punto de comenzar. Afuera, entre las ráfagas de viento, se oyen aullidos de lobos. De pronto me encuentro en una sala de espera de hospital: alrededor hay muchos harapientos durmiendo en los sillones. Me miro y veo que yo también ando harapiento: traigo gorro y guantes tejidos, una bufanda larguísima y sucia. Me estoy acomodando para intentar dormir cuando entran a la sala cuatro hombres vestidos de negro: aunque no cargan armas, sé que son asaltantes. De pronto el lugar se convierte en un vagón de metro: veo la puerta abierta y salto hacia afuera. Uno de los hombres me sigue, yo camino rápido: estamos en Metro Etiopía. El hombre se me adelanta y me impide pasar; saco diez pesos y se los ofrezco, pero él me dice que es muy poco, que de perdis cien. Entonces me doy cuenta de que está muy chavito y me da harta ternura: lo abrazo y él trata de zafarse, lloriqueando. Abrazados, empezamos a derretirnos lentamente; antes de ser un charco en el piso, alcanzo a ver que estamos frente a unas rejas por donde entra el sol y que son sus rayos los que nos están derritiendo. Desaparezco y ahora sólo soy el espectador del sueño que es al mismo tiempo un cómic extrañísimo: veo una calle sateluca donde un hombre delgado, vestido elegantemente a la usanza de los años 20s, espera a una mujer afuera de una casa de dos pisos. Es sábado por la mañana, la calle tiene un camellón ancho y está libre de tráfico; todos los coches estacionados son negros. La mujer sale y cruza un jardín, llega a la reja y le dice al hombre que el sultán está durmiendo. Tras una ventana del segundo piso veo al sultán: es un hombre bigotón y gordo que duerme a pierna suelta entre almohadones. Luego la escena cambia: el hombre delgado y la mujer aparecen en un bosque muy luminoso; están sentados en una banca situada en medio de un claro. Aunque es muy bella, la mujer contrasta con el hombre pues está toda fachosa y despeinada: usa una bata transparente llena de agujeros que dejan ver su piel verde. De pronto el sultán sale de unos árboles a abrazar a la pareja: les dice que no se preocupen, que ya cumplieron su condena y que los deja en libertad. En ese momento me doy cuenta de que estoy soñando y de que el sultán es en realidad un vampiro o un león… Despierto. Segundo sueño: estoy en un patio muy amplio, me rodean diez perritos pues además de los míos hay varios de visita. Me identifico con un perrito negro y muy simpático, aunque bastante feo: va feliz de un lado a otro tirando macetas mientras corre. De pronto me encuentro en lo alto de un cerro: desde donde estoy se ven a lo lejos iglesias y peregrinaciones de personas y perros que suben hacia mí. Tengo en pecho y abdomen la imagen de San Judas Tadeo; sé que debajo hay un agujero grande que deja a la intemperie mis pulmones y mi corazón. Alguien me dice que me quite la imagen; así lo hago y descubro un cristal plano que deja ver mi interior: son pequeños mecanismos de madera, adornos y plumas, cuentitas de cristal. Busco al perrito negro, Doris me dice que acaba de verlo y eso me tranquiliza. Luego estoy con mi prima Otilia y varias tías en un hotel grande, preguntando por una reservación que hizo a nuestro nombre mi mamá. Recorremos pasillos largos donde hay escenas varias: camareras viendo el box en un pequeño televisor, perros de carreras, turistas gringos cargando una tabla de surf. Llegamos a una habitación extraña: en el interior se oye un rumor que me da miedo, mis tías pasan y yo me voy hacia el otro extremo del pasillo. Luego mi prima Otilia y yo entramos a un elevador muy grande. Cuando se cierran las puertas y el elevador empieza a bajar, de una de las esquina superiores surge un grotesco fantasma de papel maché con un puñal de utilería en la mano: se nos abalanza volando y entonces me despierto, algo asustado.

miércoles, 19 de julio de 2017

19 DE JULIO DE 2017

Me rentan una casa enorme en $7,000 al mes; el precio incluye un mayordomo y dos doncellas. La casa es blanca: la sala y el comedor están al nivel del piso y las recámaras abajo, pues está incrustada en una colina; desde arriba se percibe una vista impresionante de la ciudad. Pienso que la casa va a funcionar muy bien para abrir ahí la nueva Escuela Mexicana de Escritores, pero no sé qué hacer con el mayordomo y las doncellas. Entonces me llega una imagen donde el mayordomo y las doncellas están bailando lentamente en un escenario de la futura escuela: usan antifaces y disfraces exóticos. Bajo a la cocina: es blanca y lujosa. En una mesa está Doris, resolviendo un juego de acertijos compuesto por corazoncitos perfumados de dulce; me dice que ahorita que termine nos vamos. Luego todo cambia: estoy en una habitación larga y algo oscura, se trata de la recámara de Tony Soprano. Uno de sus matones me va mostrando solemnemente el lugar: la colección de trajes y corbatas, la madera negra que decora las paredes, una puerta tapiada donde Tony guarda sus tesoros. En la entrada del baño hay un pizarrón luminoso: se trata del blog de Carmela, la esposa de Tony Soprano. El blog se actualiza cada diez segundos y en él van apareciendo imágenes diversas: fotos de Carmela de joven, autos convertibles, cartas de amor con cupiditos dibujados, un perro lanudo. El matón me dice que en la habitación de Carmela está el blog de Tony; que decidieron intercambiarlos para que así no haya secretos entre ellos, pero Tony nunca escribe nada. Al salir, el matón me regala de recuerdo una pluma fina. Salgo a la calle: es muy noche y sé que ya debería estar durmiendo. Pasa un autobús casi vacío, en uno de los asientos hay un chocolate que es al mismo tiempo un cuaderno con mis apuntes de sueños; tengo miedo de que alguno de los pasajeros se lo lleve. Luego estoy en un estanque prehistórico, nadando entre delfines. Alrededor hay una densa selva tropical y está a punto de anochecer. El fondo del estanque es de un profundo azul cobalto: me da algo de miedo, pero siento en la espalda el aura protectora de los delfines y eso me tranquiliza… Despierto.

martes, 18 de julio de 2017

18 DE JULIO DE 2017

Veo a un hombretón grande y poderoso que va caminando por callejuelas como medievales, se trata de Gilgamesh. A su alrededor van varios paleros y él les da indicaciones enérgicas de lo que hay que hacer. Yo lo alcanzo y empiezo a discutir con él sobre un tema esotérico importante (no recuerdo cuál), pero se niega a aceptar mi punto de vista. Pienso que Gilgamesh es Aries. Seguimos recorriendo calles en desnivel: escaleras, puentes; a lo lejos hay torres. Pasamos frente a una iglesia: desde la entrada, la estatua de un esqueleto encapuchado me saluda; aparece Doris y me dice que eso es de buena suerte. Llegamos a unas rejas donde un policía no nos permite pasar: Gilgamesh enfurece. Luego estoy en una habitación azul, larga y oscura: en una sillita está sentada Elian Tuya custodiando la entrada, pero se ha quedado dormida. Cruzo la habitación y llego a un recinto amplio e iluminado: en el centro hay una ventana que da al vacío, presiento un enorme espacio hacia abajo pero hay una neblina blanca que me impide ver. Paso a unas oficinas: voy buscando a Gilgamesh. Recorro diferentes espacios llenos de escritorios y ventanas; en ellos hay secretarias y otros personajes diversos que me ignoran cuando paso. Llego a unas escaleras que bajan, pero no puedo acceder a ellas desde donde estoy. Alguien me dice que tengo que rodear por otro pasillo. Llego a un corredor; a ambos lados hay cristales donde se ven más oficinas, la mayoría están vacías. Al final hay una puerta cerrada y, del lado izquierdo, un tallercito donde varios seres siniestros y harapientos hacen funcionar unas máquinas. Se me quedan mirando con desprecio; son duendes, grandes enemigos de Gilgamesh y creen que soy su espía. Luego todo cambia: estoy en un pequeño teatro repleto de gente; en el escenario hay una mesa enmantelada donde Alina Toalavía y Ramón del Val se preparan para dar una conferencia. La multitud está atenta: hay edecanes, algunos fotógrafos y reporteros. Los conferencistas comienzan a hablar con mucha seriedad sobre no sé qué tema: entonces aparecen alrededor de la mesa un grupo de changos diminutos echando desmadre. Alina y Ramón, hacen como si no pasara nada y continúan hablando. Salgo rumbo al baño: en el camino me saludan algunas personas. El baño está iluminado y es muy lujoso: tiene muchos pasillos como si fuera un laberinto. Llego a una zona donde una mujer me dice que no puedo pasar, pues están filmando: en un extremo hay varios comandantes de la NASA de pie, hablándoles a un equipo de científicos sobre su reciente viaje a Marte. Del otro lado del baño hay unos lavabos con espejos grandes; junto a ellos una tarima de madera donde descansan diversos monolitos marcianos que los comandantes van a presentar oficialmente al mundo. Tomo una urna roja muy extraña y decido ponerla junto a los monolitos para que el mundo crea que es de origen marciano, pero entonces escucho la voz de mi mamá diciéndome que eso no se hace… Despierto. 

domingo, 16 de julio de 2017

16 DE JULIO DE 2017

Estoy caminando por una calle donde hay varios comercios: una tienda de aparatos electrónicos, una heladería, una farmacia. Llego a un depósito de granos de maíz: en el segundo piso se encuentra el estudio de Pavel Brito, quien en el sueño es famoso por sus programas radiofónicos. Me asomo a una tablet que llevo en la mano, y veo que en las redes sociales hay conmoción por el programa que va a transmitirse: aunque no subo al estudio, sé que Pavel está a punto de entrevistar al escritor mexicano Emiliano González, quien en el sueño es al mismo tiempo José Luis Cuevas. Sigo caminando y descubro que la calle es el Periférico, a la altura del Parque Naucalli, pero del otro lado. Por el Periférico pasan coches y uno que otro trasatlántico; el tráfico es lento pero hay una sensación de armonía.  Llego a un puente de arquitectura exquisita que conecta con el otro lado: el puente se llama Lovecraft y está custodiado por unos triángulos que impiden el paso (ayer vimos la película The Void). Del otro lado se ve una gigantesca mancha en movimiento, como las que se forman cuando uno echa gotas de tinta en un vaso de agua: se trata de un universo paralelo; quienes llegan ahí se desintegran. Luego todo cambia: soy una muchacha como de veinte años, tengo el pelo largo y uso zapatos de broche. Es sábado: estoy en un lugar esperando a mi amiga la fotógrafa; cerca de mí, varios scouts juegan al resorte (famoso juego entre las niñas de mi generación). Llega mi amiga, es mucho mayor que yo: me dice que me va a enseñar a sacar buenas fotos. Luego vamos en su coche, por los cristales veo que estamos en Ciudad Universitaria. Llegamos a un salón grande donde hay una mesa larga, larga, rodeada de comensales: son cientos y van a celebrar el cumpleaños de un hombre muy querido por todos, a quien no logro ver. Por ahí andan Gina y Eda Sofía, están platicando y en el sueño son muy amigas. La fotógrafa se va. Me siento en un extremo de la mesa, donde están varias señoras comiendo arroz en unos platitos desechables: me miran alegremente, dándome a entender que soy bienvenida. Me levanto para ir al baño y en el camino paso momentáneamente por una tienda de abarrotes que en el mundo real está detrás del mercado de Jamaica; voy cantando “Department of Youth” de Alcie Cooper (de hecho, desde que desperté traigo esa rola en la cabeza). Llego al baño: es muy grande y hay dos mingitorios, uno en cada extremo. Aunque no hay nadie, sé que no debo estar ahí pues soy una muchacha y es el baño de los hombres. En medio de los mingitorios hay un reclinatorio que me llama mucho la atención: es de madera labrada, muy viejo; pienso en cuántas generaciones de sacerdotes se habrán hincado ahí a rezar. En la pared, arriba del reclinatorio hay un crucifijo. Se me hace rarísimo que al dueño del salón se le haya ocurrido que los hombres que van a orinar también quieran rezar un poco. Aparece mi amiga la fotógrafa, me dice que hay que traer a dos viejitos para sacar una foto donde uno esté orinando y el otro rezando. Aparecen dos hombres, los veo de espaldas. Caminan cojeando; tienen la ropa hecha bolas y la combinación de colores de sus prendas es espantosa: pienso que a lo mejor son ciegos. Regreso al salón: me vuelvo a sentar con las señoras. A lo lejos, en el centro de la larga mesa, unos meseros llevan un gran pastel blanco para el cumpleañero. Miro una ventana larga: por la luz sé que son las 4:00 pm y me tranquiliza saber que tengo el resto de la tarde libre. Una de las señoras saca una caja plana que contiene un pay helado de mango, dice que es el mejor y que siempre lo compra para su familia. Me dan una rebanada y pienso que es trampa, que deberíamos esperar a que nos sirvan del pastel blanco. Cuando meto el tenedor a mi pay, noto que hay algo adentro: descubro que es un barco en miniatura, es muy hermoso y me alegra saber que voy a atesorarlo… Despierto. 

viernes, 14 de julio de 2017

14 DE JULIO DE 2017

Estoy en el balcón de un edificio muy alto. Es de noche y miro el cielo: hay muchísimas estrellas, pero no veo la luna. Entonces me doy cuenta de que el cielo estrellado es un gigantesco animal cuadrúpedo que me mira, apacible. Se me revela algo que me deja azorado: si miro sólo el cielo, es la consciencia; si miro al animal, es el inconsciente… Luego todo cambia y estoy en el estudio de la casa donde vivía de niño. De afuera llega un rumor tenue pero constante. Reviso mis viejos LPs: saco uno de su funda y lo pongo en el tornamesa. Ignoro qué banda sea, pero tocan un hard rock fuerte y melódico, bastante bueno. El rumor de afuera sigue presente, así que le subo al volumen a todo lo que da, pero no logro acallarlo. Me asomo por la ventana: en la casa de la izquierda vive un profesor famoso que en esos momentos está sentado en su jardín, leyendo: es barbón y usa lentes. En la casa de la derecha veo a una vecina joven que no conozco: es muy seria y está agachada arreglando algo con unas pinzas. Tomo una piedra grande de uno de los libreros y la arrojo por la ventana: la piedra rebota en la tierra seca de una jardinera y le pega por fuera al cristal, pero no lo rompe. Frente de la casa se estaciona un coche muy lujoso de donde baja una pareja de millonarios. La esposa lleva entre sus brazos a un perrito blanco; aunque nunca lo había visto, sé que es muy bravo y que acostumbra morder a todos. Los millonarios se alejan, sin hacerme caso. Ahora estoy en la cocina de la señora Tere, la vecina de enfrente; me asombra pensar que hacía más de cuarenta años que no entraba ahí (lo cual es cierto). Llega una niña pequeña: está preocupada pues tiene que hacer una tarea sobre cierto escritor del Siglo de Oro. Le digo que no se apure, que yo puedo ayudarle. Revisamos algunos libros gruesos que están sobre una mesa de la cocina; la niña anota cosas en un cuaderno donde hay pegadas estampas de escritores antiguos y filósofos griegos. Al final, tomo a la niña de la mano y empezamos a flotar en el aire: de pronto estamos en un gran salón iluminado de techos altísimos. En los extremos del salón hay mesas redondas donde varios hombres y mujeres comen en silencio; hay globos blancos, adornos, una fuente. Llegamos flotando al lugar donde reposa un cono blancuzco del tamaño de una persona: se trata de un ser inorgánico. Cuando el ser descubre que la niña y yo lo estamos viendo, empieza a emitir destellos de colores... Despierto. 

17 DE FEBRERO DE 2019